¿Un nuevo Cambó?

Hace pocos días el ensayista y diplomático Juan Claudio de Ramón publicaba en El País una excelente tribuna en la que proponía tomar nota del fin de la “conllevanza” entre Cataluña y España, según la expresión de Ortega. Se trata de pasar a una situación distinta, en la que las elites políticas dejen de buscar a un nuevo Cambó –siempre nos podemos arreglar con Oriol Junqueras- y se esfuercen por refutar y deslegitimar el nacionalismo. No hay por qué dar por hecho que el nacionalismo debe ser hegemónico en Cataluña. El Estado de derecho debería afirmarse “sin complejos”, tras lo cual vendría la reforma de ese mismo Estado, en particular en cuanto al diseño territorial.

 

La propuesta parece de sentido común, y así lo apuntamos algunos en su día, al constatar la deriva independentista del nacionalismo catalán iniciada en 2012. En términos políticos, ahí se agotó el modelo vigente hasta entonces. Llevaba a los grandes partidos nacionales a apoyarse en los nacionalistas cuando no conseguían mayoría absoluta. Las últimas dos últimas elecciones abrieron una gran oportunidad. Un pacto PP-PSOE, ahora con Ciudadanos, podría superar esa situación. Por el momento, sigue en el limbo.

Las razones son varias, y deberían ser tenidas en cuenta para que tenga futuro una propuesta como la de De Ramón, acogida con entusiasmo por Gorka Maneiro en estas páginas. Una de ellas atañe al hecho de que se siga hablando de Estado en vez de nación o más simplemente, España. Utilizar términos con escasa carga sentimental ayudará a cualquier acuerdo, pero el problema subsistirá si no se entiende que no estamos ante una simple entidad política, sino ante algo más: una sociedad, si se quiere, que no tiene dificultad alguna en vivirse como española pero a la que las elites no proporcionan el material que permite trasladar esa identidad a términos cívicos. Aquí ha fallado todo el mundo político, y casi todo el académico y cultural.

Entre las elites españolas sigue sin haber acuerdo ni siquiera acerca de la existencia de la nación española. Últimamente la nación es una narrativa, o un relato… Y se sigue relacionando cualquier afirmación en positivo de España, incluidas las simbólicas, con el nacionalismo. Cualquier intento de pensar el concepto de España en términos liberales y democráticos queda proscrito. Y así continuará la búsqueda, cada vez más desesperada, del nuevo Cambó.

 

La Razón, 07-04-17