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El Estado sin nación

La última encuesta del CIS traía algunas novedades que han sido consideradas, un poco apresuradamente, como un cambio profundo en la política española. En la caída del apoyo al PP y al PSOE se ha querido ver el final del bipartidismo. Es posible, pero hasta que se articulen fuerzas políticas capaces de imponer un nuevo reparto, lo que se deduce de la encuesta es que tal vez se estén afianzando fuerzas políticas que, sin cambiar el escenario, hagan difícil la gobernación. Sin duda no es eso lo que se anda buscando.

 

Por otro lado, hay cosas que no cambian. El CIS ha tenido la ocurrencia de preguntar acerca del apoyo a la independencia de Cataluña, y esta posición, que es la de las elites nacionalistas, recibe el 33,7% de apoyo de los encuestados catalanes. Corresponde bien a lo ocurrido en las últimas elecciones autonómicas, cuando los partidos nacionalistas recibieron un 33,9% del total del censo con derecho a voto, un porcentaje prácticamente invariable desde 1984. Sube, eso sí, el apoyo de los catalanes a una mayor autonomía y a una federalización del Estado, pero eso es lógico cuando parece haber entrado en crisis el modelo anterior. De rechazo, aún resulta más notable que no aumente el apoyo a la independencia.

Con estos datos, los nacionalistas catalanes harían bien en preguntarse si el discurso independentista tiene alguna salida, no ya a corto, sino también a medio y a largo plazo. Con todos los resortes del poder en sus manos desde hace décadas, los nacionalistas no avanzan en la construcción nacional. Una posible explicación es que el postulado de la existencia de la nación catalana era más que nada una hipótesis política sobre el fracaso de la nación española. En ausencia de este fracaso, que en algunos círculos pareció evidente cuando cuajó el nacionalismo catalán muy a finales del siglo XIX, el postulado primero se desvanece. Lo que aparece al cabo no es una nación sin Estado, sino un Estado sin nación.

Sobre todo, deberían reflexionar los socialistas, embarcados en un proyecto que no es el suyo, como lo proclama el hecho de que las tendencias a la federalización no conduzcan al independentismo. Puede estar resurgiendo la tradición federal española, ajena, o mejor dicho, contraria, al nacionalismo. Lo hace, curiosamente, por su cuenta. Tal vez haya algún socialista que no quiera ligar su suerte y la de su partido a un proyecto estancado y propio de los que el federalista Valentí Almirall, el autor de Lo catalanisme y de España tal como es, llamó “burgueses cerrados, egoístas y supercreídos”.

La Razón, 07-05-13

 

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JOSÉ MARÍA MARCO

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