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¿Dos, tres Españas? (Segunda parte)

De Sueño y destrucción de España, 2015

Ver aquí la primera parte de “¿Dos o tres Españas”?

 

El conflicto, y los argumentos, se complicaban por la presencia de los nacionalistas catalanes y los vascos, que intervenían con fuerzas y objetivos propios. Los vascos mantuvieron una posición oportunista, que dependió de cuál de los dos bandos en liza podía asegurarles un cierto margen de autonomía. Los catalanes plantearon un problema distinto. Los gobiernos de la Segunda República se habían esforzado por satisfacer los deseos de autonomía de los nacionalistas catalanes. Las respuestas de estos fueron variadas. Con Cambó y la Lliga fuera de juego tras su colaboración con la dictadura de Primo de Rivera, hubo una parte de la Esquerra Republicana que colaboró con el gobierno central. Otra parte de la Esquerra no dejó de explorar los límites del marco legal que la República y la Constitución le ofrecía. En 1931, Macià proclamó por su cuenta la República catalana. La Generalidad recién creada presentó al gobierno español un Estatuto ya decidido y respaldado por los ayuntamientos catalanes. Aquello se entendió como un “trágala” que daba la razón a quienes sostenían que los nacionalistas de izquierda no aspiraban a nada menos que a acabar con España. En 1934, Lluís Companys aprovechó el levantamiento socialista contra la República y proclamó el Estado catalán. Los nacionalistas conservadores, los herederos de Cambó y Prat de la Riba, comprendieron entonces que los republicanos de la izquierda nacionalista habían tirado por la borda todo su esfuerzo. Gaziel, director de La Vanguardia, resumió el estado de espíritu de aquellos días con una frase: “Tot s’ha perdut” (Todo se ha perdido).[1]

 

A partir de ahí, fueron muchos los nacionalistas catalanes conservadores que respaldaron a los sublevados contra la Segunda República. Efectivamente, con la guerra se entró en una nueva fase: el gobierno de la Generalidad, presidido por Lluís Companys y apoyado por los sindicatos anarquistas, consideró llegado el momento de hacer en Cataluña la revolución nacionalista y sindicalista (esa era también la sustancia del fascismo). Aquello condujo al enfrentamiento abierto entre el gobierno catalán y el de la República en Barcelona, en mayo de 1937. Fue la más espectacular de las varias guerras civiles internas que se desarrollaron dentro del campo republicano. El gobierno republicano, cada vez más controlado por el Partido Comunista, acabó sin concesiones con aquella revolución y con el poder de la Generalidad. La propaganda españolista dirigida por los artistas del Partido Comunista sirvió aquí para laminar el nacionalismo catalán de izquierdas.

Los ganadores de la Guerra Civil acabaron la tarea, tan ejemplarmente iniciada por el PCE que nunca abandonó del todo, a partir de ahí, una cierta querencia jacobina. Desde este punto de vista, el nacionalismo catalán, en particular el de izquierdas, había corroborado el esquema de una España auténtica que luchaba contra una supuesta anti España, o antipatria, que se había propuesto acabar con la nación, con su unidad, con su permanencia y con su libertad. Desde el otro lado, en cambio, se reivindicaba una España auténtica distinta, ajena a la oligarquía formada por la alianza de capitalistas, terratenientes, clero y ejército. Volvía la imagen de Goya, a la que había dado expresión más o menos lírica Antonio Machado, uno de los grandes poetas de la literatura española, cuando le dijo a un futuro “españolito” que “una de las dos Españas ha de helarte el corazón”.[2]

Al lado de estas dos Españas surgió, ya durante la contienda, una nueva etiqueta nacional. Fue la llamada “tercera España”. Nació como la propuesta de una “tercera vía” que hiciera posible una alternativa, distinta de la España de Franco y de la de Largo Caballero. Según ha explicado Santos Juliá, el primero en formularla fue un jurista de origen ruso, Boris Mirkine-Guetzevich, residente en París.[3]  La idea fue retomada por Alcalá-Zamora, exiliado en la capital francesa, en 1937. La adoptaron algunos comités católicos y laicos que se esforzaban por encontrar una forma de negociación y entendimiento que acabara con lo que Jacques Maritain, el pensador católico que insistía en la necesidad de una “paz religiosa”, llamaba una “guerra de exterminio”. El ensayista y diplomático Salvador de Madariaga participó de estas iniciativas y contribuyó a difundir el concepto de “Tercera España”. A partir de ahí, cobraría un sentido nuevo.

La Tercera España no sería ya el nombre de un grupo en busca de una solución pactada para el conflicto bélico, sino la España ajena a las políticas de exterminio de las otras dos. Salvador de Madariaga sintetizó estas tres Españas en una fórmula excesivamente teatral. Estaba la España de Francisco Franco, la de Francisco Largo Caballero y la de Francisco Giner de los Ríos. Esta última daba nombre a “la otra tradición española, la de la transacción razonable y el acuerdo mutuo.” Madariaga añadía el nombre de Azaña, sumado “harto tardíamente” a esa misma tradición. [4] Años después, el profesor Vicente Cacho Viu partiría de esta reflexión de Madariaga para reflexionar sobre una Tercera España que se remontaba al régimen canovista como fórmula de transigencia y transacción, continuaba con la Institución Libre de Enseñanza y el asociacionismo obrero, seguía con el intento del Partido Reformista de Melquíades Álvarez, ligado al liderazgo político del Ortega joven, y terminaba, después de la vorágine republicana, en el intento de recuperar esta misma tradición que volvía a iniciarse en Madariaga.[5]

Otros candidatos a formar parte de la Tercera España son algunos de los intelectuales exiliados al principio de la guerra, en particular Ortega, Marañón y Pérez de Ayala. Relativamente silenciosos durante el conflicto, se decantaron por el lado de Franco ante la perspectiva de un régimen comunista en su país.[6] Lo mismo puede decirse de Azorín, de Baroja o de Menéndez Pidal, entre otros muchos. Tienen en común la sensibilidad liberal, sin posible realización política bajo la dictadura de Franco ni bajo la Segunda República –la República de los republicanos de izquierdas. La expresión de esta sensibilidad tuvo, más de una vez, algo de nostalgia. Azorín se alejó pronto de la pose de señorito revolucionario de sus primeros años. Sus artículos de historia y crítica literaria de los primeros años 1910, aquellos en los que, siguiendo a Ortega, bautizó su grupo como la “generación del 98”, constituyen una autocrítica expresa de su irresponsabilidad juvenil. A partir de ahí, Azorín abominaría siempre de cualquier intento de ruptura de la continuidad. Incluso Maeztu, que tanto hizo por acabar con ese mundo, expresa su melancolía poco antes del estallido de la Guerra y de su propio asesinato. “¿Qué duda cabe –escribió entonces- de que los tiempos de hace cuarenta años eran más agradables que los de ahora? Se gozaba de seguridad, se vivía sin angustia, España pesaba en el mundo más que ahora. Teníamos instituciones en las que confiábamos.”[7]

Marañón también expresa su nostalgia y su nueva comprensión del significado profundo del liberalismo de la Monarquía constitucional en sus Ensayos liberales, de 1946. En uno de ellos, el titulado “Aquella España”, recuerda una sociedad en la que todo “respiraba buena fe y seguridad, un tanto infantil, pero llena de potencia creadora; seguridad de que más allá de todo aquello no había nada mejor”.[8] Es difícil expresar con más claridad la idea de que más allá del liberalismo sólo cabe la tiranía: la dictadura autoritaria o el totalitarismo. Quedaba en el aire la pregunta sobre si la barbarie autodestructiva que vino antes de esta reflexión había valido la pena. ¿Cuál había sido la responsabilidad de cada uno en aquel desastre?

El rescate del liberalismo y esta formulación de la “tercera España” se pueden referir también al movimiento profundo de reconciliación moral que se empieza a producir en la sociedad española, como en el resto de las europeas, al poco tiempo de terminada la guerra. Sin posibilidad alguna de ser trasladada al orden político, se va desarrollando una reflexión que refleja un cambio fundamental. El odio al adversario y la animadversión a la racionalidad, a la política, al legado de la Ilustración han empezado a quedar atrás. Los españoles habían perdonado y así, ajenos a los proyectos nacionalistas de nacionalización, volvieron a sentar las bases de la nación.

[Fin]

Ilustración: Diego Polo el Menor, Muerte de Abel, Museo de Bellas Artes de Asturias, Oviedo.

 

[1] Gaziel. Tot s’ha perdut, Barcelona, RBA, 2013.

[2] A. Machado. Campos de Castilla, en Poesías completas I, Madrid, Espasa-Calpe – Fundación Antonio Machado, 1989, p. 582.

[3] Ver Santos Juliá. “La nación contra el pueblo: dos Españas y… ¿la tercera?”, en A. Morales Moya et. al., Historia de la nación y del nacionalismo español, ed. cit., pp. 733-751.

[4] Salvador de Madariaga. España. Ensayo de historia contemporánea, Madrid, Espasa-Calpe, 1979, p. 407.

[5] Vicente Cacho Viu. Las tres Españas de la España contemporánea, Madrid, Ateneo de Madrid, 1962.

[6] Ver Eve Giustiniani. “El exilio de 1936 y la tercera España. Ortega y Gasset y los blancos de París, entre franquismo y liberalismo”, Circunstancia, nº 19, mayo 2009.

[7] Ramiro de Maeztu. “Ideales a medias”, Obra, ed. cit., p 1239.

[8] Gregorio Marañón. Ensayos liberales. Madrid, Espasa-Calpe, Austral, 1956, p. 130.

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JOSÉ MARÍA MARCO

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