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Retraídos

Del siglo XIX español se suele decir que es una época difícil de entender en su desarrollo político. No lo es tanto, en realidad. Como otros muchos países europeos, la España del XIX conoció las (gigantescas) dificultades que conllevaba la implantación de un régimen constitucional allí donde las elites se habían dejado seducir por el absurdo prestigio de la Revolución Francesa. Aun sin esta equivocación, la construcción de un régimen liberal, que requería consensos sólidos y duraderos, habría sido complicada. Mucho más lo fue cuando la “izquierda” se dejó mecer por las ilusiones, perfectamente irrealizables, de borrón y cuenta nueva. En algún momento esa obcecación se tradujo en lo que se llamó “retraimiento”: los progresistas protestaban negándose a participar en el juego electoral. El retraimiento fue uno de los elementos que contribuyeron al hundimiento del régimen isabelino.

 

Cuando, dentro de algunos años, se intente interpretar lo que está ocurriendo ahora en España, los aficionados a las cosas del pasado tropezarán con la misma dificultad para entender por qué los socialistas, como los progresistas del siglo XIX, han decidido retraerse a la hora de facilitar un gobierno en nuestro país. El hecho es aún más inexplicable si se tiene en cuenta que el PSOE, que tiene la llave de la gobernación, tiene también la capacidad para poner en marcha una parte sustancial de su programa. Y lo es todavía más cuando esa situación, que traería estabilidad y prosperidad a todos, le daría cuatro años para poner en su sitio a su competidor de la extrema izquierda.

Para entenderlo, conviene tener en cuenta no tanto la situación en sí como las fantasías y los prejuicios que condicionan su percepción. Y aquí volvemos a encontrar la tradición del progresismo español, desmentida durante algunos períodos de tiempo pero vigente durante por lo menos otros tantos. Esta tradición lleva a la izquierda española a situarse en el margen del sistema, en la oposición (incluso cuando gobierna) y a comprenderse a sí misma como alternativa, alternativa a todo, en vez de aceptar de una vez que es uno de los mantenedores del régimen fuera del cual no hay nada. Seguimos a la espera de la revolución, que es el programa auténtico, aunque irrealizable, del progresismo. El coste de la expectativa ha sido siempre brutal, incluido para el PSOE, pero ¿qué es eso al lado de la satisfacción que da el creerse la semillita de un mundo nuevo?

 

Ilustración: «Etapas del Sexenio revolucionario». La Flaca, 1874.

La Razón, 12-07-16

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JOSÉ MARÍA MARCO

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