La normalidad y la guerra. El odio

Durante unas cuantas semanas, la Guerra de Siria se desarrolló en Francia, allí donde se jugaban los partidos de la Copa de Europa. Todo había salido bien, y el mundo civilizado pudo felicitarse de una gran victoria. En este frente las victorias se consisten en eso, en evitar la violencia terrorista. El 14 de julio, en Niza, ha acabado con cualquier alegría y nos devuelve a la realidad de la que habíamos creído evadirnos. Los responsables políticos, en particular los franceses, han vuelto a recurrir al vocabulario de la movilización bélica. Valls ha hablado otra vez de la “guerra” que el terrorismo nos ha declarado y desde el Elíseo se emitió un tuit de urgencia reafirmando la fuerza de Francia ante los fanáticos que quieren golpearla.

 

Lo mismo, con diversos matices en el grado de belicosidad, han expresado responsables de todas las democracias liberales. Y también han vuelto las declaraciones acerca del objetivo de esa guerra que se nos hace desde el terrorismo islamista, y que no es otro que acabar con nuestra civilización, la de los derechos, las libertades, el pluralismo y la tolerancia. Cabe preguntarse qué relación tienen esas declaraciones con una nueva escena de gente indefensa, en estado de pánico, corriendo despavorida mientras trata de ponerse a salvo de una amenaza indeterminada, porque sin duda en ese momento nadie sabe lo que está ocurriendo, pero de cuya realidad, de cuya determinación y de cuya crueldad nadie pude dudar.

En cuanto a lo de la guerra y el vocabulario bélico, hay que recordar que menos de 24 horas antes del atentado de Niza, y tal vez movido por la euforia post Copa de Europa, el Presidente de la República Francesa había anunciado el fin del estado de excepción en el que se encuentra su país desde el pasado mes de noviembre. Diez días antes se había publicado el informe de la comisión parlamentaria presidida por el diputado Georges Fenech, en el que se detalla la larga serie de errores y fallos estructurales que aquejan a la lucha antiterrorista en Francia. Hay descoordinación, rivalidades internas entre agencias de seguridad, fallos en el seguimiento de sospechosos, servicios territoriales que funcionan por su cuenta, falta de unificación de las operaciones y del seguimiento al más alto nivel, inoperancia de los servicios de información penitenciaria, problemas de equipamiento y de formación para los servicios de socorros de urgencia.

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Todo esto se refiere a la situación de la lucha antiterrorista en Francia después de los atentados del Bataclan (13 de noviembre de 2015, 130 muertos) y de los de Charlie Hebdo y el Hyper Cacher (7 y 9 de noviembre, 16 muertos, más otro el día 8), sin contar la multitud de ataques con explosivos, arma blanca y toda clase de vehículos que ensombrecen la vida cotidiana de los franceses. En otras palabras, el atentado de Niza no es la excepción, y cualquier parecido del país vecino con una Francia pacífica y feliz responde a una ficción. La realidad francesa es la de un Estado sobredimensionado e ineficiente, y una sociedad desmovilizada pero sacudida por una violencia bestial. Ahora mismo, ese es el estado de la cultura o la civilización de los derechos, las libertades y la tolerancia.

Francia, supuesta patria de los derechos humanos, suele ponerse como ejemplo y metáfora de lo que está ocurriendo en el resto de las democracias liberales. No es así del todo, y el hecho de que el atentado de Niza haya sido cometido en plena celebración del 14 de julio, la Fiesta Nacional de Francia, no debería llevarnos a ignorar la realidad. El republicanismo francés se embarcó hace ya varias décadas en un proyecto laicista que atañe no ya al Estado, como ocurría hasta entonces, sino también a la sociedad. Esta política ha tenido como consecuencia la falta de identificación de una parte muy importante de esa misma sociedad con la propia República. El hecho se agrava con fenómenos de discriminación y de exclusión a los que la sociedad francesa no se ha querido enfrentar, habiendo preferido también ignorar la realidad de la reislamización radical del Islam, incluido el Islam francés.

La República ha vivido, y es de temer que siga viviendo, en la ficción de una comunidad política laica, ajena al hecho religioso, y que no tiene en cuenta que hay varios millones de ciudadanos franceses que no están dispuestos a dejar su religión en casa aunque no por ello sean menos franceses, ni menos ciudadanos que los demás. Todo esto dispara las tentaciones de radicalización que manipulan los islamistas, desde alguna mezquita de los guetos musulmanes franceses o desde cualquier ordenador en manos de una organización terrorista. No se podrá decir que el islamismo fundamentalista, esa regresión absoluta, es un hecho nuevo en Europa ni fuera de ella.

La violencia terrorista no tiene nunca, en ninguna circunstancia, justificación alguna. No hay nada que pueda limitar la responsabilidad de un terrorista. De lo que se trata es de enfrentarse a la ofensiva que estamos viviendo y de defendernos sin ficciones ni (demasiadas) cobardías. La normalidad en la que vivimos desde hace tiempo es la de la violencia, el fanatismo y el odio a las sociedades abiertas. Y esto, en cambio, no es sólo francés.

La Razón, 16-07-16

Ilustración: Niza, Promenade des Anglais