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Futurismo

Parece natural que la primera columna de 2017 vaya dedicada al futuro. ¿Y qué mejor para eso que hablar de los jóvenes? Como han demostrado las últimas elecciones, el llamado voto joven se concentra en el podemismo. Lo respalda un 31 por ciento de los electores de entre 18 y 24 años y algo más del 30 por ciento de entre quienes tienen entre 25 y 34 años. Podemos duplica el voto al PSOE y deja muy atrás al PP. El último, Ciudadanos.

 

En Estados Unidos, un 70 por ciento de los “millennials” (los nacidos en torno a 1990) estaban dispuestos en 2015 a votar a un presidente socialista, una palabra anatema hasta ahora en la cultura norteamericana. Y otro estudio demostró que apenas la mitad de los jóvenes “millennials” pensaban que el comunismo supone o supuso en su momento algún problema. A una cuarta parte de los “millennials” Lenin les resulta simpático. Mao es popular entre un 18 por ciento y un 10 por ciento se figura que Stalin era un tipo agradable.

La disociación entre la experiencia de estas nuevas generaciones criadas en un nivel de riqueza inaudito y su fantasía ideológica es demasiado llamativa. Hay quien piensa que cuando los jóvenes hablan de socialismo se refieren a los países escandinavos. Eso indicaría -además de un considerable desconocimiento de la economía de esos países- otro problema. Parece que los jóvenes quieren seguridad: un horizonte despejado, un futuro garantizado. Prosperidad y seguridad al mismo tiempo. También tienen algo que ver la crisis y los nuevos problemas que afectan sobre todo a los jóvenes, aunque otra vez surge aquí el problema previo. Los remedios que respaldan empeorarán la situación.

Se trata por tanto de un voto de protesta puro, lo que a su vez requiere una explicación. Una posibilidad de la que se habla menos es la de la enseñanza recibida, masivamente de izquierdas y que sigue transmitiendo análisis y recetas propias de los años setenta, pero vigentes en la fantasía de los docentes. Otra es la extraordinaria abundancia de la que disfrutan los jóvenes. Parece llevarles a pensar que entre la realidad y el deseo hay poca o ninguna distancia y que todo se centra en la cuestión de los derechos. Que el voto de izquierdas se concentre en las capas de población que sólo han conocido la prosperidad y recelan de lo porvenir dice mucho de cuál es el futuro de esa misma izquierda. Y como ya ha ocurrido otras veces, es posible que en esta ocasión no sean los jóvenes los que tengan la llave del futuro.

La Razón, 03-01-17

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JOSÉ MARÍA MARCO

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