Cien años de laicismo

Para entender las obsesiones anticlericales, que no solamente laicistas, de una parte importante del progresismo de nuestro país, conviene remontarse al pacto que funda la moderna izquierda española. Se forjó en el famoso ¡Maura, no! e hizo de la cuestión clerical el centro de una posición que a su vez bloqueó la democratización de la Monarquía constitucional y suprimió, al parecer para siempre, la idea muy básica de que un sistema democrático liberal es pluralista por naturaleza, no monopolio de nadie.

 

Aun así, hay que tener en cuenta otra realidad que tiene poco que ver con aquella. Ya no estamos en los años del siglo XX en los que la secularización era la otra cara de la modernización. Es cierto que seguimos asistiendo a un proceso de fondo de secularización, pero también lo es que algunas sociedades, como la española, no pierden su fondo religioso, en este caso católico (el pobre Azaña, que quiso sacar a los católicos de la República, se llevaría hoy en día un chasco más). Las religiones, que deberían haberse vuelto invisibles en la esfera estrictamente privada, no han desaparecido.

Al contrario. Los creyentes reclaman cada vez con más insistencia el lugar de la religión en el espacio público, algo a lo que no están dispuestos a renunciar: sin monopolio alguno (al revés que los laicistas), pero también sin exclusiones. Y no parece difícil entender por qué una sociedad como la española, en la que la religión sigue siendo relevante en el terreno público, ofrece más posibilidades de integración que otras en las que una política de Estado laicista ha desertizado el espacio público, convertido en un artificio militantemente ajeno a lo que es una dimensión básica del ser humano, con independencia de cualquier ideología partidista.

Hoy en día los musulmanes europeos no están dispuestos a dejar de ser religiosos, y tampoco lo están, aunque desde otros planteamientos, ni los judíos ni los cristianos, ya sean católicos, ortodoxos o protestantes evangélicos. Al revés de lo que muchos, entre ellos Azaña, suponían, no hemos ido hacia una sociedad arreligiosa. Estamos en una sociedad en la que la que la religión está presente, y desde la multiplicidad de creencias y actitudes. En vez de requerir la neutralización y la censura, se requiere más bien tolerancia, disposición al diálogo y, en la medida de lo posible, dejar de actuar como si viviéramos hace cien años. Es difícil, claro.

La Razón, 01-03-16