Underground y corrupción. Entrevista con Lluís Fernàndez (2)

Lluís Fernández fue testigo y protagonista de la gran renovación vital y cultural de la España de finales de los años setenta. En Valencia y en Barcelona, estuvo en el centro de una propuesta subversiva y crítica con respecto a lo que entonces parecía novedoso. Entonces publicó, primero en valenciano y luego en castellano, El anarquista desnudo, uno de las novelas más corrosivas de su momento, también con respecto a la movida gay. Continuó luego su obra novelística con Desiderata (1984), Espejo de amor y lujo (1992) y Una prudente distancia (1998). En su faceta de crítico de la vida cultural y social contemporánea ha publicado Isabel Preysler: la divertida biografía de una santa filipina (1991), Monty Clift: pasión secreta (1989) y más recientemente el monumental Los friquis. Elogio de la caspa (2011). Hoy escribe en La Razón y en Libertad Digital. También ha escrito en La Vanguardia, El Periódico de Cataluña, Diario 16 y El País, y la revista Man, además de trabajar en Radio Nacional de Barcelona y en TV3. Fue director de la Fundación Municipal de Cine / Mostra de Valencia

Conversación con Lluís Fernández (Primera parte)

Para adquirir ejmplares de Los friquis. Elogio de la caspa, escribir a: Lluís Fernández, [email protected]

 

JMM – En el mismo impulso está la revisión de tu propia obra, que es lo que haces en Una prudente distancia con respecto a El anarquista desnudo. Es algo llamativo, que ocurre pocas veces. Una reflexión sobre ti mismo que rescata otra vez esa voluntad de no rendirse, por así decirlo, que es propio de tu obra.

LF – Rendirse suena un tanto melodramático, pero es cierto que hay un impulso grave a rechazar lo que nos impide seguir y una burla de esa gravedad, heredera de los tiempos pasados en los que todavía creías en cosas que con el tiempo se van mostrando falsas o fútiles. Pasados veinte años —una cifra literaria—, pensé que sería curioso volver sobre El anarquista desnudo y, sin leerla de nuevo, escribir otra novela epistolar con unos personajes que tomaban a aquéllos como punto de partida pero no miméticamente. Eran otros, que el tiempo había cambiado hasta hacerlos irreconocibles. El sida hizo que algunos nos replanteáramos qué tipo de vida llevábamos y qué había sucedido en esos años que separaban 1975 de 1995. La muerte y el sida hicieron de Una prudente distancia una novela pesimista pero sin renunciar a un sentido del humor irreverente. Criticar a la izquierda y su corrupción galopante y, a la vez, burlarse del mundillo gay tiene un precio. Se vendió bien pero no hubo respuesta crítica, cosa a la que estoy acostumbrado.

JMM – Claro que Una prudente distancia también recoge una reflexión sobre lo ocurrido en nuestro país, en Valencia concretamente, en los años 70 y 80.

LF – Acepté la dirección del Festival de cine de la Mostra en Valencia y la experiencia en los años 90 me permitió reflexionar tanto sobre la Valencia de los años 70 como la de entonces, atenazada por la corrupción socialista. Ese fue el punto de partida. Me divertía viendo los cambios operados en muchos de los valencianos que yo conocía, y eso remitía a mi forma de verlos y de verme en ellos reflejado. Era una sociedad todavía más delirante que la de los años 70. Internacionalizada y maleada por la política y las subvenciones. Inconscientes de criticar la corrupción en la que estaban inmersos. No es agradable volver sobre uno mismo, pero una prudente distancia permite tomarse a uno mismo con distancia crítica y sentido del humor. El sentido del humor es lo que echo en falto en las novelas actuales.

Lluis Fernandez - Una prudente distanciaJMM – ¿Cómo se relaciona esto con la explosión anterior: Maenza o bien Oswaldo Muñoz, la conexión con lo que en Barcelona estaban haciendo Cardín y Jiménez Losantos? (Recuerdo que eras del equipo de La Bañera y publicabas en Laertes, la editorial de Cardín.) En Madrid éramos más diletantes, no estábamos tan concienciados, aunque tú eres capaz de superar la tristeza y el nihilismo propios de una cierta cultura pop, a lo Warhol. Siempre te lo he agradecido.

 LF – Fue fundamental. Lo de Maenza ya lo he contado y mi relación con Federico Jiménez Losantos y Alberto Cardín fue además de divertida muy importante. En los 70 era corriente mezclar la seriedad intelectual con la frivolidad y tomarnos la vida como un juego perverso pero ingenuo. Profesionalmente fue un salto que me permitió trabajar en la prensa y las editoriales, hacer crítica de best sellers en La Vanguardia o trabajar en un show televisivo en TV3 como “Ángel Casas Show”, de máxima audiencia.

Con Alberto Cardín conviví muchos más años, hasta poco antes de su muerte, cuando ya trabajaba en Valencia, pero es y sigue siendo un referente intelectual fundamental. Si conectamos tanto en los años 70 y 80 fue porque ninguno de los dos diferenciábamos entre compromiso, diversión, cultura popular, intelectualidad y burla de la vida cultural española y barcelonesa. Tomarnos a chacota a nosotros mismos nos permitía ser inmisericordes con los demás, muchos de ellos intelectuales totalmente impostados. Recuerdo cuando Fernández Punsola le decía a Alberto Cardín, “Nena, vamos a las Ramblas a “sembrar el significante”, que era una forma de darse pisto a la hora de ir a ligar.

JMM – Te tomaste en serio lo popular…

LF – Siempre me pareció algo muy gratificante y digno de análisis los mitos populares, sin por ello perder de vista los componentes que los hacía fascinantes: su serialidad. En los años 60 se hicieron análisis muy serios sobre la cultura de masas, pero siempre desde la atalaya intelectual o universitaria. La famosa iconosfera de Umberto Eco. Desposeerlos de la caspa acumulada, sin renunciar a sus logros fue una de los objetivos de algunos de nosotros. Mi admiración por Lana Turner no impedía que la compaginara con los mitemas de Claude Lévi-Strauss o el significante lacaniano.

El saber universitario impedía conectar la frivolidad de la cultura pop con el conocimiento intelectual. Aplicarlo a todos los campos, incluido los fenómenos populares políticos, culturales e intelectuales, criticados con saña, fue la mejor aportación de aquellos años. Alan Sokal les dio la puntilla definitiva en los años 90 con sus Imposturas intelectuales.

Duramos poco. De La bañera apenas salieron dos números pero de cierre en cierre de revistas minoritarias y diarios en decadencia logramos sobrevivir en una Barcelona que se iba cerrando, tanto por la presión nacionalista como por la izquierda cultural barcelonesa y madrileña, hasta achicar la disidencia a su mínima expresión.

Fuimos un epifenómeno muy criticado hasta 1982, fecha que marca el final de esa etapa que había comenzado en muchas ciudades españolas y que cristalizó en la “ciudad que fue”, según el atinado título de la biografía barcelonesa de Federico, una ciudad a la que acudimos gente de todo tipo atraídos por su efervescencia cultural para aprender, divertirnos y profesionalizarnos.

JMM – Lo que vine después, a partir de los 80, fue la instalación en la buena conciencia transgresora: la revolución feliz, de la que Una prudente distancia ofrece un análisis marxista, se podría decir, al poner sobre la mesa la economía de la transgresión, es decir las cantidades de dinero que muchos transgresores hicieron con lo que se convirtió, hasta hoy, en una profesión. Si fuéramos unos moralistas conservadores (es difícil resistir la tentación) diríamos que la corrupción es la apoteosis de la frivolidad previa.

LF – No puedo estar más de acuerdo. La transgresión y la frivolidad no tienen por qué abocar irremediablemente a la corrupción, pero es cierto que la izquierda que accedió al poder con los socialistas vivieron a lo grande su triunfo político y se comportaron con una frivolidad preocupante, sobre todo cuando comenzaron a surgir los casos de corrupción, en los que estaban todo involucrados, desde el Felipe González al menor asesor municipal de provincias, unidos por el dinero que fluía sin control en las autonosuyas. La frivolidad izquierdista fue el salvoconducto para aceptar la corrupción como necesaria para impedir que gobernara la derecha.

En mi caso, y puedo extenderlo a muchos otros de la época de Barcelona, esa frivolidad era un antídoto para tomarse demasiado en serie, frivolizar sin por ellos renunciar a poner en cuestión el status quo y permanecer vigilante de las tropelías de los intelectuales que se iban vendiendo a los políticos.

Barcelona fue un privilegiado campo de observación de cómo se nos iban cerrando puertas a medida que las “fuerzas de la cultura” catalana —tanto independentista como izquierdista— los iban comprando para ocupar los puestos mejor remunerados o claves, que algunos ocupábamos, y notabas la coacción social dominante arrinconándote hasta expulsarte. Tus “amigos” contraculturas colocados a dedo eran los mejores ejemplos.

No se puede desligar El anarquista desnudo de la Valencia predemocrática como Una prudente distancia de la Barcelona olímpica, aunque las dos estén escritas a caballo entre Valencia y Barcelona. Lo que en Barcelona era un mundo que tomaba forma bajo la opresión separatista, y por entonces yo lo vivía desde fuera de las instituciones públicas pero como actor privilegiado de la televisión catalana o del diario La Vanguardia, en Valencia, al ser el director de la Mostra de cine, experimentaba la visión desde el interior institucional, con una visión cercana de los políticos de todos los partidos y de las fuerzas vivas.

En ambos casos la lucha fue contra la asimilación y en defensa de la individualidad, sin por ello renunciar a trabajar dentro de una institución como el Ayuntamiento de Valencia, con balcón privilegiado sobre el comportamiento de la clase que detentaba el poder y una oposición de izquierda desleal. Una prudente distancia se publicó en 1998, cuando yo era el director de la Mostra, sin que eso repercutiera en mi posición institucional ni me despidieran por las cosas que se decían en la novela. La derecha es más tolerante de lo que sus enemigos de izquierda piensan y son. De hecho, cuando decidí irme por desavenencias profundas con María José Alcón –“Lady Mislata”-, me pidieron que me quedara.

Lluis Fernández - L'anarquista nuJMM – Bueno, no somos ni moralistas ni demasiado conservadores, pero el caso es que el sistema es implacable para quien no acepta sus reglas. Quien no está dentro, es decir quien no acepta las reglas del juego de la izquierda, o bien es invisible, o bien es un friki… Tú lo sufriste cuando, como ya has dicho, te nombraron director de la Mostra de Cine de Valencia, por ejemplo.

LF – El sistema es implacable siempre que no cedas a su alucinación. En eso no es muy distinto a cualquier ideología. Ser friqui, contrariamente a los tiempos de la provocación, que era aceptarse como un monstruo psico-social no integrable en la sociedad, es aceptar acríticamente el rol de fuerza viva y su participación en la escena teatralizada de su representación. Yo inauguraba calles y eventos junto al resto de las fuerzas vivas políticas, pero sabía diferenciar entre el yo público y el yo privado. El político al uso se identifica y se lo cree. Esa es la diferencia.

De nuevo requiere una prudente distancia para aceptar el rol, pero sin asumirlo fuera de su representación. Friqui es quien confunde la persona con el personaje. Imprescindible para triunfar en el espectáculo artístico y social. Mantener la distancia no es de derechas ni de izquierdas, es mantenerse irreductible a la proyección paranoica del otro sobre tu vida, con la amenaza implícita de perder cargo y remuneración. El precio es el desprecio, las zancadillas, el intento de corromperte, porque el juego del poder es siempre tan seductor como revolcarte en un lodazal. Los límites los marca uno. La corrupción económica siempre comienza por la corrupción moral.

Es cierto que me acosaron tanto la izquierda como la derecha, pero el límite defensivo es personal. Yo fui director porque creí que podría hacer algo en política contra la corrupción socialista y lo dejé cuando me di cuento de que ese mundo volvía a despedirme. Nadie te obliga a permanecer cuando lo que ves no te gusta.

JMM – ¿Cómo fue recibida Una prudente distancia?

LF – Excepto tu amable crítica en La Ilustración Liberal, no tuvo reflejo en las páginas de crítica literaria española. En mi caso, no creo que esto sea algo anómalo. Sí estuvieron interesados en Italia. La vendí a la editorial Castelvecchi, pero a pesar de firmar el contrato no creo que llegara a publicarse. Por El anarquista desnudo también se interesó Inge Feltrinelli, pero un informa alarmista les aconsejó no publicarla en Italia, como ocurrió en Turquía que me propusieron censurar el libro.

JMM – Intenté publicar otra reseña en Revista de Libros, pero no la sacaron, claro está. ¿A qué atribuyes la cobardía de la clase intelectual española?

LF – A su confusión y prepotencia. Es mayoritariamente de izquierdas pero profundamente franquista en el fondo. Aúna los dos autoritarismos y nunca ha aceptado plenamente la democracia liberal. Con honrosas excepciones, odia a los Estados Unidos y el liberalismo, y es contradictoriamente anticapitalista sin renunciar al capitalismo. Como no es muy reflexiva ni cree del todo en los valores democráticos, se consume entre estereotipos izquierdistas creyendo que es moral e intelectualmente superior a la derecha, cosa que viendo a la derecha claudicante resulta plausible. Sus hijos son todavía más radicales e irreflexivos, fascinados por los regímenes autoritarios de Venezuela, Bolivia y Ecuador. Si se le opusiera una derecha liberal y conservadora con las cosas claras, sin complejos culturales ni morales, la izquierda dejaría de ser un problema, y tendría un problema: replantearse hasta qué punto su superioridad es mero complejo de inferioridad y que aceptar la democracia y reconocer democráticamente a sus oponentes es fundamental para la convivencia pacífica en España. Los ejemplos de Fernando Savater, Hermann Tertsch y Albert Boadella atemorizan a aquellos izquierdistas que temen ser tildados de fascistas, como hemos sufrido muchos de nosotros por ser críticos o descreídos. La adhesión inquebrantable es el buen karma izquierdista.

JMM – ¿Cómo analizas un fenómeno cultural como Almodóvar? ¿Es el signo de una sociedad abierta o de un cierto conformismo disfrazado de melodrama? ¿Es otra cosa?

LF – Almodóvar es muchas cosas, tantas como para meditarlo. Durante dos años estuve alternando la escritura de Los friquis con un estudio sobre el cine de Pedro Almodóvar que titulé Almodovariana, pero que nunca terminé. Quizá algún día lo retome, pero cada vez me da más pereza. Ahora es moneda corriente hablar mal de Almodóvar pero cuando yo lo criticaba frente a la defensa a ultranza y un tanto fascinada de los extranjeros que pululaban por los festivales de cine internacionales, era todo un escándalo. Me harté de discutir sus melodramas ridículos, su intento de dignificar su petardismo mediante el drama, cuando su mejor aportación ha sido el sainete.

El conformismo de Almodóvar está oculto en la transgresión contracultura de los años 70 y edulcorado por el melodrama más ramplón. Su conservadurismo es evidente en el final de Átame y en La flor de mi secreto. El resto es la confusión de los sentimientos enmarcado en la teoría de género más delirante. Piensa en el final de Todo sobre mi madre, con la sagrada familia de género: el padre travesti con sida, la madre que adopta al hijo que ha parido una monja y la abuela burguesa que lo acuna. ¿No te recuerda el final de La semilla del diablo?

JMM – La verdad es que no he vuelto a ver ninguna película de Almodóvar desde que me salí del cine, con un amigo, en Kika, me parece.

LF – Digamos que triunfa por su cursilería melodramática y su afición a plagiar melodramas no tanto de Douglas Sirk como del clásico de Michael Curtiz Alma en suplicio, evidente en Tacones lejanos y otras.

JMM – ¿Te habría gustado seguir haciendo cine después de La fallera mecánica? ¿Qué papel ha tenido el cine en tu obra?

LF – Para mí el cine fue algo esencial en la España de posguerra, como para gran parte de mi generación. Muchos pensamos en dirigir cine y yo lo intenté hasta que me di cuenta de que el cine es un medio en el que el equipo es fundamental y el director ha de aprender el oficio si quiere llegar a imponerse sobre el equipo y lograr un nivel de expresión suficiente que satisfaga su narcisismo artístico. Yo no pasé de la etapa autosuficiente underground.

Eso requería unas virtudes de las que carecía o quizá no estuve dispuesto a iniciar ese meritoriaje. La literatura y un periodismo de batalla me permitía cierto pasar y me olvidé del cine. En cuanto a La fallera mecánica no era más que un filme “situacionista”, cuya promoción era superior a sus logros. Lo que, en realidad, anunciaba era tomar la política como espectáculo en una sociedad de masas plenamente constituida como era la España de 1975.

El “escándalo de Ajoblanco” no fue buscado pero sí consiguió que comenzáramos a valorar hasta qué punto el franquismo se había debilitado y la capacidad de los medios underground para promocionar como escándalos las cosas incorrectas que hacíamos en Valencia y Barcelona, como La piraña divina de Nazario y posteriormente el “escándalo de Lo que queda de España, de Federico Jiménez Losantos, y La bañera.

Lo más interesante de aquellos años fue el cambio que se operó en España, con las burlas al franquismo comatoso y a la izquierda progre que quería sustituirlo y limitar las libertadas individuales y frenar el deseo de disidencia. Unos desde el anarquismo y otros desde el individualismo de corte libertario, nos manifestábamos en una Barcelona que —el tiempo nos ha dado la razón—, se cernían dos males que acabarían coincidiendo: la izquierda más autoritaria de Europa y el nacionalismo reaccionario y facha de CiU y IU-PSOE, ambos liberticidas. El auge de las CUP y ERC son sus nefastas consecuencias actuales.

En cuanto a la influencia del cine, es difícil de evaluar, sobre todo porque cuando escribía L´anarquista nu pensaba que la literatura es irrepresentable en el cine. Es más, tenía en mente que debía ser imposible pasarla al cine.

De hecho, lo intentó un colectivo anarquista de una radio de Barcelona, que me propuso hacer un novela radiofónica gay, pero después de un día trabajando me di cuenta de que el resultado era ridículo. También Carles Santos y Pere Portabella (de eso me enteré más tarde), comenzaron a escribir un guión de cine que nunca realizaron. Cosa que agradezco.

JMM – ¿Qué proyectos tienes ahora?

LF – Le doy vueltas a replantarme si edito una novela sobre la corrupción política en Valencia escrita a comienzos del 2000. Se llama La peregrinación del deseo y la concluí en 2004, pero me aconsejaron que no la publicara entonces.

JMM – Buen título.

LF – Ahora resulta un libro de anticipación política en forma de novela crítica con la orgía corrupta de algunos políticos valencianos. Como un “monólogo exterior” ininterrumpido de 200 páginas, al modo de unas confesiones, en la que un yo cínico descubre de forma impúdica todo aquello que se sabe y se escucha a voz en grito cuando merodeas en la superficie de los partidos y que debe permanecer oculto.