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«Collige, virgo, rosas». España, entre la Antigüedad tardía y Carlomagno. Por José María Sánchez Galera

Una de las múltiples particularidades históricas de España viene dada por los tres siglos denominados “etapa visigótica”. A su vez, este periodo se nutre de una circunstancia muy específica: la intensa romanización asentada en la Península desde que los Escipiones iniciaron la conquista en el s. III a.C. En el s. I d.C. los personajes más destacados de la cultura, y luego de la política, en Roma, eran hispanos: Lucano, Séneca, Quintiliano, Trajano. Marcial, que convivió con ellos, y que había nacido en Bílbilis —cuyas ruinas se localizan a las afueras de Calatayud— escribió varios poemas en que mostraba su orgullo patrio, cantando a Tarragona, Cádiz, el Tajo, Córdoba, el Moncayo.

Marcial es, sin duda alguna, el mejor autor de epigramas de la literatura antigua. Un género popular que sigue resultando actual, fresco, humano, auténtico, y que nos permite conocer con pleno detalle cómo era la vida cotidiana hace veinte siglos, el olor de las calles, los sonidos de las casas. Los epigramas de Marcial son una explicación en primera persona de los restos arqueológicos, de los hallazgos en Pompeya. Cuando Marcial regresó a Bílbilis, para terminar sus días, comenzó el siglo más esplendoroso del Imperio Romano: el siglo de los Ulpio-Elios, —vulgarmente llamados “Antoninos”—, de origen hispánico, y que concluyó con el asesinato de Cómodo el 31 de diciembre del año 192. Luego llegó un siglo de anarquía, de continuos golpes de Estado y militarismo.

Los tres siglos de “reino visigodo” en España[1] se definen como confluencia de lo germánico —en un grado menor de lo que suele creerse— y lo cristiano con la romanización, aunque en un estadio de decadencia urbana —caída de la actividad comercial y financiera, y, por tanto, incremento de la “tesaurización” y ruralización[2]—. El cronista hispano Hidacio (s. V) dejó escrito: “En el año 447 de la Era [hispánica][3], los alanos, suevos y vándalos arrasaron de forma cruenta Hispania, incendiaron las ciudades y sumieron al país en una situación de hambre, muerte y peste. Las madres se comían a sus propios hijos, la gente se alimentaba de carne humana, y las bestias devoraban los cadáveres de los muertos por espada” (chron. 2.15-16). Muchas localidades destacadas se despoblaron o se amurallaron dejando fuera el antiguo centro urbano, para convertirlo en cementerio. Y la situación en Hispania no fue peor que en otras antiguas provincias o prefecturas del Occidente latino.

Esa etapa que separa la Antigüedad Clásica y el Medievo —nombres tan arbitrarios como asentados— se llama Antigüedad Tardía, y está muy marcada, entre otros muchos factores, por el creciente peso de la Iglesia. El emperador Teodosio —otro hispánico—, será el último gran césar y el que jalonará ese gozne histórico, al separar de manera definitiva Roma y Constantinopla, y al dotar a ambos imperios de un carácter cristiano indeleble. Frente al progresivo deterioro de las instituciones estatales, surgen con pujanza las cortes godas —reyes con sus nobles y sus ejércitos— y los episcopados, que reciben cada vez más tierras y patrimonio, por lo general procedentes de cristianos que, legando a los sucesores de los Apóstoles sus bienes terrenales, confían en obtener un juicio benévolo ante el Creador. Aconseja el Evangelio: “Vended vuestras haciendas … haceos un tesoro inagotable en el Cielo” (Lucas 12:33). El resultado de este proceso de acumulación implica que la Iglesia funcionará con notable autonomía frente a los poderes civiles. Los episcopados y monasterios destacan dentro de los principales terratenientes, y también constituyen los centros culturales y educativos por excelencia. En Occidente, casi toda la cultura se transmitirá gracias a las bibliotecas eclesiásticas. En el Oriente bizantino esa tarea será, en gran medida, sustentada por el Estado, aun dentro de un ámbito religioso.

Código visigótico

El declive de la Roma imperial es interpretado por los paganos del s. V —una porción decadente de la antigua nobleza senatorial— como consecuencia del cristianismo, pues, según ellos, los dioses han castigado la apostasía de la Ciudad Eterna, que ha asumido la fe de los Apóstoles como credo oficial. Por el contrario, los apologistas católicos elaborarán una de las interpretaciones de la Historia más revolucionarias. Orosio —otro hispano, y esencial colaborador de Agustín de Hipona—, quizá el intelectual más sobresaliente en teoría de la Historia, elabora un análisis y ofrece unas conclusiones que gozarán de amplia aceptación durante siglos. Fiado al providencialismo cristiano y fiel al “nacionalismo” romano (identidad de civilización romana, mejor dicho), sostiene que hubo tiempos anteriores más crueles, y que el cambio de gobierno a manos de los godos abre oportunidades muy positivas. Cree que Dios presenta a los cristianos —romanos— un nuevo escenario repleto de ventajas: poder evangelizar a los godos y gracias a su fuerza e ímpetu —lo que recuerda a Tácito y su Germania— revigorizar el mundo; librarse de la presión fiscal que impone el Imperio de Oriente; y conservar la cultura clásica latina. Estas ideas acabarán siendo las más compartidas durante la Edad Media. Así, los reyes godos se intitularán con nombres latinos, seguirán usando la lengua y derecho romanos, buscarán una legitimidad que los vincule sin hiatos con Augusto y Teodosio, etc.

Por tanto, durante la Antigüedad Tardía, el colapso del Estado se amortigua gracias a la pujanza de la Iglesia, que hereda gran parte de sus funciones[4]: asistencia social, educación y cultura, cohesión de cada territorio, gestión de los campos de labor, arbitrajes, continuidad legal. Así, los reyes godos no tendrán otro remedio que convertirse, no sólo al cristianismo, sino al catolicismo. Por eso, Javier Arce considera que el reino visigótico español se define como “Estado eclesiástico-cristiano”[5]. Arce explica, basándose en los documentos de los concilios hispanos —que fueron una suerte de Cortes legislativas frente al gobierno regio[6]—, cómo los obispos se encargaban de obras públicas, creación y mantenimiento de hospitales y también de la aplicación de castigos; pues todo delito civil —asesinato, robo, aborto, abuso de menores—, a fin de cuentas, es una conculcación del Decálogo. Como expone el propio Arce al comienzo del libro, su tesis es que esa etapa de nuestra historia fue una “continuidad con el mundo romano tardío” tamizada por el cristianismo[7]. Según este autor, el reino visigodo podía equipararse a los más significativos de la época —Persia, Etiopía, Bizancio—, como se colige de un fresco del s. VIII —descubierto en unos restos palaciegos ubicados en la actual Jordania— en el que aparece el rey Rodrigo. Este monarca, derrotado en Guadalete por los ejércitos dependientes del califato Omeya, adornaban el prestigio conquistador del imperio muslim con capital en Siria. España, en aquellos años, era un “estado fuerte”, con “ciudades florecientes”[8].

En este sentido concuerda Chris Wickham, quien asume que España es una excepción en Occidente durante la era posterior a Roma —durante los siglos visigodos—; el Estado no sólo no se debilitó, sino que se fortalecía[9]. Lo cual contradice el temerario aserto de Ortega y Gasset, que definió a los visigodos como “extenuados, degenerados”, en comparación con los “poderosos” francos[10] —ahí estribaba, para el ensayista madrileño, la diferencia entre la admirable Francia y una incapacitada España, huérfana de elites. No sigue este criterio José Orlandis (1918-2010), sacerdote y erudito de la España goda, quien destaca los ss. VI-VII como un “renacimiento cultural muy por encima de Occidente”[11]. Es la época de san Isidoro, obispo de Sevilla y autor de las Etimologías, una de las enciclopedias más difundidas, al menos hasta la francesa del s. XVIII. Coetáneos de Isidoro fueron su hermano san Leandro, los toledanos san Eugenio y san Ildefonso, o Juan de Urgell. No parecía mal momento para la cultura; en especial, para la transmisión de la cultura antigua. Isidoro reconoce vocablos ya perdidos, como bybliopola —que apenas hubieron usado Marcial y su amigo Plinio—, y cita a autores ya desapercibidos como Catulo, que pasa casi olvidado hasta el s. XIII. Y durante parte de aquel periodo, las Baleares y la costa meridional española se encontraron bajo tutela de Bizancio, como “provincia de Spania”.

Sin embargo, el decisivo peso de la Iglesia resulta funesto para Juan Arce. Pues califica el periodo visigodo, precisamente por quedar bajo la égida eclesiástica, como “amargo, oscuro … no fue [una época] esplendorosa”. Y, justo por este motivo, y con esta valoración negativa, equipara aquella España con el Imperio bizantino. No es del mismo parecer la experta Céline Martin, quien tacha de subjetiva tal afirmación gratuita, y añade: “diré que como especialista me chocó y hasta me pareció ofensiva”[12]. Ella, apreciando los aspectos acertados o novedosos del libro de Arce, sostiene: “Condenar sin apelación todo un periodo histórico parece ya discutible; hacerlo sobre las bases de las que el autor se vale, es casi grotesco … el libro abandone el género histórico para convertirse en panfleto”[13].

Código visigótico 2

La profesora Martin (Université Bordeaux-Montaigne) pertenece al departamento ‘Ausonius’, en honor al célebre poeta, político y profesor que vivió en esa ciudad de la antigua Galia. Se trata de uno de los autores que inspecciono a resultas de mi tesis doctoral. Ausonio (s. IV), nacido en una familia longeva —falleció a los 85 años, como casi todos sus parientes—, se carteaba con Paulino de Nola —vinculado a Barcelona, pues allí conoció a Teresa, la mujer que cambió por completo su vida—, y hace referencia las escuelas de grado medio de Lérida y Calahorra. Ausonio, antes de Isidoro, es de los poquísimos intelectuales tardíos que citan a Catulo, y lo hace con denuedo, en varios de sus mejores poemas. Para la transmisión de la cultura antigua, y en especial de la epigramística, de la “poesía ligera”, resultan esenciales Ausonio e Isidoro. Es más: Ausonio es el creador del famoso collige, virgo, rosas “recoge, joven, las rosas”[14], uno de los tópicos imprescindibles de la literatura.

Y aquí se produce un hecho muy relevante. Porque de todo aquel tremendo caudal de cultura en la España visigoda queda apenas nada. Mejor dicho: de nuestro país, de aquellos escribas o copistas que fueron nuestros antepasados, existen contados códices. Los manuscritos antiquiores proceden, en un elevado porcentaje, de la corte de Carlomagno, o bien de los monasterios irlandeses, britanos o italianos[15]. No debe olvidarse que a partir del año 711 comienza en la Península Ibérica una etapa desoladora, al menos durante cuatro décadas de continua guerra y saqueo. Como recordaba Jesús Muñoz y Rivero, la invasión mahometana “produjo honda perturbación en la esfera literaria, ya destruyendo muchas de las obras notables de las épocas romana y visigoda…”[16].

Sin embargo, consulto la edición oxoniense de las obras completas de Ausonio, y me topo con un dato revelador. Resulta que la tradición manuscrita de Ausonio —que sí, arranca del Renacimiento carolingio— tiene como primer antecedente, primer manuscrito conocido, un códice escrito ¡por una mano hispánica! Su manuscrito más antiguo y más extenso es de finales del s. VIII, escrito en caligrafía visigótica, y cuyo contenido señala un origen español[17]. Lo cual concuerda con varias referencias a Ausonio en autores españoles del siglo anterior, en especial gramáticos de Toledo. ¿No podría darse la eventualidad de que aquel Renacimiento franco-galo, entre otras causas, se debiera al impulso de los hispanos, cultos, ricos, clérigos, que huían de la invasión agarena? Tengamos en cuenta que los acomodados huyen rápido, a veces los intelectuales son poco dados al heroísmo —no todos reaccionan como, por ejemplo, Ramiro de Maeztu, ejemplar ante quienes los fusilaron—; y tengamos en cuenta que siempre nos queda la esperanza.

Referencias:

Roger P. H. Green, Decimi Magni Ausonii opera (Oxford, 1999):

http://www.oxfordscholarlyeditions.com/view/10.1093/actrade/9780198150398.book.1/actrade-9780198150398-book-1

 

  1. Peiper, Decimi Magni Ausonii Burdigalensis opuscula (Teubner, 1886):

https://archive.org/details/decimimagniavso00ausogoog

 

Javier Arce, Esperando a los árabes (Marcial Pons, 2011):

http://www.marcialpons.es/libros/esperando-a-los-arabes/9788492820443/

 

Chris Wickham, Framing the Early Middle Ages (Oxford, 2005):

https://books.google.es/books?id=q04qPNZasbIC

http://www.oxfordscholarship.com/view/10.1093/acprof:oso/9780199264490.001.0001/acprof-9780199264490

 

Céline Martin, reseña del libro de Javier Arce en Hispania, vol. LXXII, nº 240, pp. 241-326 (CSIC, 2012):

http://hispania.revistas.csic.es/index.php/hispania/article/viewFile/371/367

(Céline Martin en Academia.edu http://u-bordeaux3.academia.edu/C%C3%A9lineMartin )

 

José Orlandis, La vida en España en tiempo de los godos (Rialp, 2006 =1981)

http://www.rialp.com/index.php?op=verlibro&descri=123016

(necrológica de Orlandis: http://www.opusdei.es/es-es/article/fallece-d-jose-orlandis )

Notas

[1] En otra ocasión explicaré por qué uso, de manera indiferente, Hispania y España. No sólo porque así se expresan también los historiadores extranjeros, y no sólo porque así se expresaban nuestros historiadores hasta hace pocas décadas.

[2] El dinero dejó de fluir como en los mejores momentos del “capitalismo” mediterráneo y romano, y se guardó “debajo del ladrillo”, o, para ser más precisos, dentro de viejas ollas enterradas junto a las casas.

[3] Es decir, año 409 d.C. El tiempo de los Aera Hispanica ‘impuestos españoles’ comienza en el año 716 de la fundación de Roma. La Era Hispánica es el formato de datación absoluta que durante más siglos ha estado en vigor en nuestra historia. Casi mil años; dejó de emplearse en Castilla en el s. XIV.

[4] Cfr. R. H. Rouse, “La transmisión de textos”, pp. 48-51, en R. Jenkyns (ed.) El legado de Roma: una nueva valoración (Barcelona 1995).

[5] Esperando a los árabes. Los visigodos en Hispania (507-711), p. 299. Marcial Pons (Madrid, 2011).

[6] Los obispos, en gran proporción, eran elegidos de entre los antiguos clanes nobles hispanorromanos.

[7] Javier Arce, Esperando a los árabes …, p. 16.

[8] Ibid., pp. 283-286.

[9] Cfr. Framing the Early Middle Ages: Europe and the Mediterranean, 400-800, p. 93. Oxford, 2005.

[10] La España invertebrada, p. 103. Alianza (Madrid, 2004 = 192214 Calpe). En pp. 93 y ss. (“La ausencia de los mejores”), Ortega aplica su tajante y habitual esquema de “excelentes y masa”; según él, los visigodos llegaron a Hispania adocenados, lo que impidió crear una nación vigorosa, y por tanto “un soplo de aire africano los barre de la Península” (p. 103). Como los visigodos eran germanos debilitados, pensaba Ortega, los hispanos no se beneficiaron de su ímpetu creador. No debería extrañarnos este germanismo exultante, pues, hasta 1945, fue defendido por un buen número de grandes intelectuales.

[11] La vida en España en tiempo de los godos, p. 66. Rialp (Madrid, 2006 =1981).

[12] Hispania, vol. LXXII, nº 240, p. 243 (CSIC, 2012).

[13] Ibid.

[14] de rosis nascentibus, 49 (app. 2.49 = Peiper, 22.2.49).

[15] Del siglo IX tenemos 6.700 manuscritos. Anteriores al s. IX, sólo 1.865 (fragmentarios o completos).

[16] Paleografía visigoda, p. 17 (Madrid, 1881).

[17] Cfr. Roger P. H. Green, Decimi Magni Ausonii opera, p. vii (Oxford, 1999).

 

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JOSÉ MARÍA MARCO

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