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Cuando Maura llevó a Alfonso XIII a Barcelona

Barcelona, mediterránea y portuaria por esencia, además de industrializada pronto, no ha sido una ciudad pacífica. En 1937, Azaña, entonces Presidente de la República y que tres años antes había presenciado en directo la sublevación de la Generalidad, se encontró atrapado en su residencia oficial entre los anarquistas y los nacionalistas, por un lado, y los comunistas y las escasas fuerzas leales al gobierno, por otro. Hubo que rescatarlo desde Valencia.

En 1904, Antonio Maura se empeñó en llevar al joven Alfonso XIII a Barcelona. Alfonso XIII era Rey desde hace poco tiempo y aunque había visitado diversas zonas de España, no había ido nunca oficialmente a Barcelona. Maura, llegado al gobierno en 1903, estaba empeñado en democratizar el sistema liberal mediante la creación de una fuerza conservadora nueva, ciudadana y de masas. En aquel proyecto modernizador, Barcelona ocupaba un lugar primordial.

Era la capital económica e industrial del país, pero también era la ciudad donde con más fuerza aparecían todas las contradicciones y las debilidades del régimen. Ya habían hecho acto de presencia los nacionalistas, con una Lliga Regionalista pujante. El populismo había triunfado entre los trabajadores y la pequeña burguesía, con un gran líder, decidido y demagogo pero leal a la unidad nacional, como era Lerroux. Y en la ciudad se había implantado el terrorismo de raíz anarquista, relacionado con el lerrouxismo pero con bases y objetivos propios. Los anarquistas estaban detrás de algunos de los atentados más terribles de aquellos años, como el del Liceo o la de la calle de Canvis Nous.

Cuando Maura anunció su intención, no tardaron en oírse las voces en contra, con argumentos de peso. Cuanto menos, Alfonso XIII se podía ver desautorizado e incluso humillado por los lerrouxistas y los nacionalistas, que habrían llegado así a una “entente” de gran futuro. En el peor de los casos, el Rey quedaría expuesto a un atentado anarquista. Maura conocía los riesgos, pero decidió desafiarlos. Necesitaba afianzar la presencia del Estado en Cataluña y más precisamente en Barcelona, y quería reforzar la Corona y la figura del Rey en un momento de cambio muy profundo, después de la crisis del 98, cuando la confianza en el sistema vacilaba bajo el empuje de fuerzas poderosas, entre ellas el regeneracionismo, ese nacionalismo español que siempre ha hecho una crítica demoledora del régimen constitucional. La presencia del Rey en Cataluña indicaba la disposición reformista de Maura, abierto a una nueva forma de organización del Estado tras la irrupción del nacionalismo catalán.

El éxito fue extraordinario. El Rey, montado a caballo, desfiló por Barcelona sin el menor incidente. Los nacionalistas manifestaron su lealtad en el Ayuntamiento y Lerroux, en un gesto que presagiaba ya la evolución conservadora del único gran populista que hemos tenido en la política española hasta ahora, desconvocó cualquier movilización.

Pagó la visita el propio Maura, que fue acuchillado por un anarquista de 19 años delante de la Basílica de la Merced. No fue grave, pero aquello adelantaba lo que vendría poco después, cuando la Semana Trágica puso fin al intento democratizador. Barcelona determinaría así toda la historia política española hasta muy finales de los años treinta. Y los movimientos que entonces salieron a la luz –nacionalismo, anarquismo, populismo- se incorporaron para mucho tiempo a la naturaleza política de la ciudad.

La Razón, 26-08-17

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JOSÉ MARÍA MARCO

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