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Republicanismo

Recordaba Abel Hernández en las páginas de La Razón una sentencia de Santiago Carrillo según la cual lo importante no era elegir entre República y Monarquía, sino entre dictadura y democracia. Sigue resultando curioso que casi nadie percibiera –o se atreviera a decirlo- la ironía de aquellas palabras, que implicaban una amenaza de largo plazo contra la Monarquía parlamentaria, algo muy propio de aquel pícaro de ejecutoria trágica reconvertido en oráculo de la Transición.

La relación entre democracia liberal y Monarquía, por un lado, y democracia liberal y República no es tan sencilla como queda sugerido. No debe de ser casualidad que las ocho grandes Monarquías que subsisten en el mundo desarrollado estén entre los países más estables, libres y ricos del mundo y se recordará que la Corona española está asociada a las libertades públicas desde la infancia de la reina Isabel II. No se puede decir lo mismo de los dos episodios republicanos ni en general, de las repúblicas que conocemos.

La observación de Carrillo sugería algo que parece obvio: un país como España puede convivir con una República y con una Monarquía. No resulta tan evidente, sin embargo, cuando se piensa en el efecto que en la conformación de las mentalidades tienen las formas políticas, siendo así que son las Monarquías las que crearon algunas de las grandes naciones europeas. Tener en cuenta esto ayuda a entender muchas cosas, entre ellas el efecto estabilizador de la forma monárquica y la persistencia de sus rasgos después de instaurados regímenes republicanos (véase Rusia y Francia).

A su vez, esto permite comprender por qué disociar la nación española de la forma monárquica resulta un ejercicio tan peligroso. Abundan en nuestro país los republicanos de corazón, respetuosos de la Corona por razones instrumentales, y se habla de republicanismo como un ejercicio académico o un fondo de virtudes necesario para la democracia. No estaría de más que estas elites, tan distinguidas y cortesanas –a esta paradoja hemos llegado-, comprendieran lo que está en juego en este asunto y dejaran a un lado la frivolidad carrillista.

La Razón, 30-10-18

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JOSÉ MARÍA MARCO

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