Usos, motivos y revival del nacionalismo español

Cuadernos de Pensamiento Político 48, octubre 2015

Siguiendo la idea desarrollada en Sueño y destrucción de España (Planeta, 2015), este ensayo mantiene que uno de los principales problemas a los que se enfrenta la elaboración de un proyecto nacional español integrador es la supervivencia del nacionalismo español, que conocemos como “regeneracionismo”. El nacionalismo español, como cualquier otro nacionalismo, aspira a construir una nación nacionalista que requiere la destrucción de la nación española liberal o constitucional. En vez de recuperar esta, las elites españolas reelaboran compulsivamente el imaginario regeneracionista, es decir nacionalista, y bloquean así la posibilidad de la nacionalidad española. / Following the idea developed in Sueño y destrucción de España (Planeta, 2015), this essay holds that one of the main problems facing the creation of an integrating project of Spain is the survival of Spanish nationalism, known as “regeneracionismo”. Spanish nationalism, like any other nationalism, seeks to build a nationalist nation, which demands the destruction of the liberal or constitutional (Spanish) nation. Rather than recovering it, the Spanish elites compulsively reelaborate the regenerationist imaginary worldview, that is, nationalist, thus blocking the possibility of Spanish nationality.

 

Durante muchos años, no existió el nacionalismo español. Luego, después de los años treinta, la dictadura de Franco promocionó una ideología nacionalista compleja: el nacionalismo estatalista y totalitario de Falange, el contrarrevolucionario de los herederos de Renovación Española, el nacionalcatolicismo apoyado desde el Estado autoritario y desde la Iglesia católica. Todo aquello acabó disuelto en un conservadurismo autoritario descarnadamente pragmático que caracterizó los últimos quince años de la dictadura. Desde entonces, el recuerdo de la dictadura parecía haber inmunizado a la sociedad española del virus nacionalista (español). Los españoles vivían ajenos a esa patología. Andrés de Blas, uno de los pocos especialistas en el asunto, habló, en su Tradición republicana y nacionalismo español de la falta de necesidad del nacionalismo español ya que “España constituye un claro y acabado ejemplo de nación de signo político o territorial”.[1]

La perspectiva cambió muy a finales del siglo pasado, en torno a 1998 y en los años posteriores. Entonces empezaron a surgir los estudios –en particular Mater Dolorosa, de Álvarez Junco- que retomaban y ampliaban un argumento clásico en la reflexión historiografía y en la política de nuestro país. Al revés de lo que se había mantenido hasta entonces, la nación española aparecía aquejada de un déficit de nacionalización achacable a la debilidad del nacionalismo español. Se reconocerán en este argumento las antiguas y venerables reflexiones acerca del fracaso de la nación española –o castellana- en la Guerra de las Comunidades y la suplantación del proyecto nacional por la idea imperial (también dinástica y familiar). Sobre este esquema clásico se superpone otro casi igual de venerable, como es la plantilla interpretativa, revitalizada en su momento por la historiografía marxista, según la cual la revolución liberal, o burguesa, resultó un fracaso (Azaña hablaba de “fracasco”). Uno de los factores que explican la convulsa historia de España en el siglo XX, así como el nacimiento y sobre todo la supervivencia de los nacionalismos periféricos, reliquias de antes de las dos Guerras Mundiales, sería esa débil nacionalización propia de nuestro país, que se debe relacionar con el poco empuje de la revolución industrial, la incapacidad de liderazgo de la burguesía española y la falta de recursos del Estado.

En este contexto, la palabra “nacionalismo” designa una ideología encaminada a la creación de la nación. Esta se entiende como la nación política surgida de las revoluciones liberales, aunque no únicamente. La construcción o la invención de la “nación” acarrean materiales sentimentales, culturales e ideológicos de otro orden, que poco tienen que ver con el liberalismo, que es la forma política de la modernidad. Así que la nación es tanto la nación cultural, identificada por rasgos históricos, lingüísticos y étnicos, como la nación de los ciudadanos dotados de derechos y deberes tal y como las definen las constituciones a partir de la norteamericana de 1787, la polaca de 1791, francesa del mismo año (precedida por la Declaración de Derechos Humanos de 1789), y la española de 1812.

A partir de ahí un solo término, el de “nacionalismo”, sirve para designar cualquier movimiento político e ideológico que aspire a construir una “nación”, sean cuales sean las características de esta. No hay forma, por tanto, de distinguir entre el “nacionalismo” liberal del siglo XIX -movimientos de emancipación o afirmación nacional que se esfuerzan por situar y articular la identidad nacional en la dimensión humana, racional y universal-, del “nacionalismo” que lleva a subordinar a lo que se considera propiamente “nacional” cualquier otra dimensión de la vida, en particular aquellas que nos hacen humanos. En otras palabras, no hay forma de distinguir entre el “nacionalismo” de Michelet, de Cánovas o de Churchill del nacionalismo de Maurras, de Hitler o de José Antonio Primo de Rivera.

Sin embargo, es posible establecer una distinción entre los dos, una distinción coherente con la intuición de que el “nacionalismo” de Mussolini o de Franco no puede ser lo mismo que el “nacionalismo” de Verdi o el de Galdós. Es lo que me he esforzado por hacer en Sueño y destrucción de España, siguiendo las indicaciones de Guido de Ruggiero, Zeev Sternhell, Dominique Schnapper y Pierre-André Targuieff, entre otros. (También de Feijoo, que distingue el “amor a la patria” de la “pasión nacional”.) Aquí el término “nacionalismo” no intenta abarcar cualquier movimiento relacionado con la “nación”, sino, más precisamente, los movimientos surgidos en torno a la crisis del final del siglo XIX. Aquellos años asistieron a la crisis definitiva de la conciencia occidental. Se hundió la fe en la razón, que había sustituido a la religión como fundamento de la civilización. Se hundió la confianza en el liberalismo como régimen político basado en la igualdad de derechos. Se hundió la seguridad de que el ser humano es una criatura caracterizada antes que nada por la racionalidad, capaz por tanto de discriminación moral. Se hundió la convicción de que el “yo”, a pesar de las trampas del amor propio, es capaz de conocerse a sí mismo. Y se llegó a la convicción de que la “nación” estaba a punto de desaparecer y que era inaplazable, urgentísimo, encontrar la forma de restaurarla en una forma que impidiera la catástrofe total, fruto de la degeneración propia de la modernidad.

El nacionalismo es uno de los síntomas y de las respuestas a esta crisis total y se ha definido a veces como la tabla de salvación a la que se acoge el náufrago a punto de hundirse en un mar muy bravío. Del desastre sobrevive (o surge, al modo de un palacio encantado) la identidad nacional, que rescata de la insignificancia y de la anomia a los que estaban a punto de perecer en el trance. La historia, el alma del pueblo, la raza serán los nuevos elementos que nos definan, lejos ya de la artificialidad inane, pretenciosa y superficial de la razón universal.

Estos son los datos de una crisis occidental que en nuestro país llamamos “crisis del 98”. La hemos vivido como algo propio de nuestra historia, algo que sólo nos atañe a nosotros cuando no es más que un capítulo –más relevante de lo que tendemos a pensar- de una crisis occidental general. Si limitamos el término “nacionalismo” al movimiento político de construcción de la “nación” surgido de esa crisis, encontraremos que el significado del nacionalismo se precisa y al mismo tiempo permite entender de otro modo una parte importante de los movimientos políticos, estéticos, culturales y filosóficos del momento.

Como es lógico, el movimiento nacionalista catalán y luego el vasco –parodia del catalán- se pueden encuadrar casi punto por punto en esta tipología: exaltación de la raza, es decir, de la cultura, con sus valores propios enfrentados a cualquier universalismo humano; rechazo del individualismo y nostalgia de una Edad Media en la que reinaba la fe, la jerarquía y la unanimidad comunitaria; confianza en el sentido de la Historia; intento de restaurar una urdimbre social significativa, de raíz organicista; pánico al enemigo interior, a ese “otro yo” interior, tan propio del nacionalismo (los españoles, en el caso de los nacionalistas catalanes y vasco); prevalencia del “inconsciente colectivo” sobre la racionalidad… En resumen, todo lo que hace del nacionalismo una de las grandes religiones políticas que devastaron el siglo XX.

Como hasta hace poco tiempo no se había vuelto a hablar de nacionalismo español, parecía que el nacionalismo, en nuestro país, estaba limitado a los movimientos periféricos catalán y vasco. La fuerza de estos se explicaba por la debilidad de este. Ahora bien, resulta difícil entender lo que ocurre en nuestro país entre 1890 y 1930 sin tener en cuenta los conceptos, las propuestas estéticas, vitales y políticas propias del nacionalismo. Y es que, como en muchos de los demás países europeos (y algunos no europeos), también la sociedad española padeció el nacionalismo, aunque con una denominación específica. Se trata del regeneracionismo. Efectivamente, el regeneracionismo es el nacionalismo español, y cuando hablamos de “regeneracionismo” estamos hablando de nacionalismo, y no de cualquier “nacionalismo”, sino del “nacionalismo” surgido como respuesta y síntoma de la crisis de fin de siglo, lo que aquí se ha llamado el 98.

En lo político, en primer lugar. El regeneracionismo desconfía del liberalismo, al considera, en el mejor de los casos, una fórmula para establecer la superioridad de una clase social. También desconfía del parlamentarismo, que ya no representa a los intereses de la nación, y sólo resulta útil para dar voz a los de una oligarquía. (El parlamento y la oratoria parlamentaria quedan descreditados como una representación teatral más.) El régimen constitucional no es capaz, por otra parte, de acabar con las realidades que se oponen al despliegue de la nación: aquí, como en Francia, se conocen con el apelativo de caciquismo, ese grumo inexplicable, imposible de disolver, que a veces parece un resto del pasado feudal y otras el producto de la situación económica propiciada por el avance del capitalismo. Los regeneracionistas –es decir, los nacionalistas- se empeñan en dar voz a la “España real” frente la “España oficial” que no la representa y la falsifica, esencialmente corrupta como está. Y como no logran articular un movimiento político, los regeneracionistas se refugian en el lamento sobre la falta de movilización de las clases neutras, o del pueblo español, enfermo, incapaz de levantarse y acabar con los malandrines que lo tienen sojuzgado. Como es lógico, los regeneracionistas, en la línea del populismo nacionalista, propugnan un régimen personal, el de un caudillo que acabe con la ficción constitucional y sepa dar voz al pueblo, que él entiende y que lo entiende a él en una comunión intuitiva, sentimental, de orden místico.

También los escritores y los artistas se esforzarán, en su campo, por imbuirse, transmutarse y dar voz al alma auténtica del pueblo traicionado. Renegarán del estilo decimonónico, liberal, que de pronto parece impostado, tan ampuloso y postizo como la oratoria parlamentaria. Y se esfuerzan por convertirse en la expresión más pura de ese pueblo que encarna, sin saberlo, una forma de verdad eterna. “Pueblo”, en esta perspectiva, son también los pájaros, los árboles y las montañas: en buena doctrina nacionalista, lo más frívolo y estúpido de los seres humanos es su racionalidad. Gran parte de la literatura, la música, la pintura y las obsesiones artísticas de las elites españolas de la primera mitad de siglo XX explorarán este terreno. Aquí no hay distinción de derechas ni de izquierdas. La plaga de la invención de lo popular no conoce límites ideológicos, y acaba siendo una de las grandes fuentes de legitimación política.

La fantasía nacionalista de una verdad española atesorada en el pueblo y ajena a la política y al conocimiento racional y positivo se encuentra muy particularmente en la mitología creada por los herederos del krausismo, en particular por Giner de los Ríos. La convertirán en un arma contra el régimen de la Monarquía constitucional (la llamada “Restauración”) y al mismo tiempo en el criterio último que habrá de cumplir la nueva España, pura, limpia de la falsificación, la vulgaridad y el filisteísmo del liberalismo decimonónico. El paisaje español, convertido en la representación más perfecta, la más exigente del alma española. Sus intérpretes, aquellos que saben comprenderla, poseen, como es natural, la llave, política porque estética, de la nueva España. (En todos los nacionalismos el paisaje se convierte en el signo más puro de la nacionalidad perdida o a punto de perderse.)

Como era de esperar, también habrá un nacionalismo filosófico, al que en nuestro país suministró los materiales Ortega. Ortega se esforzó por elaborar un nuevo sistema filosófico que sienta los fundamentos de la ideología nacionalista: irracionalismo, exaltación de la vida, negación de la universalidad, desconfianza radical de la política –equiparada a la inteligencia, es decir a la estupidez-, introversión en la historia. Lo hizo interviniendo en el debate político e ideológico contemporáneo, y con la misma repercusión –la misma gloria, por utilizar la expresión de François Azouvi- que alcanzó Bergson en Francia. Así como Bergson es el Ortega francés, Ortega es nuestro Bergson… con las inseguridades propias de quien no quiere sacar las consecuencias lógicas de su proyecto y hace del nacionalismo una opción exclusivamente crítica con su propio país, a diferencia de Bergson, que no se arredra ante la exaltación nacionalista del suyo.

A diferencia del regeneracionismo catalán, que comparte los mismos motivos con el que el movimiento cundió en el resto de España, el regeneracionismo “español” no consiguió plasmarse en un instrumento político consistente. Regeneracionistas como Costa, patrocinado por Giner y por algunos sacerdotes, lo intentaron, sin éxito. Tampoco lo tuvieron los intentos de reforma patrocinados por Maura o Canalejas (que no son regeneracionistas propiamente dichos, sino liberales reformistas, democratizadores). La crisis del régimen abocó sin embargo al triunfo del regeneracionismo con el golpe de Estado de Primo de Rivera y la instauración de un experimento anticonstitucional, antiliberal… antipolítico, apoyado por las elites intelectuales, y también políticas, reconvertidas al antiliberalismo.

El fracaso de la dictadura regeneracionista de Primo de Rivera abrió la puerta a la Segunda República. Bajo la inspiración del nacionalismo republicano de Manuel Azaña (sumado al estético de la Institución Libre de Enseñanza, no menos radical que el primero), se intentó poner en marcha una España nueva, en ruptura con la tradición liberal y que definiera lo español según los criterios de sus promotores. Aunaba modernidad y tradición. Por una parte, iba a crear por fin una España sin el filisteísmo y la vulgaridad de la anterior. Y al mismo tiempo, esta España nueva sería la del pueblo auténtico que hiciera por fin la revolución que los liberales decimonónicos no se atrevieron a realizar. (Entre los aspectos más relevantes del experimento está el hecho que Manuel Azaña, su promotor, no creyera nada de lo que estaba diciendo: el nacionalista sectario intentó rescatar al nihilista, sin conseguirlo.)

El fracaso de este segundo experimento, de orden nacionalista, llevó a la dictadura de Franco, en la que compitieron y se aliaron tres nacionalismos: el de Falange, fascista y estatista, con ambición totalitaria; el contrarrevolucionario de Renovación Española, conservador, monárquico y católico, y el nacionalcatolicismo, con su propuesta utópica de una España identificada con el catolicismo. El primero tuvo una relevancia relativa salvo en el aspecto crucial de lo estético y lo simbólico (en competencia directa con los institucionistas). Los otros dos, más próximos a la mentalidad conservadora y tradicional del dictador, lograron la hegemonía hasta que el éxito económico de la dictadura, con la modernización de la sociedad española, creó una situación irreconciliable con aquella empresa utópica de nacionalización católica y contrarrevolucionaria.

El final de la dictadura y el éxito del proceso de transición a una democracia liberal podían haber traído aparejado, en este campo, el mismo ajuste a los parámetros europeos que ocurrieron, en general, en el resto de la vida social y política de los españoles. Sobre todo si se tiene en cuenta que la Transición política puede ser entendida como la forma política de una evolución cultural y social que había tenido lugar, en España como en el resto de Europa, en las décadas previas: es el proceso de reconciliación y de perdón sobre el que se fundaron las naciones democráticas y las instituciones de la futura Unión Europea, pensadas para superar de una vez por todas el nacionalismo. Se podía esperar, por tanto, que en nuestro país se recuperara la nación española como concepto político básico, al tiempo que –simbólicamente- se retomaba el proceso de democratización del liberalismo allí donde este había quedado interrumpido, en 1923, cuando el golpe de Estado regeneracionista.

No ocurrió así. A pesar de la importancia de instituciones como la Monarquía, que encarnan la articulación de la nación tradicional con la política, el concepto mismo de España, sus símbolos, la vigencia de su historia, quedaron apartados de la esfera política. No se realizó el esfuerzo de articular la política con la nación, de tal modo que se inició un nuevo experimento, el de la construcción de una democracia liberal sin nación que la sustente. Conocemos los efectos de esta situación: censura de los símbolos nacionales, incapacidad para articular una respuesta cívica al nacionalismo e incluso al terrorismo nacionalista, dificultad para elaborar una historia nacional, discontinuidades en la valoración de las manifestaciones culturales españoles, denigración del hecho nacional español, complejos de inferioridad frente a “Europa”, los “países normales”, los de “nuestro entorno”…

Estos hechos se suelen relacionar con el nacionalismo de la dictadura de Franco. Al politizar los símbolos y la idea de la nación (desde los signos hasta las instituciones, el concepto de nación, la misma palabra “España”) la dictadura los habría inutilizado para su uso en un régimen de signo político opuesto. La explicación es convincente hasta cierto punto. Puede ayudar a entender la situación durante un algún tiempo. En cambio, deja sin explicar por qué las elites políticas e intelectuales españoles han hecho desde entonces un esfuerzo tan considerable, tan agotador podría decirse, por evacuar y esterilizar lo nacional de la vida política e, incluso, de la vida cultural y sentimental. Así hasta llegar a la situación actual, en la que la nacionalidad española ha vuelto a ganar parte del terreno, en buena medida por su aplastante presencia -natural, podría decirse-, sin que eso haya llevado a las elites a asumir el papel que les corresponde en la consolidación de la idea nacional. El único intento consistente de cambiar esta situación tuvo lugar bajo el gobierno de José María Aznar, con su ofensiva frente al terrorismo nacionalista y su recuperación del liberalismo constitucional español. Suscitó una respuesta virulenta, en la que se puede encuadrar la nueva historiografía acerca de la debilidad del “nacionalismo” español en el que se encuadra la propuesta política de aquellos años. En la lógica misma del movimiento está haberse propuesto demoler aquello que dice echar de menos. Es la herencia envenenada de un nacionalismo que no se expresa como tal.

Efectivamente, el núcleo ideológico y cultural de esta posición está en continuidad con la posición regeneracionista de los primeros treinta años del siglo XX. Y es que los elementos ideológicos y culturales que nutrieron la oposición a la dictadura de Franco sólo en parte estuvieron guiados por la recuperación y la reelaboración del liberalismo y del constitucionalismo liberal. Lo que acabó siendo el fundamento de la oposición a la dictadura fue, en cambio, el argumentario regeneracionista, es decir el propio del nacionalismo español. La base ideológica y cultural de la democracia española retomó así los motivos que forman el núcleo del nacionalismo español que en la crisis de fin de siglo elaboró una crítica sistemática del régimen constitucional. En vez de hacer la crítica de la dictadura de Franco desde el constitucionalismo liberal, es decir desde la herencia de la Ilustración y de la modernidad articuladas con la nación histórica en una forma de patriotismo que fuera más allá del puramente constitucional, prevaleció la crítica de la dictadura desde los presupuestos antinacionales que habían sustentado el regeneracionismo, o el nacionalismo español.

Más en particular, la crítica retomó como motivo central el proceso a la nación realizada en la crisis del 98. La nación queda equiparada a una construcción artificial, en este caso heredera de un supuesto designio imperial-católico cuya único objetivo era sojuzgar y reprimir las energías populares y las de los heterodoxos españoles. (Para los nacionalistas de derechas la artificialidad de la nación es idéntica, aunque se construye con elementos ideológicamente opuestos.) España volvía a ser un fracaso, cuando no una enfermedad, de la que muy poco de positivo podía sacarse. Así es como la democracia española buscó su fundamento, su mito fundador, en un discurso nacionalista… vuelto del revés, en el que lo que queda excluido es lo español, aquello que se ha definido como tal a lo largo de la historia. A cambio, se intensifica el valor español de aquello que lo nacional habría excluido: el inconsciente español reprimido, tal como lo exploró (o lo inventó) Américo Castro en un gesto postmoderno que bebía de la exaltación de la irracionalidad propia del pensamiento nacionalista, de Bergson a Ortega.

Así es como Ortega, que se pasó la vida tratando de reconstruir aquello mismo que rechazó desde la ruptura con su primer pensamiento ilustrado pasa a convertirse en la base ideológica -sumamente problemática por otra parte- de un nacionalismo cuyo primer objetivo es, como siempre, porque ese es el objetivo del nacionalismo, la negación de la nación. De los referentes estéticos e ideológicos del nacionalismo primero (por ejemplo, Maurice Barrès, de enorme influencia en Ortega y Azaña), se salta directamente, como si fuera el último grito, a un nacionalismo postmoderno que se esfuerza por excluir lo español porque lo español pertenece al mundo de la racionalidad liberal, puesta ahora en línea con la España nacional católica de la dictadura…

Entre las muchas situaciones sorprendentes de las que algún día se empezará a hacer el recuento y a las que ha dado lugar este nacionalismo excluyente de lo español está la recuperación falangista del noventayochismo –es decir, de la crítica demoledora a la Monarquía constitucional- vía el estudio de Pedro Laín Entralgo, como fundamento de la historia oficial de la democracia española. Otra es la afirmación de que la modernidad llegó a España de la mano de Giner y de la Institución Libre de Enseñanza, lo que hace de toda la España anterior una instancia premoderna, y de quienes polemizaron con ella representantes de la antimodernidad. También en este contexto puede ser entendida la facilidad con la que el internacionalismo socialista, que en los años de Rodríguez Zapatero se declaró postnacional, se alía con el nacionalismo catalán: en este punto, España es el signo en el que se reconocen, para excluirlo, los nacionalismos que sobrevivieron intactos, ajenos al transcurrir del tiempo, a la dictadura de Franco.

La vigencia de este peculiar nacionalismo antinacional –algo propio del nacionalismo- explica también que, llegado el momento de la crisis, las elites españolas recurran naturalmente a la regeneración y al regeneracionismo como motivo explicativo y como programa. Así se ha podido comprobar en estos últimos años, cuando en vez de centrarse en la defensa de las instituciones y en el debate y la propuesta de reformas graduales, el debate crítico opta por el maximalismo típicamente nacionalista (o regeneracionista) en el que queda puesto en cuestión el sistema entero. Si se resumen los motivos de la crítica de estos últimos años, se comprobará que responden punto por punto a aquellos elaborados por el regeneracionismo en contra del liberalismo y la nación constitucional, y que son los propios de todos los nacionalismos occidentales de hace un siglo: falta de representatividad, intereses oligárquicos, corrupción generalizada, antipolítica, dudas sobre la legitimidad de la Monarquía, puesta en cuestión del bipartidismo. Las elites españolas se atascan en la repetición compulsiva de una fantasía pretérita, de raíz y naturaleza nacionalista. Parece que la empresa de demoliciones se hubiera puesto en marcha otra vez en nuestro país. Bien es verdad que tampoco en esto somos tan originales como parece. En muchas democracias liberales soplan los mismos vientos de nacional populismo.

 

[1] Andrés de Blas Guerrero, Tradición republicana y nacionalismo español (1876-1930). Madrid, Tecnos, 1991, pág. 13.