Historia de la nación y del nacionalismo español

Historia de la nación y del nacionalismo español, A. Morales Moya, J. P. Fusi Aizpurúa, A. de Blas Guerrero (Dirs.), Madrid, Galaxia Gutenberg, 2013.

Desde hace bastantes años, algunos historiadores vienen insistiendo en el escaso tratamiento que ha recibido un asunto como el nacionalismo español. Uno de los primeros en iniciar los trabajos sobre el tema fue Andrés de Blas, que preconizó y practicó una cierta prudencia al abordarlo. El panorama ha ido cambiando en los últimos tiempos y se han multiplicado los estudios, las tesis, los simposios especializados y, sobre todo, los libros recopilatorios.

 

Aparece ahora uno nuevo, Historia de la nación y del nacionalismo español, dirigida por tres especialistas de gran prestigio, Antonio Morales Moya, Juan Pablo Fusi y el propio Andrés de Blas. El volumen es de una considerable entidad (más de 1.500 páginas), con un aparato importante de notas y bibliografía. Cubre toda la historia de lo que conocemos como España, desde los mitos originarios hasta la actualidad. Comprende estudios de numerosos especialistas en múltiples campos, desde el pensamiento político hasta la geografía, el arte y la sociología. Se organiza en textos sintéticos y combina la cronología con la unidad temática. Aunque no se lee con la facilidad con que se leyeron otros como el de la Real Academia de la Historia dedicado a Reflexiones sobre el ser de España (1997) el volumen tiene la ambición de convertirse en una suma, una obra de referencia sobre el asunto.

Lo conseguirá porque bastantes de los trabajos ofrecen un excelente resumen del estado de la cuestión en su campo. Dada la envergadura de la recopilación, resulta injusto destacar sólo unos cuantos, pero destacan los trabajos de los propios recopiladores, de Pedro Carlos González Cuevas o de Carlos Dardé.

A nadie le extrañará que un libro tan complejo plantee algunos problemas de fondo. Uno de ellos va referido al término “nacionalismo”, al que se hace referencia en el título. Efectivamente, los autores se han abstenido de cualquier intento de definición del término. Esto, sin duda, habrá hecho posible la “polifonía armónica” a la que, con cierta cursilería institucionista –siempre temible- hace referencia la introducción. También produce cierta sorpresa. “Nacionalismo”, en este volumen, parece ser cualquier expresión positiva con respecto al propio país. Como el volumen empieza, aunque sin detenerse demasiado, con los mitos acerca de los orígenes de España, no se sabe bien si quienes imaginaron a Argantonio o a nuestro paisano el sobrino de Hércules –Hispán o Espán-, y no digamos a los escritores enamorados de su país que empezaron a cultivar el laus Hispaniae, eran ya nacionalistas.

Tampoco queda claro lo que distingue el nacionalismo del patriotismo. Se diría que el nacionalismo es una forma particularmente intensa de inflamación patriótica. De mayor calado aún es la confusión que se produce entre los movimientos de exaltación o emancipación nacional, propios del siglo XIX (en sus vertientes liberales o conservadoras) y los nacionalismos nacidos al calor de la gran crisis de los últimos años del siglo XIX. Estos, en particular en nuestro país, pusieron en cuestión la existencia de la nación española para crear otras, imaginadas e ideales: la catalana, la vasca, pero también la que acabó dando pie al nacionalcatolicismo, con Francisco Franco.

En este sentido, el volumen establece una continuidad más que discutible, debatida ya por numerosos teóricos e historiadores, entre ellos el propio Ernst Gellner, Guido de Ruggiero o Pierre-André Taguieff. Resulta sumamente forzado, por ejemplo, dar a entender que el historiador Modesto Lafuente o Galdós son los antecedentes de Onésimo Redondo. (Lo mismo ocurre en términos catalanes: no parece fácil decir que Aribau o incluso Almirall abran el camino a Pompeu Gener o a Rovira i Virgili.) El propio Antonio Morales se da cuenta del problema, como revela el cuidado con el que trata a Menéndez Pelayo, conservador y patriota, pero ajeno al universo del nacionalismo. De hecho, Antonio Morales parece querer buscar en Menéndez Pelayo una última agarradera antes de dejarse anegar en el dulce piélago del constructivismo sin fronteras al que sirve de introductor.

Otro problema, relacionado con el anterior pero con entidad propia, nace de haber querido realizar una síntesis entre la historia del nacionalismo español y la de la nación española. Buena parte de los estudios de los últimos años sobre nacionalismo español se basan en la idea de una supuesta fragilidad de la nación española, atribuida a la escasa entidad del nacionalismo español, que no habría sabido crear una entidad nacional sólida. Lo mismo ocurre aquí, donde abundan la afirmaciones según las cuales “la nación es, en su esencia, poco más que la fe en un relato, un mito de origen asumido o una colectividad” (p. 479). Los dogmas postmodernos se entonan hoy en día con el mismo fervor que hace unos años se entonaban los marxistas y, poco antes, los del padre Ripalda (menos sórdidos, todo hay que decirlo).

Sin embargo, es una afirmación discutible, y el propio Andrés de Blas la rebatió en algunos de sus trabajos. El concepto de nación es muy distinto, en su raíz, en su significado y en sus consecuencias, del concepto de nacionalismo. La nación existe antes del nacionalismo, incluida la nación moderna, liberal –la nación de los ciudadanos- que es anterior, por lo menos en un siglo, al nacionalismo, un movimiento que en su sentido actual data de muy finales del siglo XIX y presenta características propias. Cabe preguntarse incluso, como se ha hecho en repetidas ocasiones, si uno de los objetivos del nacionalismo no es, precisamente, acabar con la nación –la liberal o la tradicional-, en su afán de construir otra que anule la persona, el individuo y la razón política, también el liberalismo y la democracia liberal.

Nada de todo esto parece haberse planteado a lo largo de las 1.500 páginas del libro. Se deduce así que fuera del nacionalismo español no hay nación española, algo manifiestamente poco creíble. Es una confusión peligrosa. Puede tener en su raíz un error intelectual o algo más complicado, como es la dificultad para adoptar una posición natural de afecto y lealtad ante la propia nación. Otorga a la nación española la misma entidad que a otras nacionalidades españolas y presenta una excelente justificación histórica e ideológica a los muchos que en nuestro país sienten poco apego –por decirlo suavemente- hacia su propia nación. Es posible por tanto que el volumen no contribuya a fundamentar la idea y la vigencia de la nación española. Más bien al revés, porque sobre la confusión que así se siembra, se contribuye a debilitar la base misma de la convivencia entre compatriotas.

En una obra de la ambición de esta Historia de la nación y el nacionalismo español, habría sido de esperar, finalmente, al menos dos capítulos dedicados a la visión de España que elaboraron los españoles musulmanes y judíos. Por mucho que fueran expulsados de su país, estos compatriotas nuestros y su visión de una nación que compartimos merecían un mínimo recuerdo. Aún más sorprende esta ausencia cuando se dedica un espacio muy generoso a la visión de España a cargo de los extranjeros, hispanistas y aficionados a nuestra nación. Ninguna historia de España, ni la más tradicional, había llegado tan lejos en la exclusión.

En resumen, esta Historia de la nación y del nacionalismo español cumplirá su función de recopilación y consulta si es utilizada con la debida cautela, y si se soslayan –algo difícil- los múltiples equívocos en los que se sostiene. Más que formular una conclusión, refleja la fragilidad del paradigma y del supuesto consenso que dice querer fundamentar.

La Ilustración Liberal, nº 58. Invierno 2014