¡Suscríbete y recibirás nuestra Newsletter: 'Los viernes de Marco'!
 

Azaña en Cataluña

Azaña y Cataluña, Josep Contreras. Barcelona, Edhasa, 2008, 408 págs.

 

El joven historiador Josep Contreras subtitula su primer libro, dedicado a Azaña y Cataluña, Historia de un desencuentro. Más valía llamarlo historia de una catástrofe o de una tragedia. El “desencuentro” tuvo consecuencias que no son para menos. Y además, Contreras no se las ahorra al lector.

 

El estudio de Contreras relata cronológicamente, como una biografía, el papel que el problema catalán –es decir el nacionalismo- tuvo en la acción política de Azaña. Como el autor dice en la Introducción que este es un asunto poco explorado, el lector tiene a esperar algo más: más documentación, más argumentos, más reflexiones acerca de lo que la figura de Azaña significó en Cataluña entre 1930 y 1940.

Ahora bien, aunque aporta algunos detalles originales acerca de perspectiva catalana, el libro se centra sobre todo en Azaña. Más que la perspectiva catalana, el autor explora la perspectiva azañista. Obviamente, Contreras ha sucumbido a la fascinación que la figura sigue produciendo incluso hoy en día.

Nos encontramos por tanto ante un nuevo relato biográfico de Azaña. Sólo en la página 123 se entra en el asunto de Cataluña. Algo lógico, porque no fue hasta 1930 cuando Azaña empezó a interesarse por el nacionalismo catalán. Lo hizo para forjar una alianza que él juzgaba estratégica para la gobernación en republicano del nuevo régimen. Sólo así, haciendo gala de un izquierdismo que requería la colaboración con los nacionalistas, la Segunda República conseguiría fundar una España nueva, ajena al arcaísmo y la vulgaridad de la antigua.

Hasta entonces, cuando tenía cincuenta años, Azaña no demostró el más mínimo interés por el nacionalismo catalán. Las lecturas sobre el nacionalismo francés hechas en los años diez le podían haber llevado a reflexionar sobre el asunto. No hubo nada. Azaña se permite en cambio una reflexión chistosa, que descubre frivolidad y soberbia, es decir voluntad de engañarse sobre el asunto. “El nacionalismo –apuntó en 1918 durante un viaje por el Norte de España- (es) fruto del aburrimiento provincial.” En 1924, tras apoyar un Manifiesto de los escritores castellanos en defensa de la lengua catalana difundido por iniciativa de Pedro Sainz Rodríguez, escribe alguna reflexión más que no sale del tópico más trillado.

La revelación le llegó en 1930, cuando adopta un tono melifluo, casi servil ante Cataluña. Tardaría pocos años en darse cuenta del coste que la “alianza estratégica” con los nacionalistas catalanes tendría para su España nueva, el proyecto republicano y él mismo. Era demasiado tarde. A esas alturas se había convertido en el rehén de la pesadilla que él mismo había contribuido decisivamente a hacer realidad. Y ya no podría hacer más que dejar testimonio de su repudio y su asco. Entonces, cuando su estancia en Monserrat le llevó a conocer de cerca la deslealtad hacia la República del gobierno de la Generalidad, escribiría eso de que “Lo mejor de los políticos catalanes es no tratarlos” o “Una persona de mi conocimiento asegura que es una ley de la historia de España la necesidad de bombardear Barcelona cada cincuenta años”.

Azaña cerraba el círculo y volvía a la boutade. A falta de una política, le quedaba el recurso al sarcasmo para intentar salvar su posición. Otras veces, como cuando escribe que se había hecho un tabú de Cataluña, la finura del análisis le permite esquivar la crítica, como si siempre hubiera pensado lo mismo.

¿De verdad creyó alguna vez en esa España nueva y plural? ¿De verdad llegó a figurarse que él podría domar el nacionalismo y convertirlo en aliado fiel de su proyecto? Probablemente sí. Azaña, que llegó a ser el “amigo de Cataluña” cuando logró la aprobación del Estatuto, careció de una estrategia ante los nacionalistas y no tuvo ni siquiera curiosidad bastante para enterarse del auténtico alcance del nacionalismo catalán. Pensó que la naturaleza revolucionaria de su proyecto le proporcionaba una cierta invulnerabilidad ante lo que él creyó que eran pequeñas miserias del nacionalismo. Nada justificaba esa apreciación, como no fuera el carácter de Azaña. De ahí, de ese suicidio tan exquisitamente relatado, de esa atracción irremediable hacia lo que él mismo llamó casi al final “el fondo de la nada”, se deriva seguramente la fascinación que el personaje ha ejercido y sigue ejerciendo.

Azaña y Cataluña es el recuento minucioso de este autoengaño con consecuencias trágicas. Como setenta años después estamos asistiendo a una operación similar, el libro tiene más actualidad de la que parece en un primer momento.

La tiene también en otro aspecto. Josep Contreras se mueve dentro los límites de lo políticamente correcto. Opone Cataluña a España en más de una ocasión. Pasa de puntillas sobre algunos asuntos, como la presencia de Azaña en Barcelona durante la sublevación de la Generalidad. Utiliza un español algo exótico, no se sabe si por desconocimiento o para evitar los juicios demasiado drásticos. ¿Qué querrá decir, por ejemplo, eso de que “Azaña, como jefe del Gobierno republicano, acometió una entrega simbólica del Estatuto catalán a manos de Macià?” (pp. 194-185)

A pesar de todo, Contreras no puede dejar de contar la realidad de los hechos. En esto reside aquí la novedad sustancial de este libro. La realidad se va imponiendo sobre los prejuicios ideológicos y las generaciones nuevas de historiadores no pueden ya limitarse a seguir repitiendo el paradigma progresista sobre la historia española.

“Con el desencadenamiento de la Guerra Civil”, escribe Contreras, “don Manuel descubrió que era imprescindible buscar el consenso y el pacto con las derechas. Su drama personal y político residió, en fin, en haber constatado esta convicción de manera muy tardía, cuando ya no era posible una vuelta atrás.” (p. 273) Así fue, efectivamente, y así sigue siendo. La lección vale para cualquier tiempo.

Libertad Digital, 11-07-08

1Me gusta
JOSÉ MARÍA MARCO

felis mattis quis Sed in ut adipiscing pulvinar sit