Albert Boadella / José María Marco: Debate sobre la sociedad catalana

Más que la independencia de Cataluña, lo que está en juego en las elecciones de hoy es la pervivencia de la sociedad catalana como la hemos conocido hasta aquí. Así culmina un largo e imposible proceso de nacionalización que ha dificultado más y más la convivencia tolerante y plural propia de una sociedad moderna. De esta ruptura, que va a condenar a Cataluña al enfrentamiento, al atraso y al aislamiento hablo con Albert Boadella.

 

José María Marco -El nacionalismo catalán no conseguirá romper España, pero está en vías de romper Cataluña. Se vio bien en la escena del balcón del Ayuntamiento de Barcelona, con la complacencia de las autoridades.

Albert Boadella – El daño ya está consumado al margen de lo que pueda suceder en el futuro. La pertenencia afectiva y administrativa a España ha sido desmantelada desde el gobierno autonómico y el núcleo esencial de la convivencia ciudadana ha quedado destruido por la división. Les ha sido muy sencillo desintegrar esa trama ante un Estado encogido por lo que la devastación parece irreversible. Lo del balcón es una muestra más de la desvergüenza y la impunidad de unos dirigentes regionales que han venido exhibiendo públicamente su desprecio a la ley jaleado por buena parte de la ciudadanía.

 

JMM – Yo creo que el nacionalismo es un movimiento destructivo. Quiere construir una nación ideal, y por eso mismo tiene que destruir lo existente, en nuestro caso la nación española y Cataluña, la Cataluña histórica y política que conocemos. Como no vamos a poder con España, podremos acabar con Cataluña.

 

AB – Los términos España y Cataluña diferenciados denotan la aceptación de dos entes distintos, lo cual no es cierto ni administrativamente, ni históricamente, ni sentimentalmente. La destrucción de una idea colectiva de España tampoco es nueva. Ya se produce anteriormente en las guerras carlistas, y en el siglo XX su variante es una izquierda que favorece esta estrategia desintegradora. No podemos olvidar que el separatismo figura también como una de las causas de la Guerra Civil. Más tarde el nacionalismo vasco y sus sangrientas consecuencias hacen peligrar de nuevo la naciente democracia española. En este sentido, lo sucedido en Cataluña es de la misma naturaleza bajo una táctica militar distinta. La expansión populista con apariencias folclórico-pacifistas y de nuevo la paradoja de una izquierda favoreciendo la insolidaridad y la disgregación.

 

JMM – La Cataluña de los nacionalistas es, como siempre ocurre con los nacionalismos, una comunidad homogénea, unánime, unida por la exclusión de los que no son como “nosotros”. De hecho, es un proyecto aún más imposible que el de romper España.

AB – La Cataluña actual cumple hoy todos los tópicos del nacionalismo más reaccionario. Encuadramiento de las masas. Desenfrenada exhibición de símbolos. Falseamiento de la historia. Invención de diferencias. Engañosa incitación a la tierra prometida. Paranoia hacia el supuesto opresor. Marginación de los desafectos al régimen. En definitiva, una ficción de apariencias populares y étnicas para encubrir la auténtica xenofobia inherente en esta clase de aventuras.

 

JMM – En las encuestas se observan cosas curiosas, o confusas. Hay votantes nacionalistas (a estas alturas independentistas) que no quieren irse de España. Los catalanes nacionalizados quieren seguir siendo españoles… Esto qué es, ¿hipocresía?, ¿puro afán destructivo?, ¿una forma de suicidio haciendo el mayor daño posible?

AB – Hay de todo un poco pero esencialmente debemos tener en cuenta que el ciudadano actual es fruto de la sociedad del bienestar y tiene mucho que perder. No estamos en los años treinta y ahora todos quieren protección y seguridad por parte de los gobiernos. Nadie está dispuesto a heroicidades ni sacrificios por mucho que puedan pregonarlas en público. Los separatistas saben que disponen de sus masas en la calle en plan de fiesta y están embriagados por el éxito pero tienen serias dudas sobre lo que harían estas masas en caso de plantearse el mínimo riesgo físico o económico. Afirmar que declararan la independencia incluso a pesar de no tener mayoría en el número de votos es la prueba definitiva de su inmensa inseguridad. No pueden retroceder porque el incendio que han montado les pisa los talones. Solo pueden avanzar aunque signifique el abismo.

 

JMM – En el nacionalismo catalán hay una convicción de que los “catalanes” son superiores a los “españoles”. De hecho, iban a regenerarnos –nos gustara o no: implícitamente, los españoles éramos, o somos, unos degenerados. Era una de sus razones de ser. La superioridad se convertía con facilidad en desprecio. ¿Se ejerce ese mismo desprecio hacia los catalanes no nacionalistas? Ahora que hablan de España como de algo exterior (los nacionalistas ya no hablan de “Estado español”), ¿son los catalanes no nacionalistas el peor de los enemigos, el enemigo interior? ¿O eso ha pasado siempre?

AB – Todo parte de un engaño tan simple como el reconocimiento oficial de las “singularidades” territoriales. Los catalanes han tenido la indiscutible habilidad de acomplejar al resto de los españoles sobre la existencia actual de unos hechos diferenciales. Han encontrado muchos aliados en España incluso en los propios gobiernos nacionales. Esta inmensa falacia ha sido asumida por una gran mayoría aunque nadie se atreve a concretar cuales son hoy las diferencias entre un ciudadano de Barcelona, Zaragoza, Madrid o París. La seguridad de los catalanes sobre sus propias diferencias viene del reconocimiento que el resto de los españoles les han otorgado. Entrar en este juego es aceptar darle rentabilidad a la desigualdad territorial dentro de un mismo Estado. Cuando alguien que no vive en Cataluña y me viene con semejantes argumentos le digo: Enumérame esas diferencias entre tú y yo. Siempre se queda mudo.  

 

JMM – Yo he hablado del nacionalismo catalán como de un populismo sin pueblo. Al nacionalismo catalán le cuesta mucho, efectivamente, disimular que no hay un “pueblo catalán”, como no hay un “pueblo castellano”, ni un “pueblo cántabro”, ni siquiera un “pueblo andaluz”. Intentan ponerlo en escena, pero sale otra cosa, más de clase o de cultura (en particular con la clave identitaria del idioma). Eso, claro está, somete a la sociedad catalana a una tensión brutal.

AB – No se puede aceptar hoy la existencia de una cultura propiamente catalana, de la misma manera que la lengua es demasiado parecida al español como para construir ningún rasgo identitario a partir de ella. La nuestra es una cultura mestiza con el conjunto de España incluido Portugal y sería muy complicado desgajar la mezcla. Desde finales del siglo XIX Cataluña ha intentado escapar de esta realidad debido a una pujanza económica que facilitaba entonces el concepto de diferencia ante otros territorios españoles menos desarrollados. Cuando el contexto nacional se ha equilibrado en este sentido ha sido necesario aumentar la dosis de ficción sentimental para mantener el mito. Obviamente, la paranoia antiespañola es la huida patológica frente una realidad que contradice sus delirios diferenciales sobre una España atrasada y reaccionaria.

 

JMM – Cataluña fue en su momento uno de los símbolos de la modernización, del progreso, de la “europeización” de España. Se ha convertido en algo arrogante, antipático, insolidario, aburrido en el mejor de los casos. También se ha convertido, sobre todo después del fiasco griego, en la punta de lanza de la revolución (una revolución bolivariana, ultraizquierdista e identitaria). Es peligroso, pero también es algo delirante, el espacio de todos los folklores. ¿Cómo se llega de esa idea de la modernidad o de la nación nacionalista catalana, al fin y al cabo católica y heredera del carlismo, al parque temático alternativo –Pla hablaba de la bullanga-?

AB – Sobre lo que hubiera podido ser la Cataluña supuestamente “cosmopolita” con otras circunstancias o dirigentes es una incógnita. Lo único claro es que la Cataluña moderna tiene un nombre clave: Jordi Pujol. Un solo hombre sigue aun siendo algo definitivo en las inclinaciones de una sociedad. Es él quien organiza la trama antiespañola a través de una educación traspasada frívolamente por el gobierno central y unos medios de comunicación subvencionados al servicio de su planificación contra el Estado. Para alcanzar tales objetivos pone en su aparato muchos miembros de la izquierda, especialmente comunistas, los cuales trabajan con la finalidad de conseguir una identificación entre el país y Pujol. Utilizando esta vinculación caudillista provoca un quebranto moral con el caso Banca Catalana. El ejemplo es letal. A partir de aquí Cataluña se convierte en un territorio donde ponerse al servicio del objetivo nacionalista es patente de corso para la vulneración de la ley. En esta dirección el futuro ya está escrito. Será irreversiblemente la “bullanga” planiana pero muy rentable, aunque solo para unos cuantos.

 

JMM – Yo veo el futuro muy difícil. Como una degradación sin fondo, de la sociedad catalana y de la nación española, metida en un eterno proceso de “deconstrucción” (no de construcción) nacional. Ayudaría un pacto entre los partidos nacionales, pero no parece que esté a la vista.

AB – También lo veo difícil. Sin embargo, hay una última esperanza. Los catalanes, desde hace dos generaciones no tienen conciencia de pertenecer al Estado español. Han vivido bajo un gobierno intermediario nacionalista cuyo objetivo ha sido desfigurar la moral y la potencia de este Estado. Si los ciudadanos catalanes identifican la fuerza y la protección de España directamente como soporte del cumplimiento de la ley, es posible que esta seguridad jurídica y moral aplaque a los fabricantes de ficciones, conforte a los escépticos de la tierra prometida y castigue los responsables de la criminal división de lo que fue una sociedad sensata, activa y equilibrada. En definitiva, se trata de aplicar la medicina de la ejemplaridad.

La Razón, 27-09-15