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Sócrates en Cisjordania

Carlos Fraenkel. Teaching Plato in Palestine. Philosophy in a Divided World. Princeton University Press, 2015.

 

La Universidad al Quds, en Jerusalén, es el centro académico palestino más prestigioso. Su rector, Sari Nusseibeh, profesor de Filosofía, ha sido representante de la Autoridad Palestina en Jerusalén. También es partidario firme de la convivencia entre dos Estados. Piensa que los palestinos deberían renunciar al supuesto derecho de retorno. Esto le ha valido la animadversión bastantes adversarios. Nusseibeh no se mueve nunca sin guardaespaldas, por mucho que argumente “sólo la filosofía” será determinante en la solución de los problemas del mundo árabe y de Oriente Medio. (Nusseibeh también enseñó en la Universidad Hebrea de Jerusalén y siempre se ha declarado partidario de la colaboración entre las entidades académicas judías y palestinas.)

 

Gracias a él el pensador y profesor canadiense Carlos Fraenkel llegó a Jerusalén para impartir en la Universidad al Quds un seminario a partir de las ideas políticas de Platón. Fraenkel no intentaba exponer el pensamiento del filósofo griego. Quería más bien suscitar un debate, un debate socrático, no siempre concluyente por tanto, a partir de las ideas de Platón. Luego continuaría la reflexión acerca de cómo los filósofos musulmanes y judíos medievales elaboraron, partiendo de Platón, la posibilidad de una religión filosófica, capaz de poner en cuestión los fundamentos de la fe a partir de los presupuestos de la razón.

Esta no ha sido una tarea fácil nunca. En los últimos años se ha vuelto incluso más difícil. La tentación fundamentalista, que lo simplifica y lo esquematiza todo, parece abrir una alternativa a un mundo cada vez más complicado. También invita a una nueva politización del ámbito religioso. A las dificultades inherentes a cualquier intento de compatibilizar la fe y la razón se unen las de la dialéctica, siempre complicada, entre el intelectual y el político, o entre el filósofo y la ciudad. Platón no hizo buen papel con su intento de aconsejar al tirano Dionisio en Siracusa. Carlos Fraenkel no aspira a tanto, pero el posible choque sigue ahí.

Lo que cuenta Carlos Fraenkel en su breve libro son los debates que tuvieron lugar en estas clases, en las que la posibilidad de un vida conforme a la virtud –es decir, autorreflexiva, fuera de cualquier norma impuesta- se convierte en el punto clave de una reflexión política acerca del sentido de una sociedad justa, sobre la que se asentaría la posibilidad de la democracia liberal. El choque con una cierta práctica del islam no es pequeño. Se reproducirá, de otro modo, en Makassar, Indonesia, un país cuya Constitución requiere, como primera condición para la ciudadanía, creer en Dios. Fraenkel recordará una y otra vez a Alfarabi, a Maimónides o a Averroes. En las religiones del Libro, dieron el paso de confrontar la fe y la filosofía. Más tarde, en Nueva York –en Williamsburg, Brooklyn, ni más ni menos-, Fraenkel acudirá a la invitación de un grupo de jóvenes judíos jasidíes (Satmar y Lubavitch) que han dejado de creer y se encuentran, según explican ellos mismos, en una situación no muy lejana a la de los marranos criptojudíos en España o Portugal en el siglo XVI. O a la de Spinoza en Ámsterdam, les recuerda el autor.

Después de otros cursos en Canadá (con un grupo de mohawks) y en un instituto de enseñanza secundaria en la ciudad brasileña de Salvador de Bahía, el libro se cierra con un ensayo breve titulado “Diversidad y debate”. Fraenkel defiende la posibilidad de lo que llama una “cultura del debate”. Se trata de una vía intermedia entre, por un lado, la coerción –que obliga a adoptar una posición sin reflexión crítica- y, por otro, el laicismo y el multiculturalismo, que llevan a despreciar o valorar sin criterio alguno (lo que viene a ser lo mismo) las creencias distintas de las nuestras. Así es cómo Carlos Fraenkel acaba abogando por un “etnocentrismo crítico” que valore lo propio para poder apreciar como es debido lo ajeno. Una buena base para el debate.

El Medio, 16-09-15

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JOSÉ MARÍA MARCO

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