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Dictadura. La parodia de la libertad

En los últimos tiempos, vamos descubriendo que vivimos en una dictadura. Una dictadura de derechas, por si fuera poco, que replica los peores rasgos de eso que se llama, sin que nadie sepa lo que es, el franquismo… Alguna vez se escribirá la historia de la libertad de expresión en la España democrática. Y entonces, probablemente, se establecerán dos fases, bien diferenciadas.

Una primera arranca de los primeros años de la Transición y llega a principios del siglo XXI. Se inicia con una intensa explosión de libertad, atenuada luego a medida que se instalaba como verdad dominante una ortodoxia progresista que atañía sobre todo al relato histórico de nuestro país, a la naturaleza de la nación y a los mitos fundadores del nuevo régimen (en particular la Segunda República y la tradición radical progresista, con fuerte dominio del institucionismo). La consecuencia fue una exclusión de todo lo que se saliera de ese aparente consenso, ya fueran los símbolos nacionales, la crítica del relato progresista o el aprecio de lo español. La censura era ideológica y estética. Por eso nadie se atrevía a desmarcarse del juicio que sobre lo español o lo no español dictaba el progresismo, auténtica ideología oficial de nuestra entonces joven democracia.

Hubo un intento de cambio al final de los años 90. Entonces, con el colapso del comunismo y el retorno del pensamiento liberal, hubo quienes levantaron la voz para reivindicar la nación española y el legado del liberalismo y el conservadurismo español. (La Real Academia de la Historia protagonizó uno de estos episodios.) La reacción fue brutal y los protagonistas cayeron bajo el marchamo letal del “franquismo”, que es a lo que se recurre cuando se quiere sofocar una voz en nuestro país. Pronto replegaron velas quienes habían promocionado aquella apertura, en particular algunos miembros del Partido Popular.

La situación empezó a cambiar con Rodríguez Zapatero. Con la embestida ideológica de la Memoria Histórica, su proyecto postnacional para España y el multiculturalismo como ideología oficial, Rodríguez Zapatero acabó de demoler, quizás sin darse cuenta, lo que quedaba del “consenso” establecido. La reacción que provocó aquella voluntad de imponer una nueva identidad política no fue pequeña. La revolución tecnológica, la crisis económica y el “procés” por el que los nacionalistas han querido imponer la independencia de Cataluña abrieron luego nuevas perspectivas.

Ha surgido así un espíritu nuevo que no acepta ya la antigua imposición. Y se han derrumbado los tabúes sobre la cuestión nacional, los símbolos nacionales y el progresismo como cultura oficial, casi como religión de Estado. Esta revuelta ha sabido mantener espontáneamente el temple y la moderación. Existen voces radicales y una tensión hacia el extremo. Internet, además, es proclive a un debate subido de tono. Aun así, nadie preconiza la restauración de censura alguna.

No ocurre lo mismo con quienes han asumido el legado de Rodríguez Zapatero, transformado en una propuesta populista que combina nacionalismo y comunismo. Aquí hay nostalgia de los buenos tiempos, cuando no hacía falta levantar la voz para que todo el mundo supiera lo que debía decir y pensar.

Y hay, además, la actualización de la herencia sesentayochista. Lleva a una crítica radical, en términos marxistas, de la democracia liberal. En nuestro país, esta crítica, que se quiere demoledora con la Monarquía parlamentaria, comparte con la (ex)nueva izquierda occidental la aversión al liberalismo y a cualquier actitud que se aleje de una ideología entre mágica y delirante, ajena al menor sentido común, que quiere establecer una nueva ortodoxia en la historia, en las costumbres, en la ideología, en las identidades. Cualquier discrepancia, cualquier autonomía en el pensamiento y las actitudes pasan a ser censurables. Como siempre ocurre en nuestro país, caerán bajo el sambenito del “franquismo”.

Así que estos emancipadores profesionales, de los que nos quieren liberar a la fuerza, parecen impacientes por imponer normas inspiradas en la ley de Defensa de la República, que en los años treinta coartó como pocas veces hasta entonces la libertad de expresión de los españoles. Esta vez la buena conciencia brilla por su ausencia. Quienes hablan de dictadura en España porque hay quien no piensa como ellos saben que su proyecto tiene poco que ver con la libertad. Y que eso del “franquismo” es el último recurso, casi desacreditado ya, de los fanáticos.

La Razón, 25-02-18

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JOSÉ MARÍA MARCO

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