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Peculiaridad española

Es muy difícil entender lo que nos está pasando en esta segunda ola del covid-19. Y cuando hablo de nosotros, no hablo sólo de los españoles. En casi todo Occidente la enfermedad, de la que se esperaba que se aplacara hasta por lo menos el mes de octubre, cuando volviera el frío, ha vuelto a golpear con fuerza casi un mes antes. Hay causas comunes, sin duda alguna: costumbres, falta de consenso político, escasa previsión, incapacidad para determinar un objetivo estratégico –ya sea la mitigación o la supresión- y atenerse a él, fallos en los sistemas de sanidad y escepticismo general ante unas autoridades mediocres e inútiles, escepticismo que alcanza en algunos casos cierta autocomplacencia nihilista.

Los españoles, que gustan de machacarse a fuerza de autocrítica, no dejan de preguntarse por qué figuran entre los peores de la clase, con cifras exageradas de contagios y de fallecidos. Además del masoquismo que parece inherente a nuestra cultura desde hace ya más de un siglo, lo propiamente español es la acentuación de algunos rasgos que se encuentran en todas partes. Las costumbres, que sin duda alguna han convertido a España en un paraíso para el turismo, nos han hecho ahora más vulnerables. Cierta indisciplina mansa, de rebaño o borreguil, que no se manifiesta como rebeldía sino como incapacidad para responsabilizarse de la propia conducta (véanse los botellones o los festejos familiares). En un terreno menos cultural está la incapacidad para procesar datos fiables en el tiempo necesario, y una sanidad que era la mejor del mundo antes de marzo y se revelado bastante menos sólida, de menor calidad y con menos recursos de lo necesario.

Probablemente, el punto que más nos distinga sea la profundidad del enfrentamiento político y su complejidad, con dos ejes distintos y superpuestos: entre el Gobierno y la oposición, y entre las Comunidades Autónomas y el Gobierno central. En cuanto a este último, durante la primera ola no funcionaron ni la descentralización ni la recentralización, y ahora hemos visto cómo, cuando una Comunidad aplica medidas eficaces, el Gobierno central interfiere con contra-decisiones de orden partidista, sin una justificación científica clara. En cuanto a la relación entre el Gobierno y la oposición, el covid-19 ha puesto de relieve las consecuencias de una política encaminada a utilizar la gravedad de la situación para acorralar a la oposición, en vez de colaborar con ella y tratar de generar consenso y confianza.

Si queremos ponerle un rostro a esta especificidad española, el propio Gobierno nos lo ha puesto en bandeja. Es el de Fernando Simón, su llamado portavoz científico. Un análisis de The Lancet recomienda la transparencia y la empatía como elementos cruciales para la política de comunicación ante la enfermedad. En cuanto a la primera, Simón representa la falta de profesionalidad, la primacía de lo político y lo partidista, la opacidad. También encarna una idea peculiar de lo que es la empatía: en vez de ponerse en el lugar del que sufre, censurar el sufrimiento e imponer una obligación, la de disfrutar. Es decir, forzarnos a vivir en una ficción. Eso es lo que de verdad nos distingue.

La Razón, 06-10-20

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JOSÉ MARÍA MARCO

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