División

Uno de los objetivos de los terroristas islamistas, por no decir el principal de sus objetivos, es sembrar la desunión en las democracias liberales. Se trata, como bien saben los norteamericanos desde el 11-S y nosotros, los españoles, desde el 11-M, de provocar una desunión que mucho más allá de las discrepancias lógicas que pueda haber sobre los medios de la lucha antiterrorista o, incluso, acerca del alcance de este.               En este sentido, los yihadistas demuestran tener una muy fina percepción de lo que son las democracias liberales. Puede que el islam tenga un problema con la modernidad (yo tengo mis dudas al respecto), pero como apuntó el ensayista John Gray, el islamismo es tan moderno, o más, que cualquier otro movimiento actual.

Haber escogido Barcelona como escenario lo demuestra una vez más. Ciudad turística por excelencia, con víctimas de 35 nacionalidades, el atentado, en pleno mes de agosto, vuelve a sembrar por lo menos la desconfianza hacia la globalización. Y está sacando a la luz las divisiones que resquebrajan el consenso político en nuestro país a mes y medio del 1-O. Los nacionalistas, como era de esperar, se han apresurado a hacer un uso político del atentado. Se estaría demostrando que Cataluña, además de ser una nación, es también un Estado… Ante eso, vale la pena imaginar lo que sería una República catalana independiente, aislada de España y de la Unión Europea, con ERC, las CUP y los comunes al frente, bajo una ofensiva islamista como la que viene sufriendo Francia en los últimos años… Para los islamistas, ni la recuperación de al-Ándalus, si se pudiera conseguir, valdría eso.

También aspiran los yihadistas a enfrentar a los musulmanes –europeos muchos de ellos, y cada vez más- con el resto de las poblaciones de la Unión. En este punto, cualquier consideración irreflexiva sobre la religión o la cultura musulmanas contribuye a los objetivos terroristas. Como lo hacen los llamamientos a la movilización y a la guerra, guerra que ya se hizo y con resultados catastróficos, vale la pena recordarlo. Es cierto que la ola de sentimentalismo buenista no augura nada bueno, porque levanta una expectativa emocional que va a ser utilizada, sin remedio y más temprano que tarde, para fines perversos. De ahí a preconizar las vísceras y el enfrentamiento hay mucho trecho.

La Razón, 21-08-17