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Guerra y movilización

Las metáforas bélicas son peligrosas. Suscitan la idea de que el enfrentamiento al que se refiere la metáfora se puede ganar, y además evocan la necesidad de una movilización específica y general al mismo tiempo.

En cuanto al terrorismo islámico, nos encontramos ante un enfrentamiento en el que la victoria es imposible. Esta guerra, propiamente dicha, no enfrenta a los yihadistas con las democracias liberales (“Occidente”, si se prefiere). Enfrenta a grupos de musulmanes dentro del islam, y los ataques realizados en las democracias liberales son antes que nada movimientos para asegurarse la lealtad de grupos internos, para lograr la movilización de otros, para enfrentar a la opinión de los países democráticos a las comunidades musulmanas y para conseguir que las democracias liberales vuelvan a intervenir en algún país de mayoría musulmana. Los ataques terroristas son de bajo coste para el alcance propagandístico que obtienen, pero son el paliativo de una guerra que, de plantearse, tampoco podrían ganar nunca los islamistas. Si hay guerra entre las democracias liberales y los islamistas, lo es de un modo muy paradójico.

Por eso sería necesario clarificar el sentido de cualquier posible movilización. Descartado el recurso tradicional a las fuerzas armadas, salvo en casos excepcionales o de apoyo a otras fuerzas combatientes, la movilización –más allá de la extraordinaria labor que realizan ya los cuerpos policiales- debería centrarse en que el Estado empezara a recuperar la autoridad que es su razón de ser. Ya se ha empezado a hacer, aquí y en las demás democracias, pero quedan muchas zonas grises: coordinación policial, bolsas culturales y sociales opacas, tolerancia sistemática e incluso promoción de conductas asociales y delictivas. En este campo, el nacionalismo y la dejación del Estado dejan antecedentes nefastos, que los atentados en Cataluña han puesto de relieve.

Los ataques yihadistas no van a cesar pronto. Por eso mismo, la movilización tiene otro sentido. Se trata de inculcar a las poblaciones de las democracias liberales la realidad del peligro y la importancia de las instituciones que sostienen la vida civilizada. Las campañas de pacifismo, con ser relevantes para algunas cuestiones, también desenfocan la realidad. Así como van buscando una declaración de guerra que haga legítima la suya, la consigna pacifista es para ellos una forma de rendición.

La Razón, 22-08-17

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JOSÉ MARÍA MARCO

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