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Nuevas elecciones, nuevas circunstancias

La mejor propuesta que se ha hecho hasta ahora a los votantes para las próximas elecciones consiste en cada uno vote lo mismo que el pasado 28 de abril. Habría que ver la cara de la clase política ante tamaño plante. Ahí sí que se podría decir que el pueblo, el Pueblo con mayúscula esta vez, ha hablado.

No ocurrirá tal cosa, por desgracia. Aparte de algunos pequeños problemas técnicos, el pueblo, con o sin mayúsculas, se compone de seres volubles, movidos por emociones y caprichos. Algunos votantes –lo saben bien los encuestadores- ni siquiera recordamos lo que votamos la última vez. Y para los que lo hacemos, que serán cada vez menos por la confusión que puede llegar a provocar la repetición, está el cambio en las circunstancias.

En noviembre apenas habrán pasado seis meses desde las últimas legislativas, pero en este tiempo han cambiado bastantes cosas. Por ejemplo, la atmósfera general relacionada con la actividad económica. Es verdad que no hay –gracias a Dios- signos claros de deterioro, pero sí que en este tiempo nos hemos ido instalando una atmósfera, un poco inquietante, de falta de certidumbre. No estamos mal, pero cada vez el horizonte parece menos despejado. Se reduce el crecimiento, disminuye la creación de empleo, se acumulan los atascos financieros por la parálisis gubernamental, y a todo eso se añaden las consecuencias imprevisibles del Brexit y las guerras comerciales. No son buenas noticias para quienes preconizan una generosidad presupuestaria cuyas consecuencias padecimos hace unos años.

También ha cambiado la situación europea, y en una dirección muy concreta. El Brexit ha desacreditado, y seguramente desacreditará aún más, las propuestas nacional-populistas. Se notó en las elecciones europeas de mayo, cuando se consolidó, por primera vez, un voto netamente europeísta en sus motivos y en su intención. La caída de Salvini señala también un punto de inflexión, tal vez coyuntural, claro está.

Quizás lo compense otra de las novedades, como es el aburrimiento y el hastío de la opinión ante la repetición de las elecciones, tan bien expresada en la propuesta citada al principio. No está claro, sin embargo, a quién beneficia esto. Si a las tendencias más radicales, por la reafirmación de un voto de protesta, a los grandes partidos, que ofrecen –o deberían ofrecer- mayores garantías de estabilidad… O directamente a la abstención, entendida como pura y simple manifestación de desinterés. Una nueva paradoja de la llamada “nueva política”.

La Razón, 24-09-19

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JOSÉ MARÍA MARCO

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