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Chicas en huelga

En tiempos muy lejanos, la huelga general era un instrumento revolucionario, destinado a hacer saltar por los aires el orden establecido sin que nadie supiese, por otro lado, qué es lo que vendría a sustituirlo. A finales del siglo XX, las huelgas generales habían quedado arrumbadas en los países desarrollados, excepto en el nuestro, donde la izquierda siempre va con un retraso de siglo y medio. Así que hubo varias, aunque con la ambición, más limitada, de poner al gobierno en un brete. Sólo una tuvo éxito, la del 88 contra Felipe González. (La que le hicieron a Aznar en 2002 fue un fracaso, que el propio Aznar convirtió en un éxito después.)

Ahora las huelgas generales, o huelgas como la convocada para el 8 de marzo, que es casi de índole general (exactamente, semi general), se parecen más a una performance que a otra cosa, y su objetivo primero está en hacer visible una situación, un “colectivo”, una “minoría”. Otro de sus fines sigue siendo de índole partidista: aquí, poner de nuevo en dificultades al gobierno, esta vez del PP, con demandas de naturaleza ideológica ante las que no se puede hacer gran cosa.

El caso es que sí que sigue existiendo desigualdad, además de un machismo rampante que muchas veces ni siquiera se da cuenta de su propia existencia, también entre los partidarios de la huelga. Por eso se entiende el movimiento y las simpatías que suscita. En cambio, sí puede aducirse que hay muchas otras maneras de conseguir más avances en un terreno en el que los cambios han sido espectaculares en los últimos cuarenta años.

Una de ellas es evitando el partidismo y planteando la desigualdad entre hombres y mujeres como una cuestión que atañe a toda la sociedad. Otra es no dividiendo, es decir evitando crear nuevas trincheras y nuevas identidades colectivas que anulan la libertad personal mediante la afirmación de rasgos inamovibles. Las mujeres no son víctimas, ni una minoría. Ser mujer no está hipotecado a la “izquierda”, sea lo que sea esto, ni la identidad femenina viene dictada por universitarios y gente del show business. Todo esto le proporciona al movimiento un aspecto un poco grotesco. Se busca un Aristófanes.

La Razón, 06-03-18

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JOSÉ MARÍA MARCO

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