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Simón de Cirene y la santidad

De Simón de Cirene sabemos, por los evangelios sinópticos, que fue -probablemente- un agricultor. Volvía del campo con sus dos hijos, Alejandro y Rufo, cuando se topó con la comitiva que conducía a Cristo hasta el Calvario. Fue entonces cuando los soldados romanos encargados de la custodia del reo le ordenaron que se echara al hombro la cruz que llevaba Cristo, sin duda porque veían al Señor desfalleciente.

Cumpliendo un designio divino indescifrable, Simón se convierte así en uno de los agentes que hacen posible la Crucifixión, que es la forma en la que el Señor quiso sacrificarse, en la figura de Su Hijo, para redimir a la humanidad. Simón es una pieza, minúscula, si se quiere, pero no irrelevante, en la empresa divina que hace posible la reconciliación del ser humano con su naturaleza.

Durante el rato en que llevó la Cruz de Cristo, Simón tuvo la ocasión de cumplir como ningún ser humano lo podrá hacer nunca el mandato del propio Jesucristo para que los seres humanos nos hagamos cargo de su “yugo”. “Yugo fácil” y “carga ligera”, según explicó Él mismo (Mateo 11:18) porque está hecha de amor. Pero muy pesado, también -pesado hasta lo inconcebible-, porque lleva en sí todo aquello que los seres humanos hacemos mal: las mentiras, la corrupción, la violencia, el daño a los demás, el amor propio.

Así que Simón tuvo el privilegio de hacer suya la misión de Cristo. Además de ocupar un puesto privilegiado en la historia y la doctrina cristiana, Simón de Cirene humaniza todavía más, si cabe, la figura del Hijo del Hombre. Por un momento, la salvación depende de él, de que haga suya una carga que el Señor, siendo como era Dios vivo, no podía soportar.

La Iglesia no santificó a Simón de Cirene. Quizás por la posible reticencia inicial de Simón o porque este hombre que vuelve del campo -de la naturaleza- y asume, sin quererlo, una parte de la misión divina, permanece demasiado próximo a nuestra condición. Simón no es un santo, pero indica como pocos la vía que hace posible la santidad.

La Razón, 30-03-18

Ilustración: Tiziano, Cristo con la Cruz a cuestas, Museo del Prado.

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JOSÉ MARÍA MARCO

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