Pobreza

En Occidente cunde la sensación, sin duda ampliamente justificada, de que somos cada vez más pobres. También cunde la idea, o más bien la frase hecha, de que “los pobres son cada vez más pobres y los ricos cada vez más ricos”. El mundo andaría dividido, harto injustamente, entre un 1 por ciento en posesión de la riqueza y el 99 por ciento restante abandonado a su suerte. Las cosas, como suele pasar, son un poco más complicadas. Carlos Rodríguez Braun recordaba aquí hace unos días que los índices de pobreza que utilizamos en los países desarrollados son relativos. Indican el empobrecimiento de una sociedad y los dramas que hay detrás de las cifras, pero también clasifican como “pobres” a mucha gente que dispone de un nivel de vida notablemente holgado, sea cual sea la perspectiva que adoptemos para medirlo.

 

Si ampliamos la perspectiva un poco más y salimos de un Occidente ensimismado, la realidad varía aún más. Resulta que en 2010 y partiendo del año 1990, la pobreza en el conjunto del mundo se redujo a la mitad, según el Banco Mundial. Naciones Unidas había propuesto conseguir este objetivo en 2015. Se ha conseguido en 2010, cinco años antes de lo previsto. El éxito es gigantesco. Hay más. Por primera vez, los índices de pobreza extrema, es decir el número total de personas que viven con menos de 1,25 dólares al día se redujo en todo el mundo (entre 2005 y 2008: las previsiones indican que la tendencia ha continuado desde entonces).

El progreso más notable se produce en Asia, con el centro en China. Desde 1981, es decir desde que se empezó a liberalizar la economía, 660 millones de personas han salido en China de la pobreza extrema. También hay avances en África, donde por primera vez menos del 50 por ciento de la población total vive en condiciones de pobreza. Latinoamérica, el este de Europa y Asia Central, donde las cifras de pobreza se habían ido incrementando a finales del siglo XX, han cambiado ahora de tendencia.

Las causas de un cambio tan importante no pueden ser atribuidas a una sola causa, y van desde la globalización hasta las políticas pro crecimiento de muchos gobiernos. Es un hecho, sin embargo, que la crisis que padecemos ahora se perfila cada vez más como la crisis de un modelo económico y social con el que los occidentales creímos poder estar a salvo de cualquier contingencia. Parece que nos habíamos acostumbrado a la idea de que el progreso estaba garantizado, que podíamos confiar en el “sistema” o en el gobierno para salir adelante y que no necesitábamos trabajar demasiado. Había cundido la tentación de hacer del ocio y de la seguridad el ideal de nuestras vidas. Ortega solía hablar de esto como de una forma de suicidio. Se ha terminado, en cualquier caso, y aunque por ahora pueda ser comprendido como empobrecimiento, tal vez no lo sea del todo.

La Razón, 09-03-12