Pobres y populistas

Las elecciones italianas han provocado un terremoto en media Europa. A veces, no nos damos cuenta de lo difícil que es trasladar lo ocurrido en un país a otro. Generalizamos, por tanto, con demasiada facilidad. El caso es que al menos hay dos grandes líneas de interpretación de lo ocurrido que merecen un comentario.

 

La primera es la que interpreta lo sucedido como una rebelión de los países europeos pobres contra los ricos del Norte. Decir que Italia (8ª economía del mundo, con un PIB per cápita de 33.855 dólares) o que España (13ª del mundo, con 30.150 dólares de PIB) son países pobres es, en el mejor de los casos, un recurso retórico. Somos países muy ricos que hemos dejado de crecer (Italia hace veinte años, lo que da idea de su riqueza). Si queremos volver a hacerlo, tenemos que ajustar e imaginar de nuevo la economía y, en buena medida, la sociedad. Las elecciones italianas, eso sí, han desbaratado una estrategia que parecía consistir en la alianza de los países del Sur de Europa (Francia, el país más rico del mundo desde hace siglos, también figuraba en el frente popular de los indigentes) para presionar a los del Norte y conseguir políticas más flexibles, es decir más dinero. Lo que tal vez nos convendría más es esforzarnos por continuar las reformas, matizar la estrategia de alianzas y profundizar la relación con Alemania.

La segunda se inspira de la victoria del populismo de Berlusconi y el frikismo de Grillo para poner en cuestión la austeridad y, de paso, la acción política porque esta no representa las necesidades del “pueblo”. Es obvio que no hay por qué estar de acuerdo con la austeridad. Ahora bien, en las formas que ha adoptado en Italia, esa tendencia, por muy “antipolítica” que manifieste ser, no conduce a menos política. Al revés, conduce a más política: más dinero público, más recursos monopolizados por los gobernantes, más regulaciones, más intervencionismo. Más Estado, por lo tanto, y muchos, muchos más políticos a todas horas y en todas partes. Los populismos son siempre así: un poder público fuerte, a ser posible personalizado, que monopoliza y gasta sin control los recursos públicos, es decir de todos. El siguiente paso es el caudillismo y la politización de toda la sociedad. Habrá quien crea que esa es la receta que necesitamos para volver a crecer… Ahora caemos en los resultados desastrosos de la estrategia Monti, que consistió en hurtar las reformas al debate democrático.

La Razón, 05-03-13