El nacionalismo contra la nación

De Sueño y destrucción de España. Los nacionalistas españoles 1898-2015. Barcelona, Planeta, 2015.

 

Guido de Ruggiero fue un liberal italiano. Nació en Nápoles y vivió en la primera mitad del siglo XX. En 1925, cuando era profesor de Filosofía en la Universidad de Roma, firmó el Manifiesto de Intelectuales Antifascistas redactado por su maestro Benedetto Croce. El Gobierno de Mussolini destituyó a Ruggiero de sus cargos académicos y en 1942 acabó encarcelándolo. Falleció en 1948. En el epitafio que Benedetto Croce escribió para el sepulcro de su amigo, habló de su empeño en investigar el poder de la libertad, “constructora del mundo de los hombres”, de su voluntad de auspiciar el retorno de la razón en tiempos oscuros y de su “fe en la humanidad”.

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El mismo año de 1925 en el que se manifestó en contra del fascismo, Ruggiero publicó su Historia del liberalismo europeo. El libro se convirtió pronto en un clásico de la historia y el pensamiento político. Dos años después, en 1927, llegó una segunda edición. El capítulo quinto de la obra seguía dedicado a la libertad y a la nación, pero había un cambio en los términos. Hasta entonces, Ruggiero había hablado de “nacionalismo” para referirse a los movimientos de liberación nacional del siglo XIX, entre ellos el italiano. A partir de esta nueva edición de su manual, el autor utilizaría la expresión “sentimiento nacional”. Según explicaba en una nota, había descartado el término “nacionalismo” “porque ha adquirido una significación muy diferente y hasta opuesta”.[2] La palabra “nacionalismo” había quedado monopolizada y contaminada por el fascismo. Seguir aplicándola a los movimientos nacionales y patrióticos del siglo anterior sembraba la confusión. Desvirtuaba el sentido de aquellos movimientos, liberales en su esencia, y los convertía en predecesores de la monstruosidad fascista.

El término “nacionalismo”, como ya hemos visto, data de finales del siglo XVIII. Se recordará que en Francia, aparece impreso por primera vez en 1798, en una obra del abate Barruel, el jesuita que se opuso a la Revolución en su país. En su obra sobre el jacobinismo, Barruel escribió que el nacionalismo “sustituyó al amor general… Desde entonces fue permitido despreciar a los extranjeros, engañarlos y ofenderlos”.[3] En nuestro país, muchos años antes, el Padre Feijoo había distinguido entre “amor de la patria” y la “pasión nacional”. El primero era “un amor justo, debido, noble, virtuoso”. La “pasión nacional”, en cambio, es un “afecto delincuente” que exige víctimas por millares, como los antiguos ídolos.[4] En términos muy generales, el primero corresponde a lo que en estas páginas se ha llamado “nacionalismo”. El segundo, en cambio, equivale al “patriotismo”, el amor al propio país que está, en su naturaleza y en sus consecuencias, próximo al amor a la libertad que caracterizó a los movimientos de emancipación nacional del siglo XIX, tan distintos de los nacionalismos del siglo XX.

Hoy se ha perdido la costumbre de distinguir entre los dos términos. La palabra “nacionalismo” se aplica a la ideología y a los movimientos políticos que nacieron en tiempos de la Revolución Francesa, a finales del siglo XVIII. Por tanto, se entiende que el nacionalismo acompañó a los movimientos liberales del siglo XIX, en particular en su empeño por construir naciones modernas, dotadas de Constituciones que convirtieran a los antiguos súbditos en ciudadanos con derechos y deberes. Al mismo tiempo, también son “nacionalistas” los movimientos que se esfuerzan por construir identidades colectivas selectivas y que se proponen abolir al individuo para fundirlo en el continuo eterno, sagrado, de la cultura y la tradición nacional o de las opciones políticas correspondientes: la sangre, la tierra y los muertos del francés Maurice Barrès o la razón republicana de izquierdas.

Así que una misma palabra sirve para designar a los patriotas liberales del siglo XIX y a los movimientos nacidos de la crisis de finales del siglo XIX, la crisis de fin de siglo que en España llamamos la “crisis del 98”. En esta hipótesis, todos son “nacionalistas”: los liberales del siglo XIX, los nazis y los fascistas del siglo XX. En nuestro país, el supuesto “nacionalismo liberal” fracasó con la Monarquía constitucional, pero a diferencia de lo ocurrido en otros países europeos, en España los nacionalismos sobrevivieron a la Segunda Guerra Mundial. El nacionalismo español católico, más que el falangismo, se perpetuó durante la dictadura. Por su parte, los nacionalismos vasco y catalán, que nunca abandonaron del todo la escena cultural, volvieron al primer plano político tras el nuevo descrédito de ese mismo nacionalismo español que no se ha esforzado por nacionalizar de verdad a España…

El término y el concepto de nacionalismo han demostrado por tanto una extraordinaria versatilidad, hasta sembrar una confusión notable. No parece que, en Francia, el “nacionalismo” de Barrès, el ideólogo y el artista de “la tierra y los muertos”, sea el mismo “nacionalismo” que el político, racional y democrático, que había fundado la Tercera República como régimen duradero de la nación francesa. En términos académicos –por ejemplo en el gran estudio de Elie Kedourie- se distingue entre “nacionalismo cultural” o “étnico”, cultivado en Alemania, y “nacionalismo político” republicano, más propiamente francés. Quizás esté Barrès más cercano al primero que al segundo, y eso a pesar de haber hecho de la lucha contra los que consideraba bárbaros germanos uno de los ejes de su vida y su obra.

Este uso del término “nacionalismo” hace imposible distinguir entre el “nacionalismo” de Churchill y el “nacionalismo” de Hitler [5]. Por eso, en los manuales sobre nacionalismo que intentan aclarar la cuestión, se acumulan los adjetivos. Además de perpetuar en la teoría la distinción entre “nación cultural” y “nación política”, hoy se habla de nacionalismo liberal, templado, “moderado” e incluso “ultra moderado”, para distinguirlo de otros nacionalismos más “extremistas” y “radicales”.[6] Ernst Gellner, uno de los grandes teóricos del nacionalismo, reconoce la existencia de este problema.

 

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En vista de la amplitud y variedad de los significados, las páginas de este libro se han ceñido al ejemplo de Guido de Ruggiero. Por tanto, sólo se habla de “nacionalismo” cuando se hace referencia a los movimientos ideológicos, estéticos y políticos surgidos de la crisis de finales del siglo XIX, empezando por los franceses aparecidos durante la III República y continuando con los que vinieron después, de signo político muy variado. Por “nacionalismo” y por “nacionalistas” se entiende sólo las personas y los movimientos que crearon y difundieron estas propuestas: los fascistas italianos, franceses y españoles, o los nazis alemanes, entre otros, pero también los regeneracionistas y los nacionalistas de izquierdas como los muchos españoles que han desfilado por estas páginas, desde algunos eminentes republicanos hasta los que se adscriben a la izquierda del nacionalismo catalán.

Como ya hemos visto, nuestro país no se distingue en esto de los demás europeos. La “crisis del 98” dio pie, aquí como en muchos otros países de Europa, a diversos nacionalismos: el regeneracionismo, que es el nombre que entre nosotros recibe el nacionalismo español, así como el catalán, el vasco y el gallego. Nacionalistas son también las diversas evoluciones de estas tendencias: el nacionalismo republicano, el nacionalismo institucionista, el falangismo, el nacional catolicismo y las diversas variantes de los nacionalismos catalán y vasco, desde el conservador o imperialista hasta el fascista, el de extrema izquierda y los terroristas. También se entiende como nacionalista la propuesta de una nación postnacional de la que se excluye la nacionalidad y la ciudadanía españolas.

El nacionalismo, tal como se entiende en las páginas de este libro, es por tanto un movimiento que se esfuerza por construir la nación enraizando esta en una realidad diseñada por el nacionalista para acabar con el miedo que le produce la libertad y la responsabilidad individual. Por eso, porque en la nación nacionalista no caben las diferencias ni el pluralismo, el nacionalismo es antipolítico. El nacionalismo está investido de sacralidad. Se constituye como una religión política en la que lo profano –el terreno prosaico de la negociación y las decisiones racionales, que nunca tienen la pretensión de ser absolutas ni definitivas- ha sido sustituido por algo mucho más ambicioso, más poético y, sin duda, más atractivo. Nada puede compararse al fulgor eternamente inmaculado de lo sagrado, accesible sólo mediante la iluminación intuitiva, la epifanía, la revelación. Es el nacionalismo como religión política, que tan temprano analizó Eric Voegelin en un estudio que le costó el exilio tras el acoso al que le sometieron los nazis en Austria, su país natal.[7] El objetivo primero del nacionalismo es, como ya hemos visto, acabar con la nación política que los liberales del siglo XIX –progresistas o conservadores- se habían esforzado por construir y que, en nuestro país, acabó por ser aceptada también por buena parte de los nostálgicos del Antiguo Régimen o por quienes durante mucho tiempo desconfiaron de cualquier intento de racionalizar el espacio público.

El nacionalismo del que hablan estas páginas es este, y no cualquier otro. Y la nación de la que aquí se habla no es una comunidad donde reine la unanimidad. Al contrario, es la nación que ha analizado Dominique Schnapper, la nación que se caracteriza por la voluntad de trascender mediante la ciudadanía las identidades particulares.[8] La nación es una apuesta por la racionalidad, por la política, por la democracia y por los derechos humanos. Es una apuesta por el diálogo, por el gradualismo, por el liberalismo. Por eso, porque el nacionalismo tiene por objetivo primero la destrucción de la nación, es por lo que en estas páginas se ha distinguido con el mayor cuidado posible entre “nacionalismo”, por un lado, y “sentimiento nacional” o “patriotismo”, por otro.

En Italia, el nacionalismo de Mussolini y su partido destruyeron los fundamentos liberales y políticos de la nación italiana tal como la había construido Cavour y la imaginaron Mazzini y Verdi. En Francia, el nacionalismo de Sorel y de Maurras aspiraba a destruir la nación republicana liberal y democrática, heredera a su vez de las ideas y de la imaginación de los liberales y los conservadores franceses del siglo XIX. En España, nuestros nacionalistas, o regeneracionistas, se empeñaron en demostrar que la nación no existía o que había quebrado. Negaron así todo el trabajo del siglo XIX. Como el argumento de aquellos nacionalistas ha permanecido vigente hasta hoy, la historia del siglo XIX, que consiste en el esfuerzo por construir la nación política liberal sin rupturas con la nación tradicional o histórica, sigue resultando incomprensible. La asimilación de la crítica regeneracionista ha dificultado la comprensión de nuestro siglo XIX y del XX. Después del esfuerzo por negar la nación, vino la invención de una nueva. Culminó primero en la Segunda República y a partir de ahí dio lugar a obras formas de invención de la nación nacionalista, de signo político muy distinto: el fascismo de la Falange y el nacional catolicismo. Hoy vivimos las consecuencias de otro experimento, el intento de disolver la nación en una comunidad postnacional.

 

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Existen, evidentemente, líneas de continuidad entre el nacionalismo, tal y como lo han descrito estas páginas, y el sentimiento nacional propio del siglo XIX. Los republicanos nacionalistas recogieron buena parte de la mitología sentimental de la nación española tal como la habían codificado los liberales de un siglo antes. También se esfuerzan por inscribir su proyecto de creación de una España nueva en una línea que recoge algunos elementos de la Ilustración y, sobre todo, de la España del siglo XV y XVI, la que quedó frustrada –supuestamente- por la incorporación de nuestro país al proyecto imperial de los Habsburgo. La franja morada de la bandera tricolor de la Segunda República remitía a los comuneros de Castilla y a su voluntad de oponerse a la absorción de la nación, española o castellana, por el Imperio de Carlos V. Del mismo modo, los falangistas y los nacional católicos volvían a la España tradicional, católica y monárquica, tan querida por los conservadores del siglo XIX, para argumentar su propio proyecto de nación nacionalista.

Estos elementos de continuidad son relevantes y podían haber servido para resaltar las grandes líneas de identificación política y cultural que existen en nuestra historia. En algunos casos ha ocurrido así. No siempre, ni mucho menos. El término “nacional católico”, que aparece a partir de la Guerra Civil, se utiliza hoy en día para describir la actitud de Menéndez Pelayo, fallecido mucho antes de que fueran ni siquiera imaginables el término y el proyecto que designa. Así se proyecta sobre la obra de Menéndez Pelayo y de buena parte del liberalismo conservador y católico, realidades que no fueron las suyas. Hoy en día están agotadas y muy poco nos une a ellas. La consecuencia es que quedan destruidos los lazos que sí nos pueden unir con el patriotismo y la visión de nuestro país que tenían los conservadores del siglo XIX. También por eso, para restablecer la continuidad con nuestro propio pasado, hay que esforzarse por aclarar lo que el nacionalismo tiene de novedad y de ruptura con respecto a los movimientos nacionales y patrióticos del siglo anterior.

Así como conviene insistir en la originalidad del nacionalismo falangista o fascista y del nacional catolicismo con respecto al conservadurismo del siglo XIX, también es importante subrayar la ruptura que los movimientos políticos, ideológicos y estéticos de principios del siglo XX llevaron a cabo respecto de los liberales del siglo XIX y de aquellos que, ya en el siglo XX, se mantienen en la órbita de la Monarquía constitucional o del republicanismo no nacionalista. Hay un corte voluntario y claro entre Martínez de la Rosa, Larra, Sagasta y Lerroux y, por ejemplo, Azaña. El mismo Azaña, como hemos visto, hizo de la escenificación de ese corte el eje central de su proyecto literario y político. También hay un corte entre Valle-Inclán, por un lado, y Valera, Clarín y Galdós, por otro, por mucho que Galdós se agotara en el esfuerzo por establecer la continuidad entre el siglo liberal, el suyo, y lo que intuía que iba a ser el siglo XX. A partir de esta ruptura, lo pasado y lo que sobrevive del pasado en el presente queda caracterizado como algo anticuado, rancio, esperpéntico. Y una de las claves del esperpento es hacer incomprensible, o destruir, aquello que pretende parodiar.

Desde esta perspectiva, he seguido a Ernest Gellner y a otros teóricos anglosajones en su definición del nacionalismo como un movimiento encaminado a crear o a inventar una nación que no existe. Es el caso del nacionalismo catalán y del vasco. Y es el caso, también, de los nacionalismos fascistas y republicanos, así como del falangismo, del nacional catolicismo y de la propuesta nacionalista postnacional, empeñados todos en inventar una España a la medida de su idea de lo que debe ser la nación española. Para conseguirlo, se procedió a depurar todo aquello que no encaja en esa misma idea. Para los nacionalistas vascos y catalanes, los elementos básicos de esa plantilla fueron la raza (la sangre) y la lengua. Luego fueron sustituidas por la lengua y la cultura, aunque este último término sigue dejando entrever su auténtico significado, de orden étnico. En el nacional catolicismo, el elemento básico de la plantilla nacional será la religión. En los contrarrevolucionarios, la Hispanidad y en los fascistas, el Estado. En los nacionalistas republicanos, el eje del proyecto nacionalista lo constituirá la razón republicana, a la que se debe subordinar todo lo demás. En cuanto a los institucionistas, lo es la España auténtica, cuya revelación estética ha de ser aceptada como un dogma de fe si se quiere participar en la modernidad. En la España post nacional, la más enrevesada, la que agota y desmaterializa el proyecto nacionalista, lo que queda excluido es la nacionalidad y la ciudadanía españolas. En todos los casos, los españoles, para serlo, deben cumplir las exigencias y los requisitos dictados por los nacionalistas.

Estos nacionalistas no consiguieron acabar con la nación española. En su momento, sí que consiguieron evitar la democratización del régimen liberal. Tras el asalto y el suicidio de la Monarquía constitucional vino la Segunda República y luego la dictadura de Franco. La Transición debía haber significado el final de este proceso y en más de un sentido lo fue, aunque, como hemos visto, más en la sociedad que en las elites, siempre obsesionadas con el fantasma nacionalista que les impide ser españoles con libertad y les lleva a impedir que cada uno lo sea a su manera. La posibilidad de superarlo, que llegó con el gobierno de José María Aznar, provocó una respuesta ideológica y política de la que ya se ha tratado en estas páginas.

La primera línea de esta respuesta fue la de calificar de nacionalista (de nacionalista español, se entiende) el intento de volver a incorporar el hecho nacional español al discurso político. Es un recurso clásico, en el que el término “fascista” adquiere un uso intensivo y fuera de contexto. Zeev Sternhell, el gran estudioso de los orígenes nacionalistas del fascismo, ha glosado estos usos del “fascismo”. “Pocos términos del vocabulario político –escribe Sternhell- han conseguido un éxito comparable al de la palabra ‘fascista’, y sin embargo pocas nociones de la terminología política contemporánea se caracterizan por un contorno tan impreciso y tan discutido.”[9] Así como en otros usos “fascista” quiso decir “no comunista”, en este designa, de una forma particularmente rebuscada pero para que se actúe en consecuencia –como siempre-, al “no nacionalista”. En términos coloquiales, se recuperaba la equivalencia entre “fascista” –“facha”- y “español”.

Hubo más. Hasta el principio del siglo XX, los estudios sobre el nacionalismo español habían sido escasos. Los más importantes habían sido obra del profesor Andrés de Blas, que durante mucho tiempo preconizó la prudencia en el tratamiento del asunto. Para Andrés de Blas, en 1991, “España constituye un claro y acabado ejemplo de nación de signo político o territorial”. El nacionalismo español, en consecuencia, no había sido, en general, un movimiento necesario.[10]

A partir de los primeros años del siglo XXI, aparecieron nuevos argumentos. El principal consistió en volver a afirmar la debilidad de la nación española. Entre los muchos antecedentes está lo argumentado por uno de los personajes de La velada en Benicarló, el diálogo que Azaña escribió en plena Guerra Civil, cuando dice que “la virtud normativa del espíritu nacional es utópica en España”. De lo que otro de los interlocutores deduce, más llanamente, que la nación no existe en España.[11] Es la clásica tesis regeneracionista o nacionalista, enunciada en el momento más trágico, cuando las metáforas se han hecho realidad. En nuestros días, casi ochenta años después, se sigue dando por buena esta debilidad. Va atribuida a la inconsistencia del nacionalismo español, que no consiguió nacionalizar como es debido una España que siguió siendo premoderna, salvaje y “africana”, incluso –y sobre todo- en tiempos de la Monarquía constitucional, el tan maltratado régimen de la Restauración.

 

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Se opera así un desplazamiento conceptual. Durante muchos años, la historiografía de inspiración marxista reprochó a la burguesía y al liberalismo su debilidad, su escasa voluntad de ruptura, su poca vocación revolucionaria. Ahora se achaca lo mismo al nacionalismo, que fue incapaz de cumplir su obra nacionalizadora. Uno de los textos fundadores de esta nueva interpretación de la historia de España es Mater Dolorosa, de José Álvarez Junco. Recibió el Premio Nacional de Ensayo en 2002, bajo un gobierno del Partido Popular. Así quedaron claros, no sin ironía, los límites del proyecto de reconstrucción de la idea nacional que durante un tiempo promocionó el centro derecha español.

La crítica en sí, ya sea al liberalismo o al nacionalismo, viene de muy lejos. Lo más relevante del argumento tampoco es la aparición de la palabra “nacionalista” en sustitución del término “liberal”. (Los términos “burguesía” y “burgués”, aunque menos utilizados ahora, no andan nunca lejos.) Más seria es la teoría que lo sustenta. No es otra que aquella a la que ya se ha hecho referencia en páginas previas, según la cual el nacionalismo es la ideología destinada a crear la nación. La nación es, como dijo Benedict Anderson, una comunidad imaginada, el resultado de una fabricación ideológica, una construcción –habrá quien diga “constructo”- político. En términos postmodernos, la nación es un “en su esencia, poco más que la fe en un relato, un mito de origen asumido por una colectividad”.[12] Un relato o una invención que son a su vez productos de un designio ideológico y una voluntad de poder.

Es el argumento que se despliega en la monumental Historia de la nación y del nacionalismo español, una obra coordinada por tres importantes historiadores y profesores, alejados hasta entonces del nacionalismo: el propio Andrés de Blas, Juan Pablo Fusi y Antonio Morales. Así que en vez de distinguir la nación –la nación liberal y constitucional, la nación de los ciudadanos- del nacionalismo que aspira a destruirla, se hace a la primera la consecuencia del segundo. Desde esta perspectiva, la nación española no es más que un relato mal hilvanado, producto chapucero de un nacionalismo que no supo encontrar el argumento y las herramientas para la realización de sus ambiciones. España es, por tanto, un relato fracasado. Y allí donde el nacionalismo español fracasó triunfaron los otros nacionalismos, el catalán y el vasco, que sí lograron elaborar un relato consistente acerca de sus respectivas nacionalidades. Es la versión postmoderna del argumento contra la nación constitucional, aparecido a finales del siglo XIX en toda Europa: también en España, como es natural.

Uno de los efectos de este argumento es equiparar la nación española con la nación catalana o la vasca. Además, establece una comparación entre elementos que no son comparables, como es el movimiento de construcción de la nación liberal española con el nacionalismo antipolítico, antiliberal y antidemocrático que sostiene la nación nacionalista. Y por si fuera poco, pone el acento en el éxito de los nacionalismos frente al fracaso del patriotismo liberal. En resumidas cuentas, todos somos nacionalistas, aunque los nacionalistas vascos, y en especial los catalanes, lo han sido con más eficacia que los españoles, que ni siquiera supieron lo que era eso del nacionalismo.

 

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Por otra parte, el nacionalismo español sigue siendo inaceptable. Muchos años después, permanece intacta la identificación de la nación española con el proyecto nacionalista de la dictadura de Franco. Por eso, lo que se considera lícito –a efectos utilitarios- en el nacionalismo catalán o vasco no lo es en términos nacionales españoles. El nacionalismo español es al mismo tiempo débil –fracasado- e intolerable. El término “fascista” no anda lejos, otra vez, ni el abrumador complejo de inferioridad, ni las frustraciones de las elites españolas que sólo lo pueden ser a su modo, teniendo todos los demás que serlo de la misma manera. Eso es lo que significa la “España sagrada”, que José María Ridao, siguiendo a Juan Goytisolo y a partir de ahí a las grandes figuras de la izquierda nacionalista, resucitó en 2009 para volver a ponerla en el punto de mira de los únicos españoles auténticos, los españoles postnacionales.[13] A los nacionalistas, de izquierdas y de derechas, les gustan las empresas de demoliciones. Como era lógico, el Premio Cervantes del año 2015 se le concedió, bajo un nuevo gobierno del Partido Popular, a Juan Goytisolo.

Es difícil que un planteamiento tan complejo y sofisticado sobre el nacionalismo español como este que preconiza una España postnacional tenga éxito fuera del ámbito académico, o de círculos intelectuales restringidos. Sin embargo, aunque no se haga explícito, proporciona la materia de la crítica a la nación y dificulta, por no decir que impide, la articulación de un discurso y una actitud nacional española. Por eso, para evitar cualquier confusión, estas páginas han seguido la indicación del liberal Guido de Ruggiero. Los términos “nacionalismo” y “nacionalista” quedan reservados para los movimientos antiliberales, antipolíticos y antidemocráticos –antinacionales- aparecidos a finales del siglo XIX y principios del siglo XX.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

[1] http://it.wikipedia.org/wiki/Guido_De_Ruggiero

[2] Guido de Ruggiero. Historia del liberalismo europeo, Granada, Comares, 2005 p. 413.

[3] Cit. en R. Girardet. Le nationalisme français (1871-1914), ed. cit., p. 7.

[4] B. Feijoo. Amor de la patria y pasión nacional, en Obras escogidas, ed. cit., p. 141. Ver también Á. Rivero. La Constitución de la nación, ed. cit., pp. 32-38 y J. M. Marco. Historia patriótica de España, ed. cit., pp. 338-339.

 

[5] Pierre-André Taguieff. Dictionnaire historique et critique du racisme, París, PUF, 2013, p. 2012.

[6] Stanford Encyclopedia of Philosophy (2010).

[7] E. Voegelin. Las religiones políticas, Madrid, Trotta, 2014.

[8] D. Schnapper. La communauté des citoyens, París, Gallimard-folio, 2003, p. 73.

[9] Z. Sternhell. Ni droite ni gauche. L’idéologie fasciste en France, París, Seuil, 1983, p. 16.

[10] Andrés de Blas Guerrero. Tradición republicana y nacionalismo español (1876-1930), Madrid, Tecnos, 1999, pp. 13 y 16.

[11] M. Azaña. La velada en Benicarló, O. C., ed. cit., t. III, pp. 448 y 449.

[12] Tomás Pérez Viejo. “La representación de España en la pintura de historia decimonónica”, en A. Morales Moya et al., Historia de la nación y del nacionalismo español, ed. cit., p. 479.

[13] José María Ridao. “Destruir la España sagrada”, El País, 8 de mayo de 2009.