Símbolos

Durante muchos años, los españoles hemos vivido bajo la idea de que la vida en común, nuestra existencia y convivencia como españoles, no requería ningún símbolo que la representara. Habíamos alcanzado tal grado de perfección moral e intelectual que nos habíamos convertido en seres perfectos, transparentes para nosotros mismos. Como las criaturas angélicas, que no necesitan hacer visible lo que las constituye y las une porque viven en la conciencia de Dios, de la que son emanación: en nuestro caso, esa divinidad era el progresismo postnacional. Habíamos alcanzado la total iluminación, la plena autoconciencia y el absoluto control de nuestros actos.

Mientras tanto, como era de esperar, menudeaban otra clase de símbolos que, desde la ikurriña a los lazos amarillos pasando por la estelada, llenaban el vacío en el que aquella pura e infinita perfección nos había colocado.

Los símbolos que nos representan como españoles seguían estando ahí, sin embargo, y algunos, como la Corona y en cierto sentido la Constitución, resultaban bien visibles. Sin contar con los símbolos y las referencias que sí eran aceptables, por tener un sesgo ideológico específico, siempre progresista o de izquierdas. No habíamos alcanzado por tanto la tan anhelada perfección. Los españoles, que al fin y al cabo seguimos siendo seres humanos, necesitamos como cualquier otro signos y símbolos para entendernos y explicarnos a nosotros mismos.

No es de extrañar que en un momento de crisis como el ocurrido en 2017 los símbolos reaparecieran con tanta fuerza. Todos ellos: los oficiales, como la bandera nacional y el himno, los informales, como canciones y costumbres que todos tenemos en la cabeza, o los históricos, como el Dos de Mayo, América, la Reconquista, Don Pelayo o Covadonga.

En contra de lo que piensan muchos de quienes aspiraban a borrar el mundo simbólico de la vida pública, el recurso a estos símbolos no va encaminado a la confrontación. Son realidades cuyo primer objetivo era y es unificador. Permiten crear las bases de la convivencia entre personas que más allá de eso tendrán discrepancias muy profundas en muchos órdenes de la vida. Y es justamente esa unidad primera lo que el uso de los símbolos permite. Sin ellos, desaparece la posibilidad de discrepar para encontrar una vía propia. En vez de alcanzar una imposible transparencia acabamos encerrados en una unanimidad fraudulenta.

La Razón, 12-04-19

Foto: Santuario de Covadonga