Realismo y confianza. El discurso de Felipe VI

En su tercer discurso de Nochebuena, el rey Felipe VI ha hecho un repaso denso, casi exhaustivo, de los problemas a los que se enfrenta la sociedad española: todos nosotros, mejor dicho. La primera referencia ha ido para los afectados por las recientes inundaciones. Es un recuerdo obligado, pero que en el desarrollo del discurso cobra un significado específico. Y es que a partir de ahí, y lejos de cualquier complacencia, el Rey ha ido hablando de la crisis económica, de la crisis política que ha ocupado casi todo este año y de las tensiones en el modelo nacional. Finalmente, el Rey habló de una crisis de otro orden como es la revolución tecnológica que estamos viviendo.

 

Vivimos en un mundo que ha hecho del cambio la nueva normalidad. El propio monarca lo ha podido comprobar en sus múltiples desplazamientos por el país: ha conocido en directo los problemas y las frustraciones, pero también puede dar testimonio del espíritu de sus compatriotas a la hora de afrontarlos: la abnegación, el tesón, el esfuerzo. Por eso Felipe VI nos habla de una España de la que podemos sentirnos orgullosos. No se ha rendido a las soluciones fáciles ni a la nostalgia. España, como ha indicado el Rey, ha demostrado ser un país dispuesto a trabajar para salir adelante.

La primera reflexión concreta del Rey estuvo dedicada a la crisis económica. Subrayó la necesidad de no dejar a nadie atrás: ni a los más desfavorecidos, ni a los que más han sufrido las consecuencias de los cambios, ni -muy en particular- a los jóvenes. Luego vino la crisis política con la que Felipe VI ha inaugurado su reinado. Aquí la propuesta del Rey es la consolidación de los consensos básicos y la búsqueda de acuerdos entre las diversas fuerzas políticas. El pluralismo es un principio básico e irrenunciable, claro está. No así la confrontación, que no sirve para nada. Y es más necesario que nunca el acuerdo de los agentes sociales y políticos.

La cuestión nacional ha ocupado el centro mismo del discurso, con tres grandes mensajes: la necesidad de tolerancia; la necesidad de respetar los derechos, que son derechos de todos y no sólo de alguna de las partes, y la necesidad de respetar la ley si de verdad se quiere construir y engrandecer, no debilitar ni destruir. La ley -léase la Constitución y cualquier posible intento de reforma- es por tanto la base del progreso, la modernización el bienestar.

Como se puede comprobar, el hilo común de estos tres apuntes es la necesidad de fortalecer lo que nos es común, aquello que nos une, todo aquello que es y debe ser objeto del acuerdo y el respaldo de todos. Pocas veces el Rey habrá asumido con tanta propiedad su papel y el mensaje que debe ser el suyo como titular de la más alta y más esencial institución del Estado. Quien es símbolo de la nación española recuerda a todos -a los políticos y a los que no somos- lo que nos corresponde en la tarea común de continuar lo que nos ha sido legado y lo que debemos entregar intacto y mejorado a quienes vengan luego.

Así es como Felipe VI llega naturalmente a la gran revolución de nuestro tiempo, la que ha propiciado la tecnología. Como en los apartados anteriores, el Rey conoce la gravedad de un cambio cuya profundidad sólo hemos empezado a entrever. Y sabe, como sabemos todos, que la revolución va a afectar muy particularmente a quienes están estudiando o se disponen a ingresar en la vida adulta. Tampoco aquí ha habido complacencia alguna, ni promesas, ni proclamaciones vacías de fe o confianza. Sí que hubo, en cambio, una particular insistencia en la educación -un asunto del que la sociedad española ha empezado a preocuparse hace poco tiempo- y, además, un nuevo recordatorio de la importancia de los valores que los españoles deben compartir. Y aquí sí que quedó claro que los problemas a los que nos enfrentamos tienen solución si sabemos preservar esos principios y esas virtudes: cultivarlas, transmitirlas y guiarnos por ellas en nuestra vida de todos los días.

Queda aclarado así el sentido de la referencia a los afectados por las recientes inundaciones. También cobra sentido la puesta en escena, los recuerdos de la historia vivida por la Familia Real y la alusión a la Reina y a las Infantas. El Rey, que encarna la continuidad de España, su pasado, su presente y su futuro, no habla desde una tribuna alejada de sus compatriotas. Se enfrenta, como todos nosotros -que somos España, como él-, a un futuro difícil al que responderemos mejor unidos, respetando las instituciones y los acuerdos, y sabiendo lo mucho que vamos a necesitar a los demás.

La Razón, 24-12