Populismo sin pueblo

La irrupción del populismo en la política nacional de nuestro país ha causado una conmoción tal que parece que aquí nunca hubieran existido los movimientos ni los partidos populistas. Pues bien, llevamos conviviendo con partidos y movimientos populistas desde la Transición, hace ya casi cuarenta años. Bien es verdad que estos movimientos populistas no se han presentado como tales y muy poca gente –salvo aquí, en estas mismas páginas de La Razón– se ha esforzado por comprenderlos de esta forma. Nuestros movimientos populistas son, y han sido, los partidos nacionalistas: los canarios, los vascos, los gallegos y, muy en particular, los catalanes.

 

Una primera característica de los populismos es el caudillismo: la personificación del mensaje en un caudillo que se adelanta para asumir él solo la representación de su pueblo. En ese papel de caudillo del pueblo catalán estuvo Pujol y ahora le gustaría estar a Mas. El caudillo asume todos los males de su pueblo, y se sacrifica por él. En el discurso más rabiosamente populista del catalanismo, es lo que ha hecho la familia Pujol: sacrificarse por el pueblo catalán y por su causa. Esto tiene otro efecto, que es borrar las distinciones entre derecha e izquierda: el caudillo populista, y el populismo en sí, están más allá de este artificio que sólo trae divisiones. El caudillo popular nos representa a todos. La distinción, en realidad, se establece entre el nosotros del pueblo y los otros, ya sean los de fuera o los extranjeros que viven con nosotros: en el caso del populismo catalán, los españoles. Cámbiense las siglas y se verá hasta qué punto el nacionalismo catalán es lo mismo que el Front National francés, el UKIP británico o cualquiera de los populismos neonacionalistas que pueblan la geografía política de la Unión Europea.

Hay una diferencia, sin embargo, y es que el pueblo catalán es un “pueblo” muy especial. De hecho, lo que se ve en las manifestaciones es más bien gente de clase media alta, bien educada, universitarios y estudiantes, profesores, empresarios… Cuando se fija uno un poco, se da cuenta que lo que falta, justamente, es el pueblo. El “pueblo” del nacionalismo catalán es más una clase social que el “pueblo” –multiforme, excéntrico, ajeno a cualquier criterio estético- que aparece en las manifestaciones del resto de los movimientos populistas europeos. Nuestros nacionalismos son movimientos populistas sin pueblo. Hace falta haber vivido en la más completa inopia, como lo han hecho los partidos nacionales españoles en esta cuestión, para no haber sabido comprender y aprovechar algo tan evidente.

La Razón, 07-10-14