Lazos amarillos

 

Los lazos amarillos no son un simple gesto de protesta. De por sí, sería difícil de entender por parte de una administración estatal, por muy acostumbrados que estemos a este tipo de cosas en los tiempos de política activista que nos ha tocado vivir: recuérdese el cartel de Welcome Refugees que colgó del Ayuntamiento de Madrid durante tanto tiempo. Los lazos amarillos van más allá.

Significan la reivindicación de un movimiento que contradice la legalidad vigente en nuestro país. Sus protagonistas están siendo juzgados ahora mismo y encarnan la voluntad antidemocrática de acabar con la convivencia en Cataluña y sojuzgar a los catalanes no nacionalistas con una imposición inaceptable. Por eso, los lazos amarillos son una violación del orden constitucional y sobre todo una amenaza para los no nacionalistas. Nadie debería engañarse en el sentido último de los lazos. No significan rebeldía. Significan opresión, voluntad de imponer, violencia: una violencia que hace mucho tiempo dejó de ser simbólica y se dirige a expulsar del espacio público –y de Cataluña- a quienes no compartan las obsesiones nacionalistas.

Sólo la hispanofobia de la izquierda española, esa pulsión irreprimible que distorsiona toda la vida política de nuestro país, consigue explicar por qué los socialistas, podemitas y otros compañeros llegan a defender que algo tan siniestro como los lazos amarillos permanezca en la vía pública. Así lo hizo ayer un responsable del PSC, el mismo que solicitó la censura del acto de Vox en el  Palau Sant Jordi y que ha pedido que se incumpla la instrucción de la Junta Electoral Central.

En consecuencia, los hechos indican por lo menos dos cosas. Una es que los secesionistas están dispuestos a continuar con su “procés” después de las elecciones. No hay nada que esperar de ellos y van a seguir con su voluntad de imposición, con las amenazas y con el desprecio a sus conciudadanos y al orden constitucional. La otra es que los socialistas, después de participar en la aplicación del artículo 155, han decidido hacer de su ruptura con aquella coalición uno de los grandes argumentos de su campaña y de su política si es que llegan a gobernar después de las elecciones. De ocurrir esto, nos esperan muchos años más de inestabilidad, de amenazas, coacciones y violaciones consentidas de la legalidad y la convivencia democrática. Estamos avisados.

La Razón, 15-03-19