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Lope de Vega y los gatos enamorados. De «El verdadero amante»

Del capítulo dedicado a “Burguillos y la verdad platónica” en El verdadero amante. Lope de Vega y el amor, de José María Marco, Ediciones Insólitas, 2019.

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Ya en 1622, doce años antes de que “publicara” las “rimas” de su “amigo” Burguillos, Lope le había reprochado a este, es decir a sí mismo, su inutilidad: “¿Qué has hecho? ¿A quién has servido? / (…) ¿Siempre has de estar pobre y necio, / filósofo de tu mismo, / entre dos libros y un huerto?”.[i] Ahí estaba ya el núcleo del final del soneto resumen de las Rimas de Burguillos: “dos libros, tres pinturas, cuatro flores”. A pesar de su fama de improvisador, Lope, también lo sabemos, confiaba sólo en el trabajo constante. Y sobre todo conocía como nadie la unidad profunda de una obra que gira en torno a un motivo, ideológico y estético, que es el amor. También volvemos a comprobar que en este caso, como en otros en los que la imaginación precedió a hechos reales sucedidos más tarde, la parodia antecede al poema serio. Burguillos es antes que la recreación del personaje por Lope y por eso se puede decir que Lope debe a Burguillos más de lo que parece.

En 1622, Lope vivía en su casa de la calle de Francos (hoy Lope de Vega). La había adquirido en 1610 y el huerto trasero le permitía imaginar una arcadia personal, mínima pero real, en pleno tráfago madrileño. La naturaleza idealizada ocupaba el centro de una vida que no quiso nunca alejarse de Madrid, la Babilonia contra la que cantó despechado cuando tuvo que dejarla por mandato judicial y a la que volvió siempre, incluso cuando la Corte se mudó a Valladolid.  Madrid, sin duda, fue relevante en ese equilibrio siempre en movimiento, tan propio del poeta, entre lo natural, no siempre idealizado, y el artificio más sofisticado y, llegado el caso, preciosista. Son las flores del huerto de la casa de la calle Francos las que le dan los “conceptos” que constituyen la base de su imaginación poética. Esa fidelidad a algo que sólo Madrid podía darle en la proporción justa aparecerá ahora, al final de su vida, en un poema dedicado no a las muchachas cultas y decididas ni a los jóvenes atolondrados y enamoradizos, como en tantas de sus comedias, sino a los gatos, los gatos madrileños.

Es La gatomaquia, atribuida a Burguillos y el poema más largo de los que figuran en las Rimas de este. Cuenta los amores de Marramaquiz, galán como un “Zapinarciso” y un  “Gatimarte”, con la hermosa Zapaquilda, gata “mirlada”. Nada parece interponerse entre los dos hasta que aparece Micifuz, forastero, rico y bien hablado, también de buena presencia, que con sus regalos –“un pedazo de queso / de razonable peso / y un relleno de huevos y tocino”, todo aderezado con una cita de Garcilaso, última aparición de los bodegones o “cortejos rústicos” de Lope- arrebata a Marramaquiz el corazón de su amada.[ii] Marramaquiz intenta reconquistarlo. Recurre a los celos, como Anfiso, el protagonista de la Arcadia, y finge caer enamorado de Micilda. También acude al saber de Merlín, gato médico, y de Garrafiñanto, astrólogo. No consigue ni olvidar ni enamorar de nuevo a la casquivana Zapaquilda. Fuera de sí, la rapta, nueva Elena de Troya. Como la heroína antigua, servirá de pretexto para una guerra, no entre troyanos y aqueos, sino entre gatos. Siempre la guerra es, también entre los gatos, consecuencia de las empresas de amor.

La comparación con Elena da pie a Lope a subrayar lo que ha quedado bien claro desde la aparición del rival afortunado. Y es que el núcleo de La gatomaquia es de nuevo –como ha demostrado el estudio de Marcelo Blázquez-, la puesta en escena del trágico episodio de los primeros amores de Lope, cuando Elena Osorio le dejó por un amante más rico y el poeta despechado acabó en la cárcel. Nunca olvidó Lope aquella historia que dio cauce a su imaginación, a su creatividad y a su estética, y vuelve aquí por sorpresa, después de haberse convertido en un puro motivo poético con La Dorotea. Por su perfección, tendemos a ver esta  como una recapitulación final, vital y estética. No fue así, y la obra maestra no había cerrado la herida.

La gatomaquia es también, con todo su madrileñismo, una evocación y una parodia humorística de las comedias de Lope. Los galanes y las damas, como ha demostrado Felipe B. Pedraza, se han mudado en gatos.[iii] La esencia no ha cambiado. Sobre esto, y ya desde el título, Lope propone una parodia del género épico. Homero mismo, según la leyenda, la había practicado en su Batracomiomaquia, cuando el divino aedo cantó las luchas de las ranas con los ratones, evocada aquí al recordar el poeta una antigua guerra de los gatos con las monas. La parodia épica, de tradición muy antigua y bien conocida de Lope (se habla de ella en la propia Gatomaquia[iv]), brillaría de nuevo en el siglo XVII, tan dado a los contrastes violentos y al claroscuro, en una estética del desengaño que multiplicaba las perspectivas y oponía, a veces con tremendismo, la ilusión y la realidad.

Lope no llega a tanto, como era de esperar, porque no puede abandonar la atmósfera amable que le es consustancial. Eso no le impide lanzarse con una alegría desenfrenada al saqueo de imágenes, motivos y escenas del género épico y de sus variantes novelescas y heroicas, tal como las desarrollaron poetas que habían sido para él auténticos modelos. No faltan las referencias a las Musas propicias y además de las referencias a Homero –la furia de Aquiles o la gran escena en la que Micifuz solicita de sus compañeros un compromiso bélico activo, como en el canto IX de la Ilíada– llegan otras a Virgilio, de quien se cita –en latín- el célebre principio de la Eneida –“Arma virumque cano” (“Canto a las armas y al hombre”) para ofrecer acto seguido una traducción al modo gatuno: “cantar batallas de amorosos gatos”.[v] La locura de Marramaquiz retoma la del Orlando de Ariosto, que en múltiples ocasiones había servido de inspiración a Lope para describir los desatinos a los que conduce el amor y ahora le da pie para algún ripio memorable, de los muchos que pueblan el poema: “Y a tanto mal llegó su desatino, / que sacó media libra de tocino / que andaba como nave en las espumas, / y si no se le quitan, se le mama, / ¡tanto pueden los celos de quien ama!”.[vi]

Ahora bien, en el tramo final de su trayectoria, lo que Lope parodia de verdad es su propia obra. Cuando Marramaquiz se engalana para seducir a Zapaquilda, antes del desastre, el poeta presta la misma atención a su atuendo del que, cuando era joven, prestó a los lujosos atuendos de los caballeros moriscos en sus romances de frontera: “Por gorra de Milán, media toronja, / con un penacho rojo, verde y bayo / de un muerto, por sus uñas, papagayo”.[vii] Zapaquilda le da una trenza hecha de sus guedejas, como en su momento Zaida le dio otra a Zaide, y en su coquetería, en la conciencia de su belleza, recuerda a la hermosa Angélica, la heroína del gran poema épico novelesco que Lope escribió de joven, durante la expedición de la Armada contra Inglaterra –según dijo-, y que luego corrigió para dedicárselo a Micaela de Luján. Cuando los gatos desfilan como caballeros para ir a la guerra, se viene a la cabeza el brillante desfile de los paladines en este mismo poema  (como en la poesía satírica y humorística anterior a Lope se había parodiado el catálogo de las naves de los aqueos en el Canto II de la Ilíada). Sólo que aquí los Leuridemos, Glorïardos y Claridanes se han mudado en Gafurio, Mufildo y Garavillos, este último “gato perulero”, es decir indiano, para seguir luego, ya desbocada la invención verbal, con los Zurrón, Ranillos, Gruñillos, Cacharro, Cerote y Burro, estos tres “gatos de un zapatero”. A contemplar el duelo cortés y aristocrático, acuden ahora “Miturria bella, Motrilla y Palomilla, / la flor de la canela y de la villa”.[viii]

[i] Citado en M. Blázquez Rodrigo, La gatomaquia de Lope de Vega (Madrid: CSIC, 19995), p. 27.

[ii] Rimas humanas y divinas del licenciado Tomé de Burguillos, ed. M. Cuiñas Gómez (Madrid: Cátedra, 2008), pp. 462 y 463.

[iii] F. B. Pedraza Jiménez, “La Gatomaquia, parodia del teatro de Lope de Vega”, Actas del I Congreso Internacional sobre Lope de Vega (EDI-6: 1981) pp. 565-580.

[iv] La Gatomaquia, en Rimas humanas y divinas…, ed. cit., pp. 510-512.

[v] Ibíd., p. 540.

[vi] Ibíd., p. 350.

[vii] Ibíd., p. 448.

[viii] Ibíd., p. 517.

Ilustración: Francisco de Goya, Riña de gatos, Museo del Prado, Madrid

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JOSÉ MARÍA MARCO

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