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Final del “procés”. Fracaso del nacionalismo

Un amigo me cuenta que un sobrino suyo, un niño de ocho años que vive con su familia en una ciudad pequeña de Tarragona, volvió a su casa una tarde, hace muy poco tiempo, diciendo que quería ser español. Si no le dejaban serlo, se iría a vivir con su tío a Madrid. La anécdota es digna de una fábula clásica. La naturaleza vuelve por sus fueros y deshace de pronto todo el artificio que se había querido montar sobre ella.

Las cosas, claro está, no son tan sencillas, aunque en estos días, desde que en el Parlamento de Cataluña se aprobaron sin debate la convocatoria del referéndum y la mini Constitución de la República catalana, hemos asistido a la realización de un experimento extraordinario en nacionalismo y construcción de la nación. Y el resultado ha sido inequívoco.

El nacionalismo no es una forma de patriotismo exaltado. El nacionalismo es una ideología que persigue y promete la construcción de la nación, y no una nación cualquiera, sino la nación redentora y final. Es la senda que el nacionalismo catalán emprendió hace más de cien años, en un momento de crisis general de los sistemas liberales. El intento requería un temple extraordinario: paciencia, visión estratégica, tenacidad… En 1934, sumergido en una República que era de por sí un proyecto revolucionario, el nacionalismo catalán creyó que había llegado el momento de afirmar la existencia de esa Nación. El intento, prematuro y atropellado, le costó al nacionalismo décadas de silencio.

Algo parecido decidieron los nacionalistas en el año 2012, en plena crisis económica, cuando el Estado español parecía a punto de quebrar y la demanda de un trato fiscal especial, a lo vasco navarro, fue acogida por el Gobierno central con una apelación al realismo. Lo ocurrido desde primeros de septiembre es la culminación del “procés” puesto en marcha entonces y los hechos acaecidos desde el 1 de octubre, con la absurda parodia de referéndum, su quiebra definitiva.

Lo que se ha demostrado es que el nacionalismo catalán no ha logrado construir la nación catalana con la que soñaba. Ni el “referéndum” fundó esa entidad mítica pero básica que es el pueblo, el pueblo catalán, ni la proclamación de la república catalana, que es el gesto por el cual la nación se encuentra a sí misma gracias a la creación de un Estado soberano, tuvo efecto apreciable. Los movimientos de protesta han sido escasos, lejos del levantamiento popular, más o menos espontáneo, que tantos habían previsto con temor o con esperanza.

Habrá un nacionalismo irredento que rescate la vigencia del proyecto y afirme que el fracaso del ensayo es tan sólo un nuevo aplazamiento. El nacionalismo volverá a arrancar después de esta derrota y contará ahora con todo el trabajo ya realizado, el que ha llevado al auge del independentismo en la opinión pública catalana. Ahora bien, incluso ese sector reconocerá que lo que se demostrado es la incapacidad del nacionalismo actual para construir la nación.

Hemos podido comprobar, por tanto, que no basta un relato para construir una nación. Las naciones no consisten en relatos. Ni basta el enorme aparato de propaganda de un casi-Estado, como es la administración y el gobierno de la Comunidad de Cataluña, para que ese relato prenda en la realidad. Las naciones no se crean por capricho ni por decisión política. Requieren, para serlo de verdad, otro grado de profundidad y densidad histórica, cultural y política.

Otro tanto ha demostrado, desde la perspectiva opuesta, la resurrección de la nacionalidad española. Habrá quien hable de la reaparición de otro nacionalismo, en este caso del nacionalismo español. Se equivoca. Lo que ha aparecido en estos días, lo que se apuntó en la manifestación del 8 de octubre y en la afirmación española y constitucional ocurrida en todo el país es otra cosa. No aspira a construir la nación española, que es una realidad, y no formula promesas redentoras, ni salvará a nadie ni necesita por tanto excluir y discriminar. Es una manifestación integradora y abierta. Requería el acuerdo explícito de fuerzas políticas que hasta ahora no lograban llegar a un acuerdo sobre este punto. Ocurrido este pacto, que el discurso del Rey permitió visualizar, todo lo demás viene de forma natural. Así como no basta un relato para construir una nación, la nación española ha demostrado su vigencia más allá de la cuestión de la “narrativa”. La demostración es irrebatible e instaura una situación nueva, que los partidos políticos nacionales o constitucionales habrán de tener en cuenta a partir de aquí. Difícilmente se les perdonará el perpetuo flirteo con los nacionalistas que ha llevado a estos a creerse tan poderosos como para fundar una nueva nación… y arruinar de paso la existente, algo que forma parte siempre del programa de cualquier nacionalismo.

Aquí interviene el Estado, Estado de derecho como es de rigor. Los primeros nacionalistas catalanes tenían un profundo respeto por el Estado, que consideraban el primer obstáculo en la creación de su nación. Sólo el poder del que han gozado los nacionalistas en democracia ha llevado a estos a creer que podían dar el obstáculo por superado, hasta el punto de apropiarse de sus instituciones e incumplir la ley. Pues bien, se ha comprobado que la afirmación de la nación (la nación española, se entiende) ha ido en paralelo a la reafirmación del Estado en todas sus competencias: en lo judicial, en lo ejecutivo y, en las próximas elecciones del 21 de diciembre, en lo legislativo.

Tampoco en esto España era un relato mal hilvanado, ni la democracia liberal es más débil y vulnerable que el voluntarismo emocional del nacionalismo. Pase lo que pase el 26 de diciembre, se ha acabado una era en la historia de España y no será posible volver a lo que ahora empezará a parecer un gigantesco artificio en el que el nacionalismo parecía triunfar siempre sobre la nación. La naturaleza, efectivamente, se ha impuesto. Y los relatos y las narrativas han saltado por los aires.

La Razón, 05-11-17

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JOSÉ MARÍA MARCO

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