Felipe VI. Primer año de reinado

La Monarquía tiene muchas ventajas y algún inconveniente. Así hemos tenido la ocasión de comprobarlo en este primer año del reinado de Felipe VI, primer año satisfactorio por bastantes razones y convulso por alguna otra.

 

Continuidad

En cuanto a las ventajas de la Monarquía, la primera es la continuidad. La Corona es el símbolo de la pervivencia de la nación. Garantiza su continuidad mediante un mecanismo institucional ajeno al partidismo político e inmediatamente inteligible para todos. El Rey es un hombre todavía joven, preparado como sólo Alfonso XII lo estuvo en su tiempo, con descendientes que aseguran la Dinastía y una Reina consorte que representa bien a la sociedad española actual. En estos doce meses, ha sabido hacerse con el papel que tiene que representar como símbolo de la esencia histórica de la nación encarnada en la realidad de un país moderno.

Curiosamente, es en este primer año de reinado cuando han quedado demostrados los límites de la empresa de nacionalización de Cataluña por parte del nacionalismo catalán. La seudo consulta del 9 de noviembre dejó claro que el nacionalismo sólo ha convencido al tercio del electorado. Por su parte, Felipe VI, con una presencia intensa y continua en Cataluña, ha cumplido el papel que le corresponde como jefe del Estado y representante de todos los españoles. No es tan seguro, en cambio, que las fuerzas políticas hayan sabido aprovechar esta ocasión de apuntalar la nación española que le ofrecía la renovada institución monárquica, que es, por naturaleza, ajena al nacionalismo. El gran símbolo de la España moderna, abierta, plural y tolerante, sigue sin ser utilizado como podría serlo.

 

Estabilidad y recuperación

Una vez pasado el primer momento –muy delicado- del cambio en la jefatura, la Corona ha vuelto a demostrar otra de sus virtudes: ser una fuerza de estabilidad. La madurez de Felipe VI y su evidente sentido político ha demostrado hasta qué punto la Monarquía es una fuente de seguridad. No hay una relación de causa, pero tal vez sea difícil imaginar una recuperación económica como la que está teniendo lugar sin una jefatura del Estado consolidada. Es el telón de fondo sobre el que los mecanismos puestos en marcha por el gobierno han podido dar fruto. Los más de 400.000 puestos de trabajo creados en 2014, un crecimiento de casi el 3% en los últimos meses de ese mismo año, las nuevas empresas, el aumento en la productividad y la recuperación de la confianza son algunas de las realidades que han permitido que este primer año haya sido muy distinto de los anteriores. Hoy ya se puede decir que la crisis ha quedado atrás y aunque haya todavía grandes incógnitas, como la duda o la situación griega, no es aventurado afirmar que el reinado de Felipe VI ha arrancado con buen pie.

 

Transparencia

El propio monarca ha contribuido a esta nueva situación al comprender que su reinado debía responder a una opinión pública que requiere una actuación más exigente y responsable en la vida pública. La batería de medidas de transparencia y rendición de cuentas adoptada por la Casa Real en estos meses permite comprender hasta qué punto Felipe VI ha sido sensible a estas demandas. Al principio de su reinado, Don Juan Carlos y Doña Sofía evitaron la creación de una Corte que les aislara de la sociedad, que era su principal aliado. Ahora Don Felipe y Doña Letizia han dado otro paso y, dentro de la relativa austeridad que ha caracterizado a la Casa Real española, la han aproximado a la ciudadanía, han respondido a las demandas de esta y están actuando como un modelo para el resto de las instituciones del Estado. Esta contribución a la credibilidad de las instituciones ha sido decisiva en estos meses. Refleja bien, por otro lado, los nuevos planteamientos que rigen la vida pública en nuestro país. No habrá sido fácil, teniendo en cuenta el peso de las costumbres y la densa imbricación de lo personal, lo familiar y lo público que caracteriza a la Corona.

 

La nueva era y la segunda Transición

En este punto aparece también alguno de los inconvenientes de la Monarquía. En principio, el relevo en la Corona no debería causar problema alguno. Al revés, es el símbolo de la renovación del país y conduce naturalmente a la celebración de la continuidad. En las circunstancias políticas en las que se ha producido este relevo en España, el cambio cobra un significado algo distinto. Efectivamente, el relevo en la Corona ha coincidido con el desprestigio de algunos agentes políticos, en particular los partidos que han gobernado nuestro país en estos años. Aún peor, estos partidos han hecho suyo un discurso y una actitud de renovación al mismo tiempo que surgían otros que encarnan naturalmente, sin necesidad de representarla, esta nueva manera de estar en la vida pública.

Así que lo que debía haber sido un símbolo que aunara renovación y continuidad corre el riesgo de estar convirtiéndose en el símbolo de un cambio profundo de decorado, de actores y de guión. En otras palabras, nos estamos regenerando y, como era de prever, todo lo que hasta aquí tenía vigencia empieza a parecer desfasado. Es fácil comprobar hasta qué punto el panorama se ha polarizado en muy pocos meses. De pronto, se diría que ya no hay personas adultas: hay jóvenes y mayores, por no decir viejos. También han desaparecido las clases medias: hay ricos y pobres, y barrios de gente rica y otros de gente pobre. Y así todo. La sociedad parece estar dividiéndose aceleradamente según líneas de fractura que hasta ahora no tenían la dimensión política que acaban de cobrar. Más inquietante aún: buena parte de los medios de comunicación se ha sumado con entusiasmo a la celebración de esta nueva era como si fuera una segunda Transición, cuando lo que está en juego, seguramente, es el espíritu de pacto y tolerancia que presidió la única transición que hemos tenido.

Desde esta perspectiva, y si los grandes partidos no reaccionan con claridad y decisión antes de las próximas elecciones, es posible que este primer año del reinado de Felipe VI haya presenciado los primeros pasos de un nuevo sistema político. Como ha declarado Pablo Iglesias sin que nadie le haya contestado, los partidos tradicionales están en trance de convertirse en los nuevos partidos antisistema. Son ellos los que obstaculizan el surgimiento de la sociedad española regenerada mediante fórmulas inéditas de socialización, participación y ciudadanía.

Paradójicamente, el experimento adquiere verosimilitud gracias al crecimiento económico, la salida de la crisis y la estabilidad institucional proporcionada por la Corona. Así que el primer año del reinado de Felipe VI ha demostrado la solidez de las instituciones, así como la fortaleza y el dinamismo de la sociedad española. Ahora bien, si las cosas siguen como están evolucionando en estos meses, también habrá abierto una etapa en la que lo que era marginal y esperpéntico hasta hace pocos meses resulta ya de una seriedad absoluta.

La Razón, 18-06-15