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Historia e identidad

En nuestro país existe un consenso férreo sobre la historia de España… en el discurso y los círculos oficiales. El consenso responde, más o menos, a una combinación de la visión de la izquierda republicano-socialista (antes comunista) con la del falangismo nacionalista. Últimamente se está enriqueciendo con nuevas aportaciones sobre el fracaso del llamado nacionalismo español, nuevo avatar del clásico fracaso del liberalismo o de la burguesía española. Fuera de los círculos oficiales, el consenso no existe. En este universo paralelo -que, por su parte, tampoco existe para los encargados de elaborar y difundir la historia oficial-, casi todo lo que procede de estos es acogido con recelo. Así están las cosas.

 

A veces creemos que esta situación es propia de nuestro país y que en ninguna de las naciones con democracias liberales asentadas existen rupturas tan profundas en la historia y, por tanto, en la identidad del país. Es una equivocación. En Estados Unidos se ha elaborado un nuevo marco que a partir de ahora organiza y precisa los contenidos de lo que se enseña sobre la historia del país en las escuelas. La propuesta está suscitando un debate, que crece por momentos, acerca de una forma de contemplar la historia norteamericana en la que no se hace diferencia entre las diversas tradiciones culturales que integran la identidad (o las identidades) del país. Igual de relevantes y básicas son las de los pueblos nativos, las de los afroamericanos, o las de los protestantes europeos y anglosajones. De hecho, estas resultan sospechosas.

En Francia, donde se está desarrollando un debate sobre la identidad nacional, se encargó a una comisión especial, ni exclusivamente técnica ni política, de elaborar algo parecido. El resultado está provocando una tormenta aún más fuerte que en Estados Unidos. El debate, con múltiples derivadas, se concentra en la idea de que la elaboración de la nación francesa ha sido un perpetuo ejercicio de agravios para todos aquellos –dentro y fuera del país- que esa construcción dejó, presuntamente, al margen.

Se dirá que estos problemas están muy alejados del nuestro y que en los dos países, el debate alcanza una franqueza con la que aquí ni siquiera soñamos. Cierto, pero el fondo del debate no es tan diferente. Se trata de la reformulación de las identidades nacionales según parámetros nuevos, más allá de los clásicos de la comunidad cívica y las tradiciones occidentales. Sería importante hacerlo de forma integradora y, en lo que a nosotros concierne, sin dar por supuesto lo que es, por lo menos, digno de ser debatido.

La Razón, 20-06-15

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JOSÉ MARÍA MARCO

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