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Miguel de Unamuno. La España celestial

 

 

MIGUEL DE UNAMUNO (1864-1936)

La España celestial

 

 

De La libertad traicionada, Planeta, 1997

 

A las nueve y media de una mañana soleada de julio, con perfecta visibilidad, empezaron a salir de la boca del canal que comunica el puerto de Santiago de Cuba con el océano los barcos que formaban la escuadra española al mando del almirante Cervera. Esperándoles en un gran arco se habían situado los barcos norteamericanos: el Vixen, el Brooklyn, el Iowa, el Texas, el Oregon, el Indiana, el Gloucester y, un poco alejados, el Erikson y el New York. La escuadra española llevaba encerrada en Santiago desde el 19 de mayo. El almirante Cervera no había querido aprovechar ninguna de las ocasiones de salir que se le habían presentado. Sólo lo hizo el 3 de julio, urgido por una orden terminante del capitán general de Cuba.

 

Salió primero el María Teresa, un crucero de 7.000 toneladas que fue incendiado por el Brooklyn y el Iowa. Los demás fueron destruidos a medida que iban apareciendo, uno tras otro.. La batalla, escribió un almirante norteamericano, “degeneró en partida de caza” en la que quedaron destruidos todas las naves españolas: además del María Teresa, el Cristóbal Colón, el Pizarro, el Almirante Oquendo, el Plutón y el Furor. Ninguno de los barcos norteamericanos resultó seriamente dañado y entre sus tropas hubo que lamentar un solo muerto y un herido. Por parte española, hubo 383 marinos muertos y 150 heridos.

Miguel de Unamuno, entonces profesor de griego en la Universidad de Salamanca, decidió pasar aquellos días en el campo. Huyendo de las habladurías de las tertulias, de los rumores de crisis política, del estruendo de los periódicos, se refugió en algún pueblo castellano. Allí pudo contemplar a su sabor el paisaje, las labores agrícolas, el inmutable paso de las horas. En aquel mundo, la hecatombe de la escuadra española en Cuba era una nimiedad. Qué significa la patria, el dominio del mar o el poder político en un espacio de una vastedad tal que no conoce fronteras ni límites temporales y cuyas únicas medidas son el universo y la eternidad… Allí la labor callada de los campesinos se acompasa al ritmo inmutable y regular de los astros y de la tierra. Todo es quietud, todo silencio y fecundidad. La Historia, simple temblor de superficie, queda anulada ante esa otra dimensión, más honda y más fértil que los abismos de los océanos.

Es posible que Unamuno no fuera jamás al campo en aquellos días y que todo eso de la contemplación de las labores de labranza y el movimiento de los astros no sea más que un cuento inventado a propósito. O tal vez se fue al campo publicitando su salida, dándola a conocer en su familia, su tertulia, la Universidad y a ser posible en la prensa. Sea lo que sea, hoy conocemos muy bien lo que quería que se pensara de él. Que Miguel de Unamuno meditaba en la naturaleza y la vida eterna justo en aquellos días en que se cerraba un ciclo histórico asombroso: el de la salida al mundo de los españoles, la construcción de un imperio como jamás se había visto ni se volvería a ver, unido por la monarquía, la lengua y la fe, y luego el lento decaer y el retorno triste a las mínimas fronteras peninsulares.

Muchos sabían ya lo que Unamuno pensaba del episodio final de aquella historia. La patria, según escribió entonces una y otra vez, es un engaño, una pura y simple mentira. Sólo existen los intereses económicos de los terratenientes, los industriales y los propietarios de la deuda pública. Quienes invocan los altos deberes para con la patria no hacen más que defender los privilegios de los capitalistas. Derramar la sangre en defensa de la nación es dar la vida para que engorden los cínicos y los explotadores.

Unamuno había ingresado en la Agrupación Socialista de Bilbao en 1894, tras profesar su creencia en “el socialismo limpio y puro, sin disfraz ni vacuna, el socialismo que inició Carlos Marx con la gloriosa Internacional de trabajadores” [Carta a Valentín Hernández, 12 oct. 1894, Pérez de la Dehesa, 53, Escelicer IX 476]. Unamuno comulgaba con los ataques a la ideología dominante (los obreros intelectuales, decía, “han servido de guardia civil al capitalismo burgués” [Ibíd.]), arremetía contra el interés individual y el liberalismo “manchesteriano” y describía un futuro de paz y bienaventuranza en el que la instauración del socialismo cobraba los rasgos de una revelación religiosa.

La fe era tan sólida, la adhesión tan firme, que el creyente llegaba aún más lejos de lo que le pedía el Partido Socialista Obrero Español. Allí donde el PSOE preconizaba la abolición de privilegios ante la milicia, Unamuno abogaba pura y simplemente por la disolución del Ejército y lo que hoy se llamaría la insumisión generalizada. En otras palabras, dada la situación bélica de aquellos momentos, se trataba de una rendición sin lucha. La perspectiva, utópica, ajena a la realidad histórica, política o incluso humana, era positivamente revolucionaria y exigía, tal como preconizaba el propio Unamuno, la desaparición del concepto mismo de patria.

En defensa de su ideal universalista, Unamuno atacó de frente toda una corriente de pensamiento que en los últimos años se había mostrado muy firme en la defensa de la tradición española. El propio Unamuno había sido discípulo de Menéndez Pelayo, uno de los grandes mantenedores de la causa española, que reivindicaba la originalidad de la cultura hispánica y la de su aportación a la universal, defendía el catolicismo como religión nacional y se enorgullecía de la continuidad histórica restaurada por Cánovas. Contra ellos precisamente, contra lo que su obra representaba, y contra la Restauración política e ideológica escribió en 1895 los cinco ensayos que componen En torno al casticismo. Es una obra de lectura ingrata. Unamuno, pletórico de energía juvenil y obsesionado con meter ruido, mezcla sin muchos escrúpulos motivos disparatados.

Pero sí que se advierte, en cambio, el fundamento de su pensamiento de aquellos años: la negativa a reconocerse en la tradición española, a la que acusa de esterilidad, de sequedad e inhumanidad. Ni un solo lugar común progresista dejó Unamuno por tocar. Castilla, creadora de la unidad española, la ha marcado con su espíritu de dureza e intransigencia; Calderón, el más insigne representante de nuestra literatura nacional y castiza, simboliza en la rígida abstracción de sus artificios dramáticos la unión nefasta del trono y la fe; el realismo de nuestra expresión artística carece de finura y de sentimentalidad y traduce nuestra incapacidad para el matiz y la delicadeza; el único lazo social que une a los españoles es una moral externa, jesuítica, a un tiempo inflexible y anárquica; nuestro individualismo y nuestra pereza nos impiden la solidaridad y la cohesión social; nos gobierna un concepto monstruoso del honor y de la razón de Estado, impermeable a la emoción y al razonamiento; despreciamos el saber, fundados en la absurda convicción de que somos el pueblo elegido de Dios; la Inquisición, flor del espíritu español, nos apartó de Europa y hundió a España en la estéril rebusca de la casta original, que sólo existe en las mentes de los fanáticos.

En pocas palabras, y como escribió en 1897 en un artículo publicado en el periódico socialista La Lucha de clases, “vivimos en un régimen de mentira”. Es mentira el régimen monárquico, en el que nadie respeta al rey ni a la regente María Cristina (a la que siempre distinguió Unamuno con su más escogida antipatía); es mentira la religiosidad del pueblo español, uno de los más irreligiosos del mundo; es mentira la ciencia española, primero porque la ciencia no tiene nacionalidad y después porque en España somos (desde la Inquisición) alérgicos al discurrir; es mentira nuestra instrucción pública, impartida por funcionarios irresponsables; es mentira nuestro arte y nuestra literatura, plagados de prestigios falsos, y es mentira, al fin, nuestra economía, pura “sofistería del proteccionismo nacionalista y patriotero” [“Régimen de mentira”, 1897, OC, ESC IX 701].

Es difícil imaginar una puntura más negativa de la actualidad, la historia y la tradición españolas. De tomar en serio al Unamuno de estos años, se deduce una sola recomendación: hay que olvidar todo lo que tenga que ver con España, y cuanto antes. No será ese el camino que él mismo emprenda. En tan negra y pavorosa situación –en trance de perderse las últimas provincias de ultramar y en crisis la idea tradicional de la patria-, Unamuno imagina dos vías de salida. La primera, hacia la superación de las naciones. La segunda, en la dirección opuesta: es decir, en la adhesión sentimental a la patria local o regional.

En el fondo, es lo mismo. Si de algo vale la nación, no es por su capacidad para distinguir o diferenciar. Esa es la tarea del casticismo, que nada tiene que ver lo nacional, Muy al contrario, la nación, o si se quiere la patria, ha de permitir el acceso del individuo a la categoría de hombre: la nación otorga al individuo su dimensión humana, universal; la nación hace hombres a quienes de otro modo son seres primitivos, próximos todavía al reino animal.

De forma coherente con su muy publicitado internacionalismo, Unamuno insistirá ahora en su adhesión a la cultura europea. En la disputa entre casticistas y europeístas, Unamuno escoge sin dudar el partido proeuropeo de Joaquín Costa. Hay que abominar de cualquier intento de salvar la pureza de la casta. De hecho, España perdió su camino por haberse alejado de la vía europea y sólo Europa puede salvarla ahora del trance agónico en que se encuentra. En vez de cerrar las fronteras, hay que borrarlas: que corra el agua estancada y podrida, que entre el aire fresco, que salte la costra y se oreen las heridas purulentas.

Pero Unamuno no olvida la segunda solución a la crisis del patriotismo: la del repliegue hacia adentro. El regionalismo será positivo si, en vez de obsesionarse con lo que distingue a los regionales, en vez de encerrarse en lo que se acabará por llamar el hecho diferencial, eleva la particularidad a categoría universal. Lo mismo vale para lo estrictamente local, y Unamuno hablará en más de una ocasión de la posibilidad (más aún, de la necesidad) de escribir una historia universal de, por ejemplo, Orbajosa de la Sierra. Su interés por esa otra vía de superación de la patria nacional se manifiesta en la reflexión, la descripción y el recuerdo nostálgico de su Bilbao natal y del País Vasco (en el que no volvió a vivir desde los veinticinco años). Es en esta época cuando Unamuno se entretiene elaborando minuciosos cuadros de costumbres bilbaínas y describiendo con un amor que más de una vez parece postizo, el paisaje fresco y jugoso de su país.

Había nacido en 1864, cuatro años de la revolución septembrina, en una familia bilbaína liberal. Su abuela doña Benita era una de esas decididas españolas del siglo XIX, leales con toa el alma a la causa de la libertad. El padre de Miguel había hecho una pequeña fortuna en México, de donde volvió para casarse e instalarse definitivamente en Bilbao. Muerto joven, le enterraron en el antiguo cementerio de Mallona, donde los liberales bilbaínos conmemoraban cada 2 de mayo el triunfo de su causa en el año 1874. El propio Miguel, apenas cumplidos los diez años, fue testigo del asedio y el bombardeo con que las tropas carlistas, representantes del tirón rural castizo de la sociedad española, castigaron durante meses la ciudad. Siempre que habló en la sociedad El Sitio, uno de los altos lugares del liberalismo vasco y español, recordaría aquella gesta y otra muy anterior: la de la resistencia de la ciudad liberal en la primera guerra carlista.

Pues bien, este hijo y nieto de liberales, convertido al socialismo a los treinta años, encontró también por entonces unas palabras de elogio para el carlismo. Bien es verdad que era un movimiento algo extraviado en lo político, pero en lo social traducía el anhelo profundo de un pueblo que, como el español, siempre había permanecido fiel a un ideal colectivista e igualitario. Poco antes, Unamuno, entusiasmado con el descubrimiento del pueblo y lo popular, había participado en una investigación organizada por Costa con un estudio cientifista y riguroso sobre la organización social, política y económica en Vizcaya.

El socialismo de Unamuno está aquí a punto de convertirse en esa etapa casi obligada en el trayecto de muchos liberales en trance de adhesión al conservadurismo. Antes de lanzarse a cantar las excelencias de la costumbre y la tradición, hay que pasar el sarampión socialista, con su crítica a la libertad individual y abstracta que impone el devastador e inhumano racionalismo (léase irracionalismo) capitalista. En estos momentos, Unamuno podía haberse convertido en el gran teorizador que el nacionalismo vasco, a diferencia del conservadurismo catalán, no tuvo nunca. Pero, como se sabe de sobra, no fue ese el camino emprendido.

A pesar de su amistad con Sabino Arana, fundador del Partido Nacionalista Vasco, Unamuno se distancia muy pronto de cualquier reivindicación nacionalista. Contrario a la patria española, la vasca, con sus fantásticos postulados sobre la pureza de la raza o la mitología autóctona, le parece irrisoria. Habiendo rechazado con los términos más duros una tradición de muchos siglos, ¿cómo iba a tomar en serio otra que acababa de inventar sus símbolos? Unamuno, como Maeztu, recordará siempre que Euskadi, el nuevo nombre de la patria vasca, era un término inexistente en su juventud. Y no está de más relacionar su salida del País Vasco con el surgimiento del nacionalismo.

Y es que para Unamuno, todo eso, el nacionalismo vasco, el carlismo, el casticismo español, son meros disfraces, insignificantes distracciones, frivolidades que hay que desechar para alcanzar lo único que cuenta, eso que está más allá de todo el ruido y del tráfago de la historia: el silencio donde se fragua la fecundidad eterna, los ciclos inmutables de la vida, allí donde lo popular se confunde, en la anulación del paso del tiempo, con la naturaleza. Es lo que Unamuno –un Unamuno confesadamente marxista, recuérdese- llama la intrahistoria.

“Las olas de la historia, con su rumor y su espuma que reverbera al sol, ruedan sobre un mar continuo, hondo, inmensamente más hondo que la capa que ondula sobre un mar silencioso y a cuyo último fondo nunca llega el sol. Todo lo que cuentan a diario los periódicos la historia toda del ‘presente momento histórico’, no es sino la superficie del mar. Los periódicos nada dicen de la vida silenciosa de los millones de hombres sin historia que a todas horas del día en todos los países del globo se levantan a una orden del sol y van a sus campos a proseguir la oscura y silenciosa labor cotidiana y eterna, esa labor que como las madréporas suboceánicas echa las bases sobre que se alzan los islotes de la historia. Esa vida intra-histórica, silenciosa y continua como el fondo mismo del mar, es la sustancia del progreso, la verdadera tradición, la tradición eterna, no la tradición mentida que se suele ir a buscar al pasado enterrado en libros y papeles y monumentos y piedras.” [En torno al casticismo, AA, III, 185]

Por una parte está Europa, es decir, los nuevos aires, la modernidad, el vivir en su tiempo, recuperar los siglos perdidos, situarse otra vez en el ámbito que a la cultura española le es propio. Y por otra, ese espacio de tradición eterna que garantiza la autenticidad. El verdadero pueblo está por descubrir, sepultado bajo la espesa capa de falsa historia y falsa tradición que es el casticismo. Si somos capaces de romper esta, si sabemos reconocer lo que debemos a esa inmensidad olvidada de la historia, no habremos de tener miedo a abrirnos a Europa. Al contrario. El contacto con la intrahistoria, el reconocimiento de la deuda que con ella tenemos nos garantiza que por mucho que nos “europeicemos”, nunca romperemos el hilo con nuestra verdadera tradición. Salir de nosotros mismos, “europeizarnos”, equivale justamente a destruir la costra que nos atenaza. Sin eso, nunca nos será dado escuchar, y menos aún entender, el silencio de la eternidad. Cuando mayor confianza dice Unamuno tener en la tradición de su pueblo es cuando más preconiza la apertura al exterior.

En el fondo, y como en el caso del socialismo, se trata de una cuestión de fe. El vocabulario, el tono de la reflexión, la propia actitud de este Unamuno en éxtasis ante el altar del pueblo español, evocan el universo de la fe religiosa. Y es que en esa idea de España, en esa imagen admirable de la verdadera tradición española, Unamuno vuelca durante los años previos al Desastre un anhelo religioso siempre latente, que va a acabar por hacer crisis en marzo de 1897.

La madre de Unamuno, como buena esposa de familia liberal española, había educado a sus hijos en el catolicismo estricto. El joven Unamuno perteneció durante largos años a la Congregación de San Luis Gonzaga. Su llegada a Madrid en septiembre de 1880, para estudiar Filosofía y Letras, no destruyó la creencia. Como vivía entre la calle de Montera y la de Fuencarral, cerca de la Puerta del Sol, siguió asistiendo a los oficios religiosos en la vecina iglesia de San Luis de los Franceses. Pero un día de 1883 la fe se apagó. Tal como Unamuno lo sugiere, no hubo ningún drama. Simplemente dejó de ir a misa hasta que, de nuevo en Bilbao, la presencia de su madre le hizo sentirse obligado a reanudar una práctica religiosa formal.

En esta indiferencia religiosa, muy de su tiempo, transcurren estos años fundamentales de su vida: sus varias oposiciones, la obtención de la plaza de profesor de griego en la Universidad de Salamanca, en 1896, el traslado a la ciudad castellana, y la boda con Concha Cilárraga, que intentará en vano, según afirma Unamuno, civilizar un poco a su marido. Empieza así una vida regular (de casa a la universidad, de la universidad a la tertulia), no exenta de algún drama, como la enfermedad incurable del pequeño Raimundo Jenaro, que inspiró a su padre un poema patético y conmovedor. Con la vida resuelta, como se dice, asegurado de su destino como funcionario del Estado español Unamuno se empezará dar cuenta de lo que significa de verdad la pérdida de la fe que apenas pareció afectarle, de tan benigna como fue la crisis en su juventud.

Una noche de marzo de 1897, se produce la crisis de verdad. Unamuno, en presencia de su mujer, sufre su personal iluminación y, tras varias horas de llanto, se encierra en el convento de los dominicos de Salamanca En los meses siguientes creyó, o al menos quiso creer con sinceridad y humildad. Estos días en los que rebrota la fe cristiana coinciden con unos momentos críticos en la historia de España. En 1895, Unamuno se había prosternado en público ante la labor callada de una humanidad ajena al transcurrir del tiempo y a la historia. Ante la perspectiva de la guerra, llega la ocasión de reivindicar a ese pueblo callado y silencioso que trabaja lejos del ruido del acontecer histórico. Unamuno lo va a hacer, como era de esperar, de la forma más exaltada y provocadora posible: con su grito “¡Muera Don Quijote!”

Lo que quería era inducir a sus compatriotas al trabajo silencioso y humilde. Los españoles debían renunciar a la España caballeresca, a la España histórica de los falsos prestigios de Otumba, Lepanto o Pavía. En vez de continuar la historia de España, como había querido Cánovas, “lo que hay que hacer es acabar con ella, para empezar la historia del pueblo español”. España, la España oficial, no es más que un “fantasma histórico simbolizado en una tela de colores” que oprime y esclaviza la verdadera vida encerrada en el pueblo. [OC, ESC VII, 1.194]

El “¡Muera Don Quijote!” fue seguido días después por un “¡Viva Alonso el Bueno!” en el que Unamuno expresaba, una vez más, su fe en el pueblo español. Este último ensayo fue publicado el 1 de julio de 1898, justo dos días antes de la derrota de Santiago de Cuba. Las glorias españolas –como el Cristóbal Colón, el Pizarro y el Furor– concluían en aquella matanza, que daba a las consignas de Unamuno un sentido nuevo. A pesar suyo, el grito de fe en el pueblo español traducía otro diagnóstico, el de la ruina de España, pero una ruina completa, de la que no se salvaban ni la España histórica y oficial, ni la otra, la España popular, intrahistórica y, al decir de Unamuno, eterna.

Y es que el año 1898 es también, en la trayectoria espiritual de Unamuno, la de la pérdida definitiva de la fe. Renovada la creencia en 1897, el momento de euforia apenas duró unos meses. La confianza en un Dios benévolo y redentor vuelve a desvanecerse pronto y ya nunca volvió Unamuno a recuperarla, a pesar de toda su nostalgia y toda su voluntad de creer. La ruina de la fe cristiana coincidía en el tiempo con la ruina de la patria.

Para Unamuno, en aquellos dos años de 1897 y 1898, todo había vuelto a florecer y de nuevo todo se había hundido. Ahora sabía lo que significa de verdad dejar de creer. Dios es la trascendencia que salva a las cosas de la inanidad. Y el Dios cristiano, el Dios hecho hombre, es el que humaniza el mundo y espiritualiza la naturaleza, incluida la naturaleza humana, en una empresa de salvación guiada por la conciencia del hombre, es decir por su capacidad para discernir el bien del mal y así dar sentido a su propia conducta. Sin Dios nos hundimos, literalmente, en la insignificancia.

El problema de la vida eterna responde a la misma angustia. Si morimos del todo, si no nos espera la resurrección, si la eternidad es la nada, entonces esta vida destinada a desaparecer en el silencio no tiene sentido. Sin la perspectiva de la resurrección y la posible salvación, la vida carece de sentido. Unamuno, educado en un positivismo del que jamás logró –ni quiso- desprenderse, no concibe nunca que la muerte puede ser también aquello que dé sentido y forma a una vida que de otro modo, precisamente por ser eterna, se hundiría en la insignificancia más completa. La muerte sin Dios devuelve al hombre al estado de pura naturaleza, a la más completa bestialidad. En el mejor de los casos, el ser humano es un náufrago perdido en un océano de formas eternamente cambiantes, sin posible jerarquía ni dirección.

Este dramatismo, acentuado por lo que su carácter tenía de impulsivo y extremoso, explica la elección de Unamuno en estos momentos cruciales de su vida. Ante la pérdida de la fe, podía haber optado por aceptar la nueva situación. Habría intentado así hallar un nuevo sentido a la vida, fuera de la fe cristiana, o se habría apartado de un tema doloroso para dedicar su arte y su saber a otros asuntos. Más adelante expresará su nostalgia de esta posibilidad, al hablar de la fe de los demás pueblos europeos en la vida, una vida que conciben como un bien en sí, sin necesidad de significado trascendente. [“Divagaciones sobre la resignación y el esfuerzo”, 1 mayo 1911]

Hoy resulta inimaginable ese Unamuno laico, civilizado, moderno… europeo. El otro Unamuno, el que prevaleció, el único verdadero, ya lo había decidido todo cuando tomó la palabra en lo que iba a ser su primera intervención pública tras la crisis de 1897. Como ya tenía un nombre y una reputación sulfurosa, su conversión había dado pie a toda clase de rumores, muchos de ellos malintencionados. Para responder a la expectación, Unamuno eligió la tribuna del Ateneo de Madrid, que algún cura había llamado el “blasfemadero de la calle de la Montera”, y dejó estupefactos a los asistentes al leer lo que llamó una “meditación evangélica” sobre Nicodemo, el fariseo que, según el Evangelio de San Juan, no se atrevió a revelar su fe en Cristo.

Con Unamuno llegaba otra vez el escándalo. Descartada la fe, pero descartada también la reconciliación con un mundo sin Dios, sólo le quedaba u camino. Hacer lo que hizo Nicodemo el fariseo, pero al modo moderno: negar el descreimiento y proclamar una fe inexistente, a la espera tal vez de una segunda iluminación. Pero Unamuno era demasiado impulsivo para aceptar sin más el papel del hipócrita. Tenía que hallar otra vía para salir con dignidad de aquel atolladero. Y la encontró: así fue como presentó el descreimiento como un conflicto y la fe como el anhelo de la fe. Para consolarse de la pérdida de la fe, Unamuno finge que creer es querer creer, como afirmó en uno de sus retruécanos más célebres. La fe yo será ya creer lo que no vimos, como decía un catecismo popular, sino crear aquello que no vemos.

El más simple sabe que eso no es cierto. La fe no es la voluntad ni la nostalgia de la fe, y por mucho que el deseo de creer nos acerque a la fe verdadera y tal vez llegue incluso a entreabrir una puerta, no la sustituye. Unamuno nunca pudo engañarse a sí mismo, aunque lo intentó sin tregua, y buena parte de su obra se hunde en ese sumidero de insinceridad, autocompasión, trances afectados y quejas escasamente viriles, aunque muy masculinas.

Pero ese es el precio que debía pagar por cumplir con su misión. En 1900, alcanza el rectorado de la Universidad de Salamanca. Entonces, garantizado el reconocimiento social, se consolida para siempre su imagen de cuáquero, vestido de negro, con el cuello blanco de clergyman y la barba recortada. Ya está cuajado el personaje Unamuno: puritano, de mirada soberbia, resentido contra un mundo que le ha arrebatado la fe y con ella la posibilidad de la felicidad.

Sobre las ruinas de la fe y las ruinas de la patria se alza esa figura tremenda que se quiere tremenda y que recuerda a sus compatriotas, una y otra vez, la religión que ha perdido. Les recuerda que son hombres, que están condenados a serlo y que sin la fe no son más que eso, seres insignificantes y doloridos, apenas dotados de una conciencia vacilante y errática. La voz de Unamuno proclama que existe otra realidad, de la que es testigo su incansable deseo de ser salvado, su inagotable dolor ante la miseria presente. Él está ahí para evitar que desaparezcamos en la completa oscuridad, el definitivo sinsentido. Es la exhibición de su dolor la que ilumina, aunque sea débilmente, las tinieblas en las que como seres humanos nos hallamos.

Unamuno ha descubierto su misión, que no es salvarnos, sino inducirnos a que nos salvemos, recordarnos que podemos salvarnos. Y esa misión la cumple azuzándonos, recordándonos nuestro dolor, evitando que nos dejemos arrastrar por la insignificancia. El amor más grande, el que es capaz de salvación, sólo se logra de una forma: abriendo la herida, negándose a que esta cicatrice, hurgando más y más en la llaga. Condenados a la falta de fe, sólo nos rescata el recuerdo de esta, que es, por el solo hecho de ser tal, padecimiento y dolor. Por eso sólo el amor imposible, el amor que hace sufrir, es fecundo. En el fondo, el sufrimiento es la única expresión posible del amor.

En uno de los capítulos más hermosos de La vida de Don Quijote y Sancho, Unamuno, dirigiéndose directamente al hidalgo, le recuerda que la energía para acometer sus empresas nace de un amor imposible, nunca declarado. Le induce luego a confesar que todas las aventuras, toda la gloria conquistada, todo el esfuerzo derrochado en dejar nombre de sí y conquistar una sombra de inmortalidad, no valen lo que habría valido un solo beso de Dulcinea. Pero ese beso, ya lo sabemos, es la perdición. Sería como aceptar la inexistencia de ese impulso que nos encamina a la vida eterna y nos salva de la insignificancia. Negar, por tanto el ser divino.

En su Tratado del amor de Dios, publicado en 1912 con el título El sentimiento trágico de la vida, Unamuno volverá de nuevo a ese tema, que es el más hondo de toda su obra, y que no describe, como él mismo quiso dar a entender, la contradicción entre la fe y la razón, sino la tragedia de una existencia que sólo adquiere un asomo de sentido mediante el recuerdo doloroso de la fe perdida.

Por eso vuelve una y otra vez a un episodio del Quijote, el de la aventura de las imágenes, “una de las más dulces y suaves” al decir de Sancho, cuando don Quijote y su escudero encuentran a unos labradores que llevaban, para colocarlas en el retablo de su aldea, unas imágenes de San Jorge, San Martín, San Diego Matamoros, “patrón de las Españas”, apostilla Cervantes, y San Pablo. El hidalgo expresa entonces su tristeza: “Ellos fueron santos y pelearon a lo divino, y yo soy pecador y peleo a lo humano. Ellos conquistaron el cielo a fuerza de brazos, porque el cielo padece fuerza, y yo hasta ahora no sé lo que conquisto a fuerza de mis trabajos”. (Don Quijote, II, cap. 58).

Es una auténtica confesión, y tan bien le viene a Unamuno que no tiene que cambiar ni una coma del texto de Cervantes. La misma pesadumbre, la misma nostalgia… y el mismo personaje, porque este, el Caballero de la Fe, va a ser la figura elegida por Unamuno para retratarse y describir su misión. Muy sensible a lo que en don Quijote hay de desdicha y de angustia, hace del hidalgo manchego un desesperado que busca aventuras no porque crea, sino porque ha dejado de creer. En su glosa al arrogante “Yo sé quién soy” con el que don Quijote, molido y apaleado, replica al intento de un labrador por devolverle a la cordura, Unamuno insiste en lo que en el heroísmo del hidalgo hay de pura voluntad: don Quijote sabe demasiado bien quién es él y ante quién ha de responder de su empresa de redención.

Esa figura grandiosa y trágica, la de un don Quijote crucificado entre la conciencia de su insignificancia y la misión que sólo a él le ha sido revelada, es la que Unamuno gusta de imaginar para sí mismo. Es la de un profeta, esos hombres que decían no lo que va a ocurrir, sino lo que está ocurriendo en verdad; los que ponen en evidencia el sentido de las cosas y las vidas de los hombres; los que desvelan lo que en ellas hay de trascendente y por eso mismo perturban y destruyen la quietud de una realidad que tiende siempre a ensimismarse, concentrarse en su propio ajena a cualquier interrogación trascendente, feliz, en una palabra.

En años anteriores, el silencio de la intrahistoria, como el de los fondos marinos, parecía de una fecundidad inagotable. Pues bien, ahora ha cobrado resonancias siniestras. No es ya el silencio denso y preñado de vida cósmica, ajena al estruendo de la historia, sino el silencio de la nada, de la falta de sentido, de la muerte interminable. Perdida la fe y la esperanza de la fe, la placidez y el sosiego del abismo resultan insoportables. Unamuno no puede ni quiere escuchar lo que se le antoja signo de la aniquilación eterna.

Antes de 1897, Unamuno había metido mucho ruido para cantar las alabanzas del silencio y la placidez de la intrahistoria. A partir de entonces lo hará para no escuchar ese silencio que le recuerda la ausencia definitiva de Dios. Llegar a su cuarto tras una de sus muchas conferencias es, según dice, garantía de congoja. Entonces se le viene encima todo ese tráfago con el que intenta acallar la presencia obsesionante del silencio de fondo. Por eso no queda más remedio que seguir hablando y escribiendo y provocando.

Con la crisis de 1897 se había terminado, cómo no, la fe en el socialismo. La creencia renovada puso también punto final a las complacencias con el regionalismo y Unamuno, a partir de entonces, adopta una actitud militante en contra de cualquier repliegue localista. En las cartas cruzadas con Maragall, el poeta catalán con el que le unió una gran amistad, insiste en que Cataluña no debe encerrarse en sí misma, sino salir a “catalanizar” España. En la misma línea, aunque bastante más provocadoras, están sus intervenciones en el País Vasco, donde preconizó, en un escandaloso discurso pronunciado en 1901 en Bilbao, la muerte y el enterramiento del vascuence, un idioma arcaico, resucitado sólo por afán erudito, y que no sirve más para exaltar una cábila, una horda primitiva fundada en una imaginaria lealtad étnica.

Unamuno ha vuelto al elogio del liberalismo, pero un liberalismo centralista y fuertemente estatalizado, sin confianza alguna en la sociedad que debía sustentarlo. Unamuno, funcionario al fin y al cabo, y sinceramente convencido de que servir al Estado es una garantía de independencia, afirma que el Estado es la verdadera fuente de cultura, el único organismo capaz de impulsar el progreso espiritual de España. Este Unamuno de tendencias jacobinas se manifiesta también, en estos mismos años, como un partidario muy firme de la empresa colonialista y expone con beligerancia, en particular en un discurso de recuerdo a las Cortes de Cádiz del año 12, su apoyo a la acción militar en África. [Discurso, 24 septiembre 1910].

Se ha terminado cualquier veleidad pacifista. La paz es siempre la paz de los sepulcros. La quietud silenciosa evoca una sola cosa, la muerte y el deshacerse en la insignificancia. Pero antes que eso, cualquier cosa, mejor incluso el infierno. En vez de paz en la guerra, que es el título de su primera novela (que publicó también en 1897), ha llegado la hora de preconizar la guerra, en particular en su forma más cruel y dolorosa, y por tanto más valedera para la causa de la salvación, que es la guerra civil. En su nueva línea doceañista, Unamuno evocará con complacencia la frase célebre de Romero Alpuente, el exaltadísimo liberal del siglo pasado según el cual “la guerra civil es un don del cielo”.

Por supuesto que ya no cree en el pueblo, y menos que nada en el pueblo español. En su contestación a la encuesta de Joaquín Costa sobre Oligarquía y caciquismo constata que el cacique es el único núcleo activo, y por tanto la única esperanza de progreso en la arcaica sociedad española. El español es un pueblo animalizado, fanático, analfabeto y brutal. Cualquier democracia que apele al buen criterio de ese pueblo ignorante está condenada al desastre. Lo único que los españoles saben de política, y lo único que les interesa saber, es lo que el cacique les manda. Ahora Unamuno, amparándose en su credo liberal, niega la virtud del sistema democrático. El pesimismo sobre su país es completo: “A esta pobre España de hoy ni vil podemos llamarla. No llega a la vileza; no es sino desvergonzadamente ramplona y ñoña. Está comida, como por piojos, por cucos vividores. Y la pobre, emparedada en tradiciones de ladrillo y yeso, corre riesgo de morir podrida por sus propias deyecciones”. [La cultura española en 1906, diciembre 1906, OC ESC III, 1110]

Pues bien, será justamente en estos años en los que su desánimo llega hasta la repugnancia y el asco, cuando Unamuno lanza su famosa campaña en contra de la europeización. Hasta ahora –principios de siglo- ha mantenido la necesidad de “chapuzarse en pueblo” y “chapuzarse” también en Europa: abrirse al exterior para ser fieles a la sustancia popular de la intrahistoria y penetrarse de ésta para poder absorber sin riesgo de traición los aires renovadores. Luego de la crisis de 1897 y del Desastre de 1898, la opción será bien distinta.

Unamuno decreta la imposibilidad de ser español y europeo al mismo tiempo. No hay forma de conciliar las dos vivencias. Se es español o se es europeo. Se quiere vivir eternamente o se es moderno; se desea la fe o se acepta la primacía miserable de la razón; se quiere la salvación o se vive feliz en una realidad fantasmal y abyecta. Unamuno, claro está, sabe muy bien cuál es su propia elección. A la frase “África empieza en los Pirineos”, opone otra: allí es donde empieza Europa. Ni siquiera somos latinos; somos berberiscos o mejor aún, venimos de una antigua raza ibérica, previa a todas las invasiones y apenas modificada, en su superficie, por éstas. Por eso el español es irreductible a Europa, es decir al proyecto de la modernidad. Ni somos europeos ni somos modernos. Es por lo tanto inútil que deseemos lo que no lograremos jamás.

Claro que acto seguido se pone a hablar de “españolizar Europa” en vez de “europeizar España”, lo que suele servir, desde entonces, para cubrir con un velo caritativo y progresista lo que Unamuno expresa por otra parte con total claridad, y que no es más que la abominación de Europa, de la modernidad, y con ellas de la felicidad y de la ciencia. “O la felicidad o el amor”, postula Unamuno y ya sabemos de qué lado está él. El “¡Que inventen ellos!” no necesita glosa alguna para ser cabalmente entendido. Unamuno no se limita a discrepar del europeísta Joaquín Costa, aunque sea contenido por el respeto; reniega de todo el regeneracionismo y polemiza con quienes ponen algún reparo a su exaltación españolista, como Maeztu, con quien mantiene una discusión agria sobre el ejemplo del Japón, que parecía entonces, por su apertura a Occidente y su afán de incorporar nuevas formas de vida y de saber, un modelo para España.

Pero no se para en eso y a pesar del afecto que siente hacia Ortega, con quien se cartea regularmente y a quien sigue muy de cerca, insulta al joven filósofo, transido por entonces de filosofía alemana y fe racionalista. En el epílogo de El sentimiento trágico de la vida, entre los “bachilleres Carrasco del regeneracionismo europeizante” y luego, en carta pública a Azorín, entre los “papanatas” fascinados por “esos europeos”. [El sentimiento trágico de la vida, p. 300; Carta a Azorín en J. Marías, Ortega I, p. 150]

Ortega, que no soportaba a este Unamuno ingenioso y energuménico, publicó en 1913 un ensayo en el que afirmaba que España era “el país más anormal de Europa” y Don Quijote, arquetipo de esta anormalidad, un héroe “poco inteligente”. Unamuno le contestó que lo anormal era sin duda la vista de quien tal cosa se atrevía a escribir y le aconsejaba que cambiara de gafas. Pero el artículo de Unamuno [“La supuesta anormalidad española”, OC, Afrodisio Aguado, IV, 1098] no se limitaba a unas cuantas expresiones despreciativas. La polémica, como siempre, le servía para afinar su expresión. Tomando pie de la boutade de Ortega, afirmó luego que la falta de normalidad de su país se debía precisamente a que España no está hecha para enfrentarse a las realidades de este mundo, sino para medir las del cielo.

España, como en la frase evangélica citada por Don Quijote ante las imágenes de los santos -entre las que está el “patrón de las Españas”- tiene por misión conquistar el cielo. Porque el reino de España no es de este mundo. Y esa España miserable, sucia y comida de piojos, la España de Don Quijote y Sancho, la de los pícaros, los santos y los conquistadores, no es más que el reverso, el trasunto mundano de la verdadera España, la única que de verdad cuenta: la España celestial.

Por una vez, Unamuno descansará. No le hace falta exhibirse, romperse el pecho o abrirse el corazón como prueba de una fe inexistente. Esa España celestial existe de verdad, existe en las ciudades españolas, en las iglesias, en los conventos, en las vidas de los españoles, en su historia y su literatura. Toda la cultura española está sostenida por el afán de crearla y nosotros, los españoles de hoy, somos fruto suyo, su creación y su sueño.

Unamuno será, como ya sabemos, el profeta de esa España celestial, y así como Lucero tradujo la Biblia y la interpretó libremente, Unamuno, en su Vida de don Quijote y Sancho, al margen de cualquier dogma, glosa también la Biblia de la España celestial y los hechos de su Cristo y redentor, Nuestro Señor Don Quijote de la Mancha. Él ha de traducir el libro sagrado al nuevo español, signo en la tierra de la realidad de la España celestial. No se trata sólo de renovar el español, de despojarlo de cualquier recuerdo de pesadez oratoria que lleve adherido. Hay que crear un idioma propio, lo que Unamuno llama un “dialecto” individual: la lengua de la revelación y de la gracia.

Tan individual es ese idioma, que Unamuno dice con razón que él es “único español”. En rigor, todos los somos, porque ese reino de Dios, que “padece fuerza” y ha de ser conquistado por la violencia es estrictamente personal. El solo intento de compartirlo lo destruye: fuera de mí, no hay salvación. Por eso es casi imposible definirlo como no sea desde una intuición inmediata, de orden poético. Frente a la felicidad, que es Europa, el canto al dolor, y frente a la realidad positiva, el sueño, pero un sueño del que nosotros, los que formamos parte de la España tangible, somos objeto, sombra, mero reflejo siempre a punto de desvanecerse en la oscuridad. Lo fundamental de esa maravillosa España celestial es la afirmación de la muerte frente a la vida. Y no porque el español no se adhiera a la vida, sino porque lo hace desde el lado de la muerte, desde ese más allá que le da sentido y realidad. Nada de alegría de vivir, una expresión que Unamuno considera una mala traducción de otra francesa. Al revés: española es la voluntad radical de vivir, la apuesta a muerte, sin segundas, por la otra vida, la única verdadera.

Durante un tiempo, y sin duda influido por el gusto algo tremendista del escritor francés Maurice Barrès, Unamuno intentó encontrar un modelo estético en los Cristos torturados, doloridos y ensangrentados de la imaginería hispánica. Lo hallará al fin en una imagen de Cristo muy distinto y más profundamente española, porque el infierno que evoca, de tan hondo y personal, no puede ni siquiera expresarse. Es el Cristo en la Cruz de Velázquez, al que dedicará un poema alucinante que es una oración imposible, una plegaria destinada a no ser oída y pronunciada ante un cuerpo humanizado a fuerza de dolor, un dolor inimaginable que el propio poema recrea y actualiza en su misión terrible y santificadora.

Pero esto será en 1920. Ahora, en plena campaña antieuropeísta, nada más empezado el siglo y teniendo a las espaldas el Desastre del 98, Unamuno convoca a los españoles a una empresa grandiosa: una cruzada para reconquistar el sepulcro de Don Quijote secuestrado por los infieles, es decir por la ramplonería, el racionalismo y la tentación escéptica. “Vamos a hacer una barbaridad” -les dijo a los españoles-. “Sin miedo a afrontar el ridículo, como Nuestro Señor Don Quijote, hay que gritarle ¡mentiroso! a quien mienta, ¡ladrón! al que robe, ¡estúpido! a todo el que diga tonterías, y ¡adelante! ¡Adelante siempre!” [El sepulcro de Don Quijote, en Vida de Don Quijote y Sancho, OC IV, AA p. 77]

La cruzada es una empresa colectiva, pero no le corresponde hacerla a un grupo organizado, ni siquiera de una muchedumbre. Si a ella no se acude solo, si no se respeta la Santa Soledad, está condenada al fracaso. En el fondo, y por mucho que Unamuno hable en más de una ocasión de “religión nacional”, nada más lejos de la idea de nación que esta religión inventada por los españoles.

Unamuno recuerda que Cristo fue crucificado por antipatriota, por poner en duda la nación israelita, y afirma que la España abocada a lo divino, la España celestial que él profetiza no es de este mundo. Por supuesto, se compadece mal con cualquier intento de traducción política. Ni siquiera tiene Iglesia. Además, no ha de tenerla. En algunos momentos de rara humildad (en el Diario de 1897 y en un capítulo de El sentimiento trágico de la vida, aunque aquí se nota demasiado la pura provocación), Unamuno acepta que esa patria celestial tiene ya un intérprete en la tierra, que es la Iglesia católica. Si se trata de afirmar los derechos de la pura irracionalidad, ¿qué misterios más hondos que los afirmados como dogmas por el catolicismo?

Pero la Iglesia ha vivido demasiado apegada a la circunstancia temporal y además ha intentado teologizar, o sea negociar con la razón y la ciencia. En este campo, dice Unamuno con una expresión de la jerga política, y más precisamente del liberalismo exaltado, “no hay lugar para el pasteleo”. [Del sentimiento trágico, 104] O la razón o la fe, “o todo o nada”, Lo que hay que hacer es recristianizar España. La fe española está estragada, abotargada y corrompida por muchos siglos de dominación de la Iglesia católica. Por eso la cruzada para rescatar el sepulcro de Nuestro Señor Don Quijote es también una cruzada anticatólica. Como hicieron los reformadores del siglo XVI, los españoles han de recuperar el espíritu de la fe viva e individual, sin dogmas ni credos.

Y sin embargo, esta hermandad celestial colocada bajo el signo de la Santa Soledad define una patria, una nación, un proyecto colectivo del que nosotros, los españoles de hoy, somos los herederos. Ya sabemos que la nación verdadera permite el acceso del individuo a la categoría de hombre. Una nación propone antes que nada una forma de ser hombre. Pues bien, la española consiste en haber creado un hombre no desde su realidad humana, sino desde la parte celestial de la realidad.

España ha creado el hombre a lo divino, divinizando la materia. Con ese gesto, se ha elevado al nivel de la trascendencia: la cultura española es portadora de espíritu, el Espíritu Santo que infunde verdadera vida a las cosas, a los animales y a los hombres, sumidos sin eso en su estado primero de naturaleza. Si creer en Dios es salvar la finalidad humana del universo, la misión de España es servir de conciencia al linaje humano. El pueblo español es el elegido –o sea, el condenado- a cumplir esa misión de trascender el universo y espiritualizar la materia. La intuición de Ganivet acerca del tránsito directo que la cultura española abría desde el individuo a la humanidad verdadera está aquí llevada a sus últimas consecuencias. La cultura española es la revelación del espíritu en la tierra.

Desde sus primeros escritos, Unamuno se había revelado un gran paisajista. En su juventud, hizo de la tierra vasca un tema predilecto. Cuando se mudó a Salamanca, Castilla, el núcleo histórico de la nación española, pasó a primer plano. Los muchos discursos y conferencias que daba por toda España fueron también pretextos para múltiples ensayos descriptivos. Este interés estaba próximo a la sensibilidad de los krausistas y los miembros de la Institución Libre de Enseñanza, amigos de Unamuno. El concepto mismo de intrahistoria, que funde la historia del hombre con la naturaleza, es una idea de aroma místico y deudora, sin duda alguna de las intuiciones krausistas

No son petulancia, aquellos hombres de la Institución creyeron descubrir España. Lo mismo pensaron los miembros de la generación del 98, que es, como muchas veces e ha dicho, un movimiento de introspección colectiva. Para Unamuno, la primera forma de enseñar a los españoles a ver su país era describir el paisaje de España. La descripción paisajística (en literatura, pero también en pintura) nos permite contemplar la belleza del paisaje natural. Pero la belleza no es una simple cuestión de armonía o de gusto; la belleza es el sentido eterno de las cosas y la primera lección de patriotismo es tomar conciencia clara de la belleza del paisaje de la patria. La contemplación inteligente del paisaje de la patria nos permite saber lo que quiere decir el ser español.

Por eso no hay diferencia sustancial entre la naturaleza y la historia. Unamuno, como Costa cuando escuchaba la voz de los ríos, habla con los peñascos y las montañas, con los árboles y los insectos. Son sus compatriotas, y lo son también nuestros. Nos hablan un lenguaje que nosotros, españoles, podemos comprender, como ellos pueden comprender el nuestro. Los negrillos y las encinas, las moscas y los vencejos nos hablan de nuestra historia tanto, y a veces más, que las ruinas, los libros y los seres humanos.

No es ésta una actitud panteísta, en la que el universo entero estuviera habitado por un Dios pulverizado en la totalidad de las cosas. Al contrario: el paisaje es un género cristiano, porque lo que nos permite comprenderlo (en otras palabras, lo que nos permite ser sensibles a su belleza) es el pecado, la conciencia de aquello que irremediablemente nos ha separado del estado de naturaleza. Por eso el descanso que Unamuno encuentra en la naturaleza es momentáneo. Pasado el primer momento, lleno de delicia ante la promesa de lo que no es histórico ni humano, la propia conciencia de la belleza le recuerda que eso en lo que cree hallar el reposo tiene, también, sentido.

La España celestial, que se despliega ante él como un universo de belleza extraordinaria, de matices infinitos y riquezas inextinguibles, también entraña una misión, y por tanto un deber. Todo, hasta el detalle más irrelevante, hasta la más insignificante minucia, está saturado de significado y con ello se ha convertido en una solicitud y un mandato. Unamuno no puede zafarse ante él y el ejercicio de escribir se convierte en una traslación torrencial y atormentada, como quien es esclavo de una inspiración que le trasciende y le domina.

Pero es que a ningún español le está permitido negarse a escuchar esa voz que ahora se manifiesta en la palabra de Unamuno. Por eso, al describir a sus compatriotas las maravillas de esa patria celeste, como hizo Azorín desde otra perspectiva, Unamuno estaba dándoles también consignas para la acción: consignas que tenían una traducción política concreta. Así es como llegó a decir, con razón, que lo que había en él de político era lo que en él había de poeta.

En el fondo, era lo mismo. Así se demuestra al declararse la Primera Guerra Mundial, en 1914. Ese mismo año había sufrido un revés muy serio: la destitución de su cargo de rector, que llevaba ocupando catorce años, por el ministro Francisco Bergamín. La destitución era perfectamente legítima, obedeciera o no a motivos políticos, porque el cargo de rector universitario era de libre designación por el ministro. Así hubo de reconocerlo el propio Unamuno, lo que no le impidió poner en marcha una fabulosa campaña propagandística para denunciar la injusticia de la que había sido objeto. En realidad, lo que resulta asombroso es la liberalidad de aquel régimen, en el que Unamuno, ocupando un cargo de cierta responsabilidad, pudo expresar opiniones extremas, provocadoras y más de una vez vejatorias e insultantes, sin recibir nunca la menor presión por parte de las autoridades. Claro que él mismo solía decir que España era el país más libre del mundo… hasta que llegó su destitución de un cargo que, por lo visto, consideraba vitalicio. La oposición política, incapaz como era de encontrar motivos serios de movilización, se sumó a la protesta, que llegó al Parlamento y colocó a Unamuno en el centro de la vida política española.

Pero aquello no era más que el preludio de lo que se avecinaba. La Primera Guerra Mundial iba a traer una polémica mucho más seria. Todavía fresco el recuerdo de las derrotas de Cavite, en Filipinas, y de Santiago de Cuba, los españoles no se mostraban muy deseosos de intervenir en aventuras bélicas de ninguna clase. En contra de la guerra de Marruecos se habían producido algunas de las más fuertes movilizaciones de aquellos años, como la que ocasionó la famosa Semana Trágica de Barcelona, en julio de 1909.

Unamuno, tras el chasco de 1898, se había ido alejando del radicalismo izquierdista. En 1905 se había promulgado la Ley de Jurisdicciones, que permitía a los tribunales militares intervenir en la represión de cualquier delito de opinión que pudiera ser considerado traición a la patria. Unamuno, invitado a hablar en el teatro de la Zarzuela de Madrid en contra de una ley que violaba el derecho a la libre expresión, se mostró muy cauto y defraudó a quienes esperaban de él una posición rotunda. En 1909, tras las salvajadas cometidas en Barcelona, los tribunales ordenaron el ajusticiamiento del anarquista Ferrer Guardia. Toda la Europa progresista se movilizó entonces en contra de lo que consideró el renacer de la España negra, de la Inquisición y los autos de fe. La izquierda española, con escasa perspicacia, se adhirió a aquellas sandeces con el solo propósito de derribar al conservador Antonio Maura, presidente del Consejo de Ministros. Unamuno, embarcado entonces en el descubrimiento de su maravillosa España celestial, adoptó una posición consecuente (de la que más tarde dijo estar arrepentido): rebatir la propaganda denigratoria para su país y apoyar las decisiones del gobierno de Maura.

También se mostró por entonces favorable a la intervención española en Marruecos, en cumplimiento de los acuerdos internacionales suscritos por nuestro país. Pero es que Unamuno, ferviente antieuropeísta, no por eso era partidario de que España quedara aislada del resto del mundo. Al contrario. Poco después lo diría con una frase deslumbrante: si Cervantes no hubiera estado dispuesto a dar su vida en la batalla de Lepanto, no habría escrito luego el Quijote. [27 febrero 1915] La misión que traza la España celestial obligaba a tomar partido en el conflicto desencadenado en 1914.

Los alemanes, que han querido la guerra, son para Unamuno la viva representación de esa Kultur, con K mayúscula, contra la que había luchado el Caballero de la Fe y contra la que había convocado a la cruzada para liberar el sepulcro del hidalgo manchego. Representa el culto a la materia, al sacrificio de la individualidad, la sumisión al jefe como encarnación de una abstracción impersonal. El pueblo alemán, necesitado de un Führer que le guíe en el camino hacia su gloria apocalíptica, es, por mucho que proclame su superioridad, un pueblo de hombres débiles. En realidad, ni siquiera es un pueblo, porque un pueblo no es nunca un pueblo de siervos; es una turba cuyo peor enemigo es -lo sabe por instinto- el cristianismo, la religión de la libertad.

Veinte años antes de la barbarie nazi, Unamuno describe con rasgos inequívocos lo que iba a ser el totalitarismo nacional socialista. Ha llegado la hora de defender la democracia, el parlamentarismo y, claro está, el pensamiento y la actitud liberal. Pero lo que de verdad está en juego es lo que sustenta todo ese edificio político, el fondo de la cultura europea: la civilización cristiana. La Primera Guerra Mundial es para Unamuno una guerra en defensa del cristianismo y los valores cristianos: la libertad, la igualdad y la caridad. Por eso, contra los bárbaros ha de alzarse, sin excepciones, todo el que se sienta vinculado a la cristiandad, fuera de lealtades a iglesias, a cultos o a credos particulares. Es una lucha por la supervivencia de la civilización occidental, por aquello que ha sido el norte de la cultura española y por todo lo que a los españoles les ha hecho ser lo que son.

Muy a su pesar, por lo que se vio. Abundaban en España los partidarios de los alemanes, a los que Unamuno dedicó algunas de sus diatribas más envenenadas, acusándoles de ser los herederos de los inquisidores y los fanáticos que en siglos pasados aislaron a España del curso de la cultura europea. Pero su principal enemigo no era ese. El adversario más fuerte era la tentación de la abstención, a la que los españoles sucumbirían sin gran resistencia, como demostró la amplia adhesión lograda por la declaración de neutralidad que hizo Eduardo Dato, presidente del Gobierno.

Lo dramático para Unamuno era que en este punto se enfrentaba, lo quisiera o no, a una responsabilidad personal. La actitud del Gobierno, respaldada por la mayoría de los españoles, era perfectamente coherente con las feroces campañas antieuropeístas del escritor. El “¡Que inventen ellos!” tenía ahora una traducción política muy precisa: que sean ellos los que luchen, que se maten entre sí y nos dejen en paz. Por supuesto que es imposible calibrar la repercusión exacta de todo aquel torrente de provocaciones: pero por muchos sofismas y retruécanos que se le ocurrieran, Unamuno era incapaz de engañarse a sí mismo hasta el punto de esquivar cualquier pregunta sobre su actuación previa. Claro que eso, en vez de llevarle a una pausa reflexiva, le conduce a comprometerse más y más en su nueva campaña a favor de la intervención. Participa en mítines masivos, como el de la plaza de toros de Madrid en 1917, da múltiples conferencias y emprende varios viajes a los frentes europeos, como el que le llevó a Italia con Azaña, Rusiñol y Américo Castro.

Pero el derroche de energías no obtiene resultado alguno. España se mantuvo neutral y, en apariencia, fiel a lo que Unamuno había mantenido en años anteriores, incluso cuando los alemanes bombardearon los barcos españoles. Además, los intervencionistas, que eran partidarios de la apertura del sistema político español, no lograron hacer el más mínimo progreso. El régimen monárquico, con sus elecciones falsificadas, sus partidos más o menos turnantes y sus corruptelas caciquiles, seguía en pie, sin que ninguna fuerza política lograra ofrecer una alternativa seria. Jamás estuvo Unamuno tan cerca de encarnar a don Quijote y representar la figura del caballero movido por una fe que sólo él comprende. Lo peor de todo era que los españoles habían tomado sus palabras al pie de la letra…

Por eso ésta es la experiencia más amarga que hasta entonces le había tocado vivir. Él convocaba a los españoles a una cruzada y ellos preferían lavarse las manos, como Pilatos. La Historia es para ellos una lata, una simple molestia. Prefieren mirar para otro lado y no enterarse de lo que ocurre. La presencia inglesa en Gibraltar había demostrado de sobra que prefieren la humillación al sacrificio de su mezquino pasar. Ahora ya sabemos lo que son: unos cobardes. Tienen miedo al peligro, a arriesgar su vida miserable, a pensar, incluso. Han olvidado lo que es el orgullo y, puestos en el trance de elegir, prefieren ser europeos de segunda categoría. Los descendientes de quienes hicieron de la defensa de la fe su razón de ser han elegido la abstención: el peor camino, el que asegura la humillación y la deshonra. Don Quijote, de volver a cabalgar por los caminos de España, preferiría morirse de vergüenza, como a Costa y a Ganivet se les reventó el corazón de pena y de asco.

La abstención se apoya en un nacionalismo que no merece ser llamado español, y se inspira en las mismas fuentes que el regionalismo catalán o el vasco: excluyente y separatista. Nada más lejos de la España celestial que ahora se le aparece como una ruina, una promesa traicionada. “La historia de España” –escribe en uno de sus ensayos más amargos- es como efecto de una gran ilusión truncada; de algo que iba a cumplirse y quedó sin cumplimiento”. [La estrella Ajenjo, OC, AA, IV, 1168]

Probablemente Azaña sea el único que vivió aquella frustración con una intensidad similar a la de Unamuno. Los dos se dan cuenta de que en esos momentos se estaba jugando todo el siglo XX español. No intervenir significaba el aislamiento definitivo, el cierre de las barreras: darle la espalda a la Historia y plantarse como una excepción ante el resto de Europa. España proseguía lo que los dos escritores, respetuosos en esto con la tradición progresista, consideraban su antigua política de “tibetanización”, iniciada en su momento de mayor esplendor; pero así como en el siglo XVII la cultura española se consumió en una hoguera de esplendor incomparable, ahora de aquel incendio sólo quedaban las cenizas yertas.

Para Unamuno, lo ocurrido entre 1914 y 1918 culmina un trayecto iniciado en 1898. Entonces el Desastre había dado pie a un movimiento de reforma del que su generación, la recién bautizada generación del 98, era la parte literaria. Pues bien, el balance de la empresa de regeneración no puede ser más negativo. Quienes iban a salvar a España de su decaimiento, o mejor dicho, quienes iban a hacer una nueva España, negando hasta la raíz la anterior, han acabado llevando a su país a la sima en la que ahora se encuentra. En vez de aprender el sacrificio y el sentido del deber en el nuevo patriotismo tan publicitado por los del 98, los españoles se han encastillado en el egoísmo y la indiferencia. “¿Qué nos queda? –se pregunta este Unamuno angustiado ante el primer balance de su propia trayectoria-: Morir cada uno en su rincón, morir solos y sin patria ni hermandad” [La hermandad futura, OC, ESC, VIII, 409]. Y como siempre con Unamuno, hay que entender la frase en clave individual, es decir, como respuesta a una angustia macerada en culpabilidad: él mismo sabía mejor que nadie que ese patriotismo noventayochista no había sido tal y que nadie tanto como él había propiciado esa abstención de la que ahora recogía los frutos amargos.

A partir de ahora, la misión que Unamuno se asigna será la de impedir que sus compatriotas cedan al sueño eterno, pero no con los improperios del profeta, sino gruñendo, como ese lechón que un autor del siglo XVI recomienda que se cloque al oído de quienes se morían de demasiado dormir. El “erizo calenturiento”, como se llama a sí mismo en otros textos, pensó entones varias veces en irse a América, lejos de su país. No lo hizo nunca, pero dejó plasmados con palabras de una belleza insuperable su drama y el de su pueblo.

“Por estas tierras -escribe tras describir un paisaje agrio y genesíaco del centro de España- cruzaban, trashumantes los abelitas, llevando a sus rebaños, en verano del páramo a la sierra, y de la sierra al páramo en el invierno huyendo de las nieves y del rechinadero del sol. Su historia, la historia del abelita ibérico fue luchar contra la Historia. Es porque no quería alejarse de junto a las cercas del paraíso de donde Dios echó a sus primeros padres. Quiere estar siempre a la vista de la espada de fuego con que guarda el ángel el camino del árbol de la vida. Y cuando el cielo se enceña y se ensombrece y truena y apedrea, y brilla entre los nubarrones la espada de fuego del ángel del Señor, siente oscuramente el abelita ibérico que allí, detrás de aquella espada de fuego, tras la cerca tenebrosa, se tienden las riberas de los ríos del paraíso, la vega del árbol de la vida duradera. Porque él quiere durar más que vivir. Y en la Historia se vive, pero no se dura. Por eso no quiere alejarse del jardín vedado.” [Junto a la cerca del paraíso, OC, AA, IV, 1138]

¿De quién estaba hablando Unamuno? ¿De ese español primero, superviviente indomable de todas las civilizaciones, o de sí mismo? ¿Qué diferencia había entre el pastor sedentario de puro nómada, abrasado de envidia y de nostalgia, resentido por la pérdida del paraíso, y el escritor que prestaba su voz, sin creer en ella, a la figuración de su país? Una sola. El español no ha creído nunca en la Historia; Unamuno ha dejado ahora de creer en ella. Se ha cerrado el círculo que encierra su obra entera, la totalidad de su creación. De la antigua exaltación de la intrahistoria, antes de la crisis religiosa de 1897 y del “Desastre” de 98, Unamuno pasó a renegar de ella. Llegó entonces, aunque fuera desde la desesperación, a la apoteosis de la Historia, la glorificación de un esfuerzo individual y colectivo capaz de humanizar el universo entero. Pero también esto se ha acabado. Ya no hay forma de creer en esa religión. Y como el mismo Unamuno ha contribuido, y con qué pasión, a destruir esa posibilidad, en las ruinas de la fe se advierte la conciencia turbia de lo que Unamuno sabe que le debe a ese español primitivo, haragán, envidioso y fratricida: el más oscuro de lo español.

Es el final de la vida intelectual de Unamuno. La cierra esa visión del infierno en la tierra que es el Cristo de Velázquez, publicado en 1920. Ya no habrá invención de nuevos temas, ni aparecerán motivos distintos. En cambio, está por llegar el momento en que el escritor alcance una madurez aún más cuajada, increíble teniendo en cuenta el idioma que ya entonces había inventado Unamuno.

Desde muy temprano, había escogido como lema la frase de San Pablo: “la verdad os hará libres.” Una y otra vez, había declarado ser mantenedor de un verdadero culto a la verdad. Es cierto, pero si se entiende que para Unamuno la verdad no es la adecuación de un enunciado a la realidad. Nunca ha dicho con absoluta claridad, por ejemplo, que desde el año 1897 no cree en Dios, pero es que la verdad así entendida se redice a una relación simple, puramente mecánica y carente de vida.

La verdad es para Unamuno aquello que da sentido a las cosas, lo que las vivifica porque descubre en ellas lo que tienen de espíritu, de trascendencia. La verdad no es ajustar lo dicho a la realidad, sino al contrario, denunciar que el sentido de las cosas está siempre más allá, que la realidad siempre es menos que el sentido y el espíritu. La verdad sólo se puede decir cuando no conviene decirla, cuando no puede ser dicha. Decir siempre la verdad es siempre contradecir, decir que la verdad no es eso, ni lo de más allá, ni tampoco aquello otro. La verdad es siempre otra, y siempre es lo contrario de lo que ha de decirse.

Claro que sin la fe, sin la referencia a una trascendencia objetiva y despersonalizada, como es el Dios cristiano, esa verdad que consiste en revelar la verdadera verdad de las cosas, su belleza más honda, lo real de su realidad, puede llegar a convertirse en un mecanismo de significación autónomo, delirante, sin otro anclaje en la experiencia común que la puramente interior de quien la enuncia. Desde fuera, corre el riesgo de ser comprendida como arbitraria y caprichosa.

Es lo que le espera a Unamuno, aunque para llegar a ese trance agotador, propiamente agónico, en el que no puede dejar de expresar, o más bien perseguir un sentido que continuamente se escapa, que siempre está en otro sitio, habrá de contemplar cómo se desploma el último signo que permitía afirmar la realidad de esa España celestial que había sido durante tantos años su fuente de inspiración.

Unamuno había mantenido con el rey Alfonso XIII una relación muy particular. Durante sus primeros años de rectorado tuvo con el monarca algunos contactos oficiales y protocolarios. Aun así, no deja de resultar curioso que en un análisis tan penetrante como el que Unamuno hace de la realidad española esté ausente la figura del rey. La destitución del rectorado y la campaña en favor de la intervención de España en la Primera Guerra Mundial varían la situación. Unamuno, como no podía ser menos, personaliza sus peticiones en la figura del monarca. Le interpela, le exige un gesto. Como la respuesta no llega, acaba por insultarle. En un artículo de 1919, le llama el “polluelo Alfonsito”, lo que le valdrá una condena a dieciséis años de cárcel. No los cumple, claro está, y prosigue su campaña personal contra el rey, agravada por la situación española: el terrorismo, las huelgas, los disturbios en el campo y la desastrosa campaña en Marruecos. Al fin, en mayo de 1922, Unamuno es recibido en audiencia por Alfonso XIII en el Palacio de Oriente.

No hay que decir el escándalo que la visita suscitó. Ante la indignación de toda la oposición, que lo había creído convertido al republicanismo, Unamuno presentó unas justificaciones confusas. No convenció a nadie, y los leales al régimen pudieron afirmar que lo único que Unamuno perseguía era que el rey le repusiera en el rectorado. Probablemente no les faltaba del todo razón, pero lo más importante no era eso. Lo que Unamuno había dejado claro era que la única figura a la que todavía prestaba una sombra de fe era al monarca. El rey era para él el único signo objetivo del reino de Dios en la tierra: la referencia singular, encarnada en un individuo, de su España celestial. Al insultarlo, como los profetas del Antiguo testamento increpaban a sus reyes, Unamuno buscaba una sanción última a su conducta.

No la encontró. Peor aún. Pasado un año, en septiembre de 1923, el rey otorgó esa misma sanción, pero no a él, ni de una forma simbólica, sino cediendo el poder efectivo a Primo de Rivera, un militar que para mayor escarnio se llamaba, como el propio Unamuno, Miguel, o sea “quien como Dios”. Con su gesto, el soberano había dinamitado el último asidero que anclaba todavía a Unamuno en la realidad común. Sin saberlo, había prestado un inmenso favor a la lengua española, porque a partir de aquí empieza la auténtica libertad del escritor, y también la agonía verdadera.

Unamuno ya no tiene que dar cuentas a nadie. Dios no existe, ni él reconoce representante alguno de la trascendencia. Sólo él, Miguel de Unamuno, responde de sí. En rigor, es irresponsable, como el representante de la monarquía abolida, y soberano, como el pueblo o mejor, la hermandad celestial que habla por su boca. ¿Profeta? Ya ha dejado de serlo, al no haber sanción posible, ni de Dios ni del pueblo, para sus actos. Cristo en la Cruz fue la Palabra, el Verbo hecho carne. Ahora, dice en una carta a un amigo exiliado, yo “soy la palabra” [Carta a Santiago Alba, Genoveva Queipo de Llano, Los intelectuales y Primo de Rivera, p. 124]. Unamuno es Palabra viva: Padre creador, Hijo redentor y Espíritu Santo vivificante. ¿Quién como Dios? Yo.

Unamuno se opuso frontalmente, y desde el primer momento, a la dictadura de Primo de Rivera. El general pretendía liberar a España de la parálisis a la que la había llevado la vieja política, es decir el régimen parlamentario, el caciquismo y las prácticas oligárquicas de la Restauración. Para la oposición, muy débil en aquellos momentos, Primo de Rivera recibía el poder a cambio de salvar al rey de un posible encausamiento en el proceso de las responsabilidades abierto por el Parlamento para esclarecer las causas del “Desastre de Annual”, la derrota del Ejército español por los marroquíes que había costado más de diez mil muertos.

Los motivos cuentan poco para un Unamuno dispuesto a dar la batalla. Las escasas voces que se alzan contra la dictadura intentan hacer de él, como otras veces, un jefe político. Unamuno se niega y prosigue su campaña en solitario, convirtiéndose en un símbolo cada vez más molesto para Primo de Rivera. El colmo llegó con una carta a Américo Castro publicada, sin consentimiento de su autor, en una revista de Buenos Aires. Unamuno se refería a Primo de Rivera como “el ganso real”, “botarate sin más seso que un grillo” y “películero tragicómico”. Al diario El Sol, de Ortega, que no se había opuesto al Directorio militar, lo llamaba “el papel higiénico” y al rey, “el suspensorio”. (Unamuno no había aguantado la proclama por la que Primo de Rivera anunció su llegada al poder y en la que invocaba su “masculinidad completamente caracterizada” para justificar su acción. Hasta tal punto le parecía abominable que se la aprendió de memoria, y buena parte de sus escritos contra la dictadura de Primo de Rivera son una interminable glosa de aquel texto que cobró así una dignidad literaria insospechada.)

El Directorio militar no aguantó más provocaciones. Suspendió a Unamuno de empleo y sueldo y lo confinó a Fuerteventura, una isla de nombre quijotesco, en pleno océano Atlántico. También dio al disidente numerosas posibilidades de evasión que Unamuno no aprovechó, consciente de interpretar un gran papel, tal vez el mejor de su vida. Aceptar el oprobio y el destierro era proclamar la propia libertad con una claridad y un realismo impensable hasta entonces.

En Fuerteventura empieza a escribir lo ensayos de la serie Alrededor del estilo, unos textos de orden puramente literario, reflexión sobre la palabra y el idioma que culminará con la Última lección pronunciada en Salamanca, en octubre de 1934. Unamuno había dicho muy en serio que él era la palabra. Ahora se proclama mártir: “Mártir que da su vida por la palabra, por la libertad de la palabra.” Y esa libertad de la palabra es la de España entera, la de su cultura y su vida. “Toda la civilización, toda la economía, todo el derecho, todo el arte, toda la sabiduría, toda la religión española están ahincados en los entresijos de su lenguaje y hasta laten en el tuétano de sus huesos.”

Por la palabra, Unamuno ha llegado a la capa más honda, a esa intrahistoria de sus años juveniles, que ahora ya es historia viva de su patria y aparece en sus escritos sin mediación, como surtiendo de un manantial eternamente viva e incontenible. Es una lengua “viva de veras”, es decir, “individual, nacional y universal”. Divina, en una palabra, porque por ella la cultura española se revela como lo que es: creadora, que es tanto como decir santa, y santificante. Claro que estas “palabras libres” –a los panfletos que publicó contra la dictadura los llamaron Hojas Libres– no dicen sólo las maravillas de la creación. También sirven para maldecir e insultar: a los reyes, a los poderosos y a la patria que los consiente. El rostro abyecto de la España celestial también será objeto de su prodigiosa creación poética: el reverso de la ciudad de Dios es un burdel, una ramera contenta de serlo.

Estos textos terribles están escritos en Francia, cuando Unamuno, que ya se ha decidido a huir de su isla, tiene más de una causa para sentirse frustrado. El salmantino de vocación, que no había querido nunca vivir en Madrid por miedo al anonimato, se encuentra ahora completamente desorientado en la gran capital que es París. Las tertulias de los españoles no sirven para reproducir el ambiente de provincias en el que Unamuno siempre se ha sentido reconfortado, reconocido. Además, los intelectuales parisinos no entienden a este hombre que habla en nombre de un Dios español, que es, de hecho, encarnación de la palabra divina en la tierra.

El traductor francés de algunos de sus ensayos los subtitula por su cuenta España contra Europa. No es mala réclame, como dicen los franceses, pero para Unamuno reduce la ambición de su vida a una simple anécdota. Empieza a perfilarse algo inaudito: un Unamuno olvidado incluso en su país, un Unamuno que por primera vez no ocupa el primer aplano de la actualidad. No resiste la idea, claro está, y sufre una crisis de vanidad que atribuye, como es natural, a un problema de fe. Acaba refugiándose cerca de la frontera, en el País Vasco francés, desde podrá contemplar su tierra de promisión.

Retornará en triunfo cuando el rey despida a Primo de Rivera. Y vuelve provocando. Ante la multitud que le espera en Bilbao, a primeros de febrero de 1930, desgrana, con la lentitud conveniente, una consigna: “Dios, Patria y… Ley”. El más viejo de los neorrepublicanos evocaba el lema carlista. El antiguo liberal carlista, evoca así el lema tradicionalista (“Dios, Patria y Rey”) que ni siquiera Primo de Rivera se había atrevido a hacer suyo. El gesto era clarísimo, y por muchos honores que la recién instaurada República le tribute no piensa callarse. Al revés, cuanto más se le obsequie, más estridente y destemplada será la respuesta.

Repuesto en la cátedra y en el rectorado, elegido diputado por las listas de la coalición republicano-socialista, nombrado alcalde honorario de Salamanca, presidente del Consejo de Instrucción Pública, más adelante Ciudadano Honorario de la República… cuanto más, peor. Muy pronto, en el mismo año 30, publica una novela breve que retoma el antiguo motivo de Nicodemo el fariseo. Por si a alguien le quedaba alguna duda, al fin airea el secreto de su vida. Pero ahora no pone en escena al fariseo que no se atrevía a confesar su fe. Ahora se trata de un cura ateo, Manuel Bueno, que finge creer para salvar la religión ingenua de su pueblo.

Claro que de nuevo Unamuno borraba las pistas. En rigor, San Manuel Bueno mártir no vale como confesión de ateísmo. En este punto todo estaba dicho, para quien quisiera entender, hacía décadas. Lo que se deja claro aquí es la situación de Unamuno ante la República. Seguirá, como antes con la fe católica, afirmando que la República es la “renación” de España y afirmará, cómo no, que la misión del nuevo régimen es reconquistar la España eterna. No importa. Hundida la Monarquía, la República no llegará nunca a tener sentido trascendente. Unamuno no creerá en ella y no entenderá (o no querrá entender, que es más probable), a Azaña, que con el nuevo régimen propone a los españoles la fundación de una nueva nación: un gesto laico y civil, pero también profundamente religioso.

Unamuno necesitaba otra clase de fe: no una interior e impersonal, sino otra trascendente e individualizada. Esa divinidad de la que es el único profeta se llama, ya lo sabemos, España. En octubre de 1931, abre el curso académico en Salamanca con una invocación polémica “en nombre de Su Majestad España”. [Discurso 1 octubre 1931, OC, ESC, IX ,1931] En las Cortes, se declara “diputado de España”, ajeno por tanto a cualquier lealtad política que no sea el reino de Dios. Pero la evocación obsesiva esconde un mecanismo que ya conocemos. Es cierto que recordar la trascendencia es la única posibilidad de salvarse y salvar la realidad toda de la insignificancia y la nada eterna. También lo es que esa evocación descubre aquello en lo que ya no cree, y que se evoca para no perder el recuerdo de la plenitud y el sentido. Lo que Unamuno desvela es su falta de fe, antes en Dios y ahora en España. Desde 1917, y sobre todo desde la Dictadura de Primo de Rivera, España está condenada, sin redención posible. Eso es lo que Unamuno repute sin tregua, convertido en testigo del Apocalipsis, del Desastre verdadero.

Y no es que carezca de un pensamiento político en el que apoyarse. La unidad de España, el castellano como único idioma oficial, el liberalismo… son ideas que podrían perfectamente inspirar las grandes líneas de una actitud liberal y conservadora a un tiempo, fácil de trasladar al terreno de las opciones partidistas prácticas. Pero no es eso lo que sirve de guía al Unamuno republicano (y descreído de cualquier republicanismo). La política de Unamuno es la política de Dios, que ahora es España. Y como ni Dios ni España tienen más realidad que la palabra del propio Unamuno, cualquier traslación que no sea esa será sometida a la burla más cruel, a la destrucción más feroz y más implacable.

Así es como Unamuno destrozará el texto de la Constitución republicana, y es que esa ley –cualquier ley- promulgada por los hombres es merecedora de desprecio y de escarnio. La ley sólo puede serlo revelada, y eso le está reservado a él. También es grotesco cualquier intento de intervenir en la realidad de su país. Es ridículo atacar a los caciques, porque el pueblo español sólo progresará gracias a ellos. Lo es acotar el espacio político. ¿Qué entienden los campesinos analfabetos, la verdadera masa popular española, de derechas ni de izquierdas? Los partidos políticos son un puro pretexto para la pirotecnia verbal. Lo son sobre todo los republicanos, y Unamuno, que se ha pasado la vida entera denigrándola (casi siempre injustamente), se pone ahora a hacer el elogio de la… Restauración. Acabará por recibir en su casa a José Antonio Primo de Rivera, hijo del “ganso real” y asistiendo a un mitin de la Falange.

Claro que cuando desde Renovación Española, el minúsculo partido monárquico de extrema derecha, Maeztu reivindica el espíritu de la hispanidad como encarnación de un espíritu católico y contrarrevolucionario, Unamuno se revuelve contra lo que considera una apropiación ilícita. Pero aún es peor cuando advierte que la República está haciendo realidad algunas de sus obsesiones más queridas. Al darse cuenta que le han tomado en serio, que se está haciendo lo que él ha preconizado y por tanto que Él, encarnación del Espíritu Santo, pura palabra divina, puede llegar a adquirir alguna responsabilidad sobre los hechos, entonces su furor estalla sin medida.

Es lo que ocurre en las Cortes en octubre de 1931, cuando Azaña intenta responder al radicalismo anticlerical ofreciendo la expulsión de los jesuitas a cambio de la permanencia en España de todas las demás órdenes religiosas. Los jesuitas han sido una de las manías más meticulosamente cultivadas por Unamuno. Durante años les ha reservado sus más escogidos insultos, sus sarcasmos más despiadados. Ni que decir tiene que las medidas antijesuíticas, que si pecan de algo es de una ingenuidad rayana con la estupidez, le parecen ahora la muestra más clara del feroz antiliberalismo del Gobierno republicano.

En cuanto a lo que Azaña dijo -que España había dejado de ser católica-, era, en el fondo, un triunfo para Unamuno. No sabemos si recordaría una carta de 1906 a Luis de Zulueta (ministro de Estado con Azaña) en la que afirmó que “descatolizar es españolizar”. [Juan Marichal, 135] Sea lo que sea, buena parte de su esfuerzo estaba encaminado a separar la Iglesia del Estado y acotar una España celestial, trascendente y sólo así capaz de dar sentido a la realidad común. La cruzada para rescatar el sepulcro de Don Quijote estaba dirigida contra los curas y los canónigos, las Iglesias y las instituciones defensoras de las ortodoxias y los credos. Y cuando las campañas en la Primera Guerra Mundial, asimiló a los germanófilos con un imaginario partido clerical y retrógrado.

Todo eso, ahora, no tiene la menor importancia. Lo que cuenta es mostrar que no, que el Estado es fundamentalmente religioso, que la neutralidad en materia religiosa es un disparate, que lo verdaderamente laico es la religión española, la religión popular de los cabreros y los campesinos que le escuchan a él como escucharon a Don Quijote, sin entender sus palabras, porque de lo que él dice sólo cuenta la música… Esa música que sólo él escucha (y que sólo se ha escuchado gracias a él) es lo que le guía y lo que le lleva a desplegar, en páginas de una intensidad increíble, alucinaciones como aquella en la describe a un Cristo ibérico, reseco por el sol de agosto y clavado en una esvástica plantada en el Peñón de Ifach.

El motivo de la guerra civil, presente siempre desde que, al perder la fe, intentara acallar el silencio insoportable de la nada eterna, es ahora fuente de inspiración renovada. Ya en abril de 1931, diez días después de proclamado el nuevo régimen con lo que se ha llamado la gran fiesta popular, diagnostica: “La guerra civil es, gracias a Dios, inevitable”. A principios de octubre de 1934, tras el maravilloso elogio del idioma español leído en la Universidad de Salamanca, recriminó a los estudiantes el recurso a las armas y el uso de la violencia. Al final de ese mismo mes, en cambio, publicó una respuesta a un padre que se había dirigido a él tras haber perdido a su hijo en uno de aquellos episodios sangrientos previos a la guerra. No hay consuelo para ese padre dolorido, ni esperanza, ni paz. No fue eso lo que vino a traer Jesucristo, sino disensión. Como Cristo, Unamuno ha venido a este mundo “a poner el hijo en contra de su padre ya la hija en contra de su madre (Mateo, 11, 35). Se ha convertido en el profeta máximo, tanto o más que cualquier extremista político, de la guerra civil.

Este Unamuno mezquino, sin rastro de compasión ni de caridad, se va a ver en una situación parecida a la de su interlocutor cuando el golpe de Estado del 18 de julio le separe de algunos familiares suyos que quedaron en la zona republicana. Eso no le impidió declarar su lealtad a los sublevados, a quienes proclamó de inmediato defensores de la civilización occidental y cristiana. El compromiso le valió una nueva destitución del cargo de rector, firmada esta vez por el presidente de la República, Manuel Azaña, a quien Unamuno, perdido ya cualquier sentido de la realidad, aconsejó públicamente que se suicidara. Las nuevas autoridades de la zona nacional se apresuraron a reponerle en el cargo.

No es difícil imaginar el torbellino de sentimientos que debió asaltarle cuando su amigo y colega en la Universidad, el profesor Prieto Carrasco, apareció muerto a tiros en la cuneta de una carretera. Pero entonces se calló, y tampoco encontró nada que decir tras la muerte de otro conocido, fusilado por el solo delito de ser pastor protestante, sin que Unamuno, que recibió varias cartas de su mujer buscando su intercesión, hiciera nada para salvarlo. Tampoco se sabe que protestara durante los varios meses en que ocupó la presidencia de la Comisión de Depuración de responsabilidades políticas, encargada de limpiar de indeseables –muchos de ellos seguidores y discípulos suyos- las instituciones educadoras de su distrito universitario.

La irresponsabilidad de que gozaba Unamuno era, a sus propios ojos, ilimitada. Siempre, claro está, que se llegara a la expresión simbólica, a la lengua. Sólo alzó la voz cuando, en el mismo paraninfo en el que había hecho el elogio de la divina lengua española, alguien se atrevió a glorificar la España eterna, la España cristiana y universal que él había glosado tantas veces. Entonces surgió de pronto, intacta, la capacidad de indignación del Mesías de aquella España que otros se atrevían a invocar en su presencia. Pero Unamuno había destruido demasiadas cosas y las había destruido demasiado bien, con saña, quemando el terreno y luego sembrándolo de sal. Ahora le tocaba a él quedarse a la intemperie, en terreno de nadie, el suyo, entre lo que llamaba los hunos y los hotros. En el fondo, la guerra civil le había salvado de hacer el ridículo. Poco después, a finales de diciembre de 1936, fallecía en su casa de Salamanca.

Sólo alzó su voz cuando escuchó sus propios conceptos trasladados a lenguaje político, en la ceremonia del Paraninfo de la Universidad. Eso es lo que no soportó. Claro que esta vez sí le habían tomado en serio.

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JOSÉ MARÍA MARCO

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