Las ranas soliviantadas

En la fábula de La Fontaine, el pueblo de las Ranas –“felizmente”, dice Samaniego en su versión– vivía libre e independiente. Hasta que decidieron que querían un Rey y se lo pidieron a Júpiter. Júpiter, benigno, les mandó un “Rey de palo”. Las atemorizó al principio, pero pronto le perdieron el respeto. Así que “por juguete / Lo desprecian, lo ensucian con el cieno, / Y piden otro Rey, que aquél no es bueno”. En la fábula de La Fontaine, se les enviará una grulla. En Samaniego, una serpiente. Ambas se apresuran a dar caza y comerse a sus súbditos, condenados al destino que ellos mismos han convocado.

 

El por qué la nación batrácea pide un rey ha sido siempre un misterio en la Historia de las Ideas Políticas. Más insondable aún es que pidan otro cuando tenían uno seguro, previsible. En su tiempo, José María Aznar hablaba de aburrimiento y por ahí iba la interpretación clásica. La cosa se complica cuando, sabiendo lo que va a ocurrir, el pueblo, sean súbditas ranas o ranas ciudadanas, requiere una acción que les garantiza el empeoramiento de su situación. En nuestro país, no es descartable que dentro de algunas semanas gobierne una coalición que hará buena la gestión de Rodríguez Zapatero, la misma que llevó al paro a más de cinco millones de personas y estuvo a punto de quebrar nuestro país. La serpiente de Samaniego se quedará corta…

Puestos en la tesitura de encontrarle explicaciones morales a conducta tan extraña, quizás se pueda ir más allá del aburrimiento. Para eso habría que introducir un factor que ni La Fontaine ni Samaniego previeron, y es que las ranas soliviantadas pidan un Rey contra ellas mismas o, mejor dicho, contra aquella parte de la nación batrácea que algunas se imaginan que vive a costa de las demás. El resultado será igual de devastador, porque el nuevo monarca sembrará el terror entre todas. En eso reside el núcleo de su poder. Algunas, eso sí, se darán por contentas. Habrán satisfecho el instinto de igualitarismo que mueve prodigiosamente a alguna especie de ranas, en particular aquella que chapotea en las charcas de la península ibérica. (No sólo, ni mucho menos: las ranas igualitarias, o socialistas, cruzaron el océano y hoy alborotan las amplias marismas de los Estados Unidos de América, libres hasta ahora de su influencia mefítica).

La Razón, 23-02-16