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Recambio generacional

Alexis Tsipras empezó como caudillo alternativo para plantear un desafío total al capitalismo, a la UE de los mercaderes y, en general, a todas las troikas. Ha acabado gestionando aquello mismo contra lo que se alzó en su día. Entre medias, celebró un plebiscito que le ha dado todo el poder. Lo ha utilizado para reforzar su caudillaje, como era de esperar y dijimos en estas mismas páginas. Ahora es un hombre de Estado, con gran predicamento en los círculos donde prima la prudencia.

No es el único que ha evolucionado de ese modo. A Marine Le Pen, del Front National francés, le gustaría hacer lo mismo. Se lo pone más difícil la filiación derechista de su populismo, difícil de tragar incluso en un país tan conservador como Francia. El populismo de extrema izquierda se tolera mejor, aunque al final los dos tengan que desprenderse de las mismas cosas.

El apoyo cerrado de Podemos a Tsipras en estas horas difíciles en las que triunfa la ética de la responsabilidad puede significar varias cosas. O bien es voluntarismo, sin más, para ver de continuar el glorioso alzamiento bajo otras apariencias. Así parece sugerirlo el (demasiado) pregonado maquiavelismo de nuestros compañeros politólogos. O bien es que Podemos, es decir Pablo Iglesias y su círculo, han tomado nota de lo ocurrido y se han dado cuenta que el éxito del que han empezado a despedirse hace unos meses quedará en una nota a pie de página si no se quitan de encima las manías de extrema izquierda –aunque sigan con la misma retórica- y adoptan una voluntad de liderazgo con todas sus consecuencias, como la de Tsipras.

Pedro Sánchez, por su parte, sigue el camino inverso. Con su aire de no haber roto un plato en su vida, anda recurriendo a tics desenfrenadamente populistas con la advertencia implícita, típica del socialismo sureño, de que no los pondrá en marcha una vez en el poder. Iglesias tiene más madera de caudillo que Sánchez. Le perjudica su empeño en mantener una imagen de teen ager tardío con ribetes de funcionario interino adicto a las series. A Sánchez, en cambio, el populismo le proporciona una apariencia de varón hecho y derecho, cabal, casi serio. Lo único que faltaba, en este panorama salido de una sitcom de “millenials” de las de tiempos de Zapatero, es que Albert Rivera, como hizo ayer, se pusiera a hablar del Capitán Araña (¿?). Vamos comprobando en qué consiste el recambio generacional, la famosa nueva política.

La Razón, 28-08-15

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JOSÉ MARÍA MARCO

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