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Pocoyó en la Moncloa. El populismo explicado a los niños

En la política de nuestro país, hay quien se dirige a un público joven, a la espera de que sea esa franja de la sociedad la que le ayude a llegar al poder. La pulsión juvenil la ha protagonizado sobre todo Ciudadanos, que se empeñó, y al parecer sigue empeñado, en rechazar el apoyo electoral de cualquiera que haya nacido antes de 1978. También se han lanzado a la caza del voto joven el PSOE y el PP. Y como era previsible, no han conseguido frenar la sangría. Entre otras razones, porque muchos de sus electores no son jóvenes y, sobre todo, porque no hay jóvenes suficientes para tanta oferta electoral.

 

Más avispados han andado los de Podemos. En vez de los jóvenes, el target electoral de Podemos son los niños. Un poco suicida, se dirá, en particular porque los niños no votan… Pues bien, es probablemente uno de los gestos políticos más inteligentes de los últimos años.

Estas Navidades hemos asistido a una primera parte de la operación. Es lo que se ha denunciado, con gran verosimilitud, como una manipulación del mensaje más o menos religioso propio de estas fechas. En vez de los camellos de la profecía de Isaías (que de todos modos nadie conoce ya), unos triciclos. En vez de Reyes Magos (convertidos en realidad en mensajeros de las empresas de juguetes y tecnología), reinas barbudas o inequívocamente carnavalescas y un poco obscenas, como corresponde a algunas modalidades de la fiesta revolucionaria. Y en vez de desfiles con cierto –muy vago- sentido cívico religioso, nuevos relatos y proclamaciones de carácter alternativo o altermundialista. Detrás de estas payasadas, los más suspicaces ven un intento más, -tradicional y casi conmovedor, a estas alturas- de descristianizar la sociedad española. Hay más: lo que ahora empieza desde muy abajo, ya con niños, es la deconstrucción de las narrativas hegemónicas. A las simples criaturas se les incita a perder la inocencia para revelarles -¡tan temprano!- el lado oscuro de la globalización neoliberal: los camellos y las ocas maltratadas, la represión de [email protected] [email protected] y [email protected] [email protected], la intolerable explotación de mujeres y niños por la célula familiar heterosexual y monógama, auténtico núcleo –radiactivo, como ya descubrieran Marx y Engels- de la sociedad capitalista…

El caso es que la gente de Podemos no va a esperar que los niños de hoy les voten dentro de diez o doce años. Ellos necesitan –como los demás, dicho sea de paso- que se les vote dentro de muy pocos meses, algunas semanas tal vez. Así que comprimen el mensaje político en un esquema ultrasimplificado, aparentemente orientado a los niños, pero dirigido sobre todo a los mayores. El rey Melchor lo dijo muy bien, en Madrid, cuando sin cambiar de registro pasó de hablar a los niños a hablar a los adultos, y evocó entonces los glaciares y los refugiados.

Es aquí donde la jugada alcanza la categoría de obra maestra. Primero, porque esquematiza la realidad hasta el punto de anular cualquier posibilidad de discrepancia. ¿Quién va estar en contra de los glaciares y los refugiados? Nuestras sociedades tienden a sustituir la política por los “derechos” (hasta ahora los de los seres humanos, a partir de aquí los de las ocas, los glaciares y los meteoros). Los nuevos dirigentes se aprovechan de esta fobia a la complejidad y a la política, siempre difícil de entender y que exige un esfuerzo intelectual, para abrir un campo nuevo en el que todo lo que sea poner un límite a los “derechos”, de cualquier tipo que sean, resulta intolerable.

El paso lo pueden dar porque nuestras sociedades ya se han infantilizado masivamente. El ciudadano se define hoy por sus derechos, lejos de cualquier obligación. Las “redes sociales” son consideradas las nuevas formas del ágora. La polis, que requiere visión de conjunto, se está reduciendo a la “pandi”: los votantes actuales empiezan a sentirse representados sólo por quienes son como ellos. Y en vez de figuras complicadas, emergen narcisistas ultraideologizados que exhiben emociones incontrolables. Al fin y al cabo, lo que se busca es empatía. Nos falta poco para ver a Pocoyó, a Bubble Guppies y a Dora la exploradora en la Moncloa. ¿A quién va a usted (es decir, vas tú, colega ciudadano) a votar?

La Razón, 07-01-16

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JOSÉ MARÍA MARCO

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