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Pablo vs Alexis. El intelectual y el político

Lo que se celebra hoy en Grecia no es un referéndum propiamente dicho. Se parece más bien a un plebiscito. Se pide a los electores que ratifiquen a los que mandan, para así reafirmar la comunión directa, sin instituciones intermedias, que fluye entre el caudillo y su pueblo. Es una especie de ordalía por la que el pueblo griego celebra su entrega a aquel que sabe interpretarlo y conoce los resortes, a veces muy oscuros, de sus deseos.

 

Como es un plebiscito, lo lógico es que Alexis Tsipras, el caudillo que lo ha convocado, se juegue su futuro político. No es seguro, sin embargo, en particular porque los dirigentes y los funcionarios de la Unión Europea y los organismos internacionales, que detestan bacanales como estas porque recuerdan demasiado los años treinta del siglo pasado, tal vez se esfuercen por hacer como si no hubiera ocurrido. Sea lo que sea, también se juega su futuro, por lo menos en parte, el amigo y colega español de Tsipras, Pablo Iglesias.

En las últimas semanas, Podemos se había esforzado por poner alguna distancia con Syriza, su partido hermano: demasiadas trampas, demasiados damnificados. La convocatoria del plebiscito le ha obligado a rectificar y se ha alineado otra vez con la extrema izquierda griega. Así que en este fin de semana se ha mezclado la exaltación caudillista con la defensa de la ruptura desde dentro de la Unión Europea y el apoyo a los festejos del Orgullo Gay. Es un escaparate interesante de lo que viene a ser la nueva política.

Quien confíe en la inteligencia política de Pablo Iglesias tenderá a suponer que no tiene demasiados motivos para sentirse del todo satisfecho con lo que está ocurriendo. Aun así, él mismo ha forjado una relación sólida, tal vez demasiado, con Tsipras. Les unen, efectivamente, muchas cosas. Son de la misma generación, de clase media, estudios universitarios y temprana militancia comunista. Ninguno de los dos ha traicionado sus sueños de juventud y ambos han logrado una vida adulta encaminada a cumplirlos. Desde esta perspectiva, son modelos de idealismo y eterna juventud. De felicidad, dirían los clásicos.

Los dos han creado sus propias organizaciones a la izquierda de la izquierda. Las dos se nutren de la crisis económica y política y se esfuerzan por convertir ésta en crisis del sistema. Las dos organizaciones, de hecho, aspiran a agudizar la crisis: para aprovechar las contradicciones y para crear dependencias, que es el fundamento de su propuesta política, heredera del socialismo y del populismo entre chavista y peronista. Tsipras lo habrá tenido más fácil porque Grecia es un país desestructurado, con una economía sumergida aplastante (en torno al 25%, con casi la mitad de los empleos no declarados) y una muy generalizada ausencia de respeto a las normas. El caso español es más difícil, aunque está claro que Podemos se esforzará por que el final de la crisis económica no suponga el final de la crisis política ni acabe con la supuesta crisis de sistema. Iglesias cuenta aquí con grandes aliados, como el PSOE y todos los que –también en el PP- han hecho suyo el argumentario regeneracionista.

Bien es verdad que esto también complica las cosas a Pablo Iglesias. Como Tsipras, tuvo desde el principio la ambición de llevar a su organización a la hegemonía dentro de la izquierda. Tsipras lo ha conseguido, con el hundimiento del PASOK. Pablo Iglesias, no, y parece que va a ser más duro de lo que hace pocas semanas se podía prever. El plebiscito de hoy es un obstáculo añadido y el PSOE, que se ha esforzado por navegar entre dos aguas, puede sacar réditos del resultado, sea cual sea este.

Entre los lazos que unen a los dos jóvenes caudillos, uno de los más sorprendentes es la pulsión patriótica con tintes nacionalistas. Como era de esperar, los dos han militado en foros y movimientos antiglobalización y “altermundialistas”. No estaba tan claro, sin embargo, que eso se fuera a traducir en la exaltación de la soberanía nacional. Es lo que ha ocurrido. También en este punto Tsipras y sus hoplitas lo tienen más fácil que los militantes españoles. Tiene gracia ver cómo la extrema izquierda española defiende con ardor inusitado, frente al capital, la banca, los eurotecnócratas y los funcionarios desalmados del FMI, la soberanía nacional… griega. Lo de la soberanía nacional española resulta complicado. Es más llevadero enarbolar la bandera blanquiazul, como ha ocurrido en algún Ayuntamiento, que la rojigualda. La imposibilidad de elaborar un discurso nacionalista español ha sido desde el primer momento uno de los grandes obstáculos de Pablo Iglesias en la elaboración de una propuesta auténticamente populista. Así que los nuevos nacionalistas españoles, que ya no enarbolan con tanto entusiasmo como antes la enseña tricolor republicana, se sienten griegos. No hay que extrañarse mucho: en su tiempo (véase la Segunda República) tuvieron un corazón francés y algunos incluso un poco ruso.

Tampoco en este caso sabemos si Pablo Iglesias está del todo satisfecho, aunque lo ocurrido es coherente con el tipo de organización que él y sus compañeros imaginaron: más que un partido clásico, una fórmula que dé significado político a movimientos sociales de todas clases. Syriza, en cambio, se constituye como coalición de grupos políticos, a lo Izquierda Unida. Alberto Garzón, sin la personalidad de Iglesias o de Tsipras, hace bien en reivindicar su mayor proximidad a Syriza. También aquí las cosas cambian, sin embargo. Podemos, desde la utopía postpartidista, parece estar volviendo al modelo leninista, más implacable aún que el que tal vez rija en Syriza. A lo mejor Iglesias se decide de una vez a materializar su elogio abstracto de la soberanía en un auténtico nacional – leninismo español. Sería digno de verse.

Ente los elementos que más distinguen a los dos amigos (Time publicó en su momento un bonito retrato, muy afectuoso, de Tsipras por Iglesias) está su carrera. Tsipras es un político profesional, allí donde Iglesias es un intelectual puro. Aquí las cosas cobran un nuevo giro paradójico. Tsipras, el político, siempre ha hecho de la distinción entre la izquierda y la derecha el eje de su acción. Sin embargo, ha culminado su andadura en la apoteosis populista por excelencia, como es convocar al pueblo en plebiscito. Iglesias, en cambio, intenta conjugar algo difícil de reconciliar, como es la condición de intelectual con la de caudillo populista. Y es que el populismo siempre ha desconfiado de los intelectuales, como odia –visceralmente, que se lo pregunten al concejal madrileño- a los judíos.

Así es como Tsipras ha acabado como un populista auténtico. En cambio, Iglesias, que a pesar de jugar la carta populista no deja de ser un compañero politólogo, es decir un miembro privilegiado de la elite intelectual, vuelve una y otra vez a la distinción entre la izquierda y la derecha. Siempre acaba en su medio natural, que son las conspiraciones y las asambleas propias de la extrema izquierda universitaria, por mucho que la televisión, las redes sociales y la crisis económica le hayan abierto un campo gigantesco, inconcebible hasta hace poco tiempo, y que ha sabido aprovechar con una habilidad fuera de serie.

La Razón, 05-07-15

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JOSÉ MARÍA MARCO

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