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Los efectos de un acuerdo

La negativa de Pedro Sánchez y los socialistas a cualquier pacto con el Partido Popular, en una circunstancia tan grave como la actual, se explica por la tradición de la izquierda de nuestro país, que se sigue viendo a sí misma como la única titular de la legitimidad democrática. También se entiende a la luz de ese curioso bipartidismo a la española, que lleva a que los grandes partidos nacionales, en vez de disputarse el centro, se empeñen en abandonarlo, que es lo que ocurrió con los populares en los 80 y parte de los 90, con el PSOE desde entonces y otra vez con el PP –muy paradójicamente- en los últimos años.

 

Esto ha sido así hasta hace muy poco tiempo. Aunque tarde, el PP parece haber empezado a comprender la lección, de la que Ciudadanos es un signo inequívoco. El PSOE, en cambio, todavía no lo ha hecho y sigue varado en esa etapa arcaica, que empieza a ser difícil de entender. Sería conveniente que un partido como el PSOE se adaptara a los nuevos tiempos, entre otras cosas porque amenazan con llevárselo por delante. Hay más razones para que los socialistas cambien de actitud.

El nuevo marco que instauraría un pacto de gobernación, ya que no de gobierno, no cambia por lo fundamental el programa de ninguno de los partidos. Lo único que les proporciona es una dimensión nueva, nacional española, que el PSOE debería poder abrazar sin problema. Por lo demás, todos y cada uno de los puntos del programa socialista podrían ser ensayados en ese nuevo marco, desde la contrarreforma laboral a la educativa, pasando por la reforma de la financiación autonómica y la constitucionalización (ahora se la llama “blindaje”) de los “derechos sociales”.

Evidentemente, hay cuestiones que quedarían congeladas durante un tiempo, el que tenga que durar el pacto, pero lo mismo va a pasar con el programa del PP. Y una vez asegurados los puntos básicos para superar la situación (la garantía de la continuidad de la nación y el respeto de los compromisos internacionales, entre ellos los que atañen a la economía), habría llegado el momento de convocar nuevas elecciones. Aquí se enfrentarían nuevos programas en los que, para bien de todos, ya iría incorporada desde el principio la dimensión nacional, el bien común que nos atañe a todos los españoles. Ese es el verdadero significado del centro.

La Razón, 12-01-16

Ilustración: Constitución española de 1812. Capítulo II

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JOSÉ MARÍA MARCO

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