Gobierno en pánico

De pronto, el Gobierno ha entrado en pánico. Pero no es por lo que se podría esperar, como es la epidemia. Es que en 48 horas, al principio de la semana pasada, dejó de ser el Gobierno progresista para convertirse en el Gobierno del coronavirus. No se sabe si esto se debe a la incapacidad de controlar la situación, demostrada entre el domingo y el lunes, o bien al liderazgo asumido por la Comunidad de Madrid al ordenar el cierre de la enseñanza y que el Gobierno del coronavirus, que ha tenido que seguirle, no le va a perdonar, como se está demostrando en la información de la Televisión pública, manipulada hasta el bochorno.

La nueva situación ha quedado en evidencia en las dos comparecencias de Pedro Sánchez. En primer lugar, por los retrasos en las dos convocatorias, que indican el grado de improvisación en el que se están moviendo la Moncloa y sus decenas de asesores, improvisación corroborada por la reacción malhumorada del Presidente socialista de la Junta de Extremadura el jueves por la tarde. Y después, y sobre todo, por el tono falsamente conciliador, con esa humildad impostada tan propiamente suya, de Sánchez. En las dos ocasiones, en particular con la declaración del estado de alarma,  ha tenido la oportunidad de hacer un discurso que apelara a la unidad, a la solidaridad, a la compasión, a la esperanza y a la voluntad de superar la prueba. Ha hablado de sí mismo, asegurándonos que se pone en el sitio de quienes lo están pasando mal, y también de “disciplina social”. Una vez que el Gobierno mostró su catadura anteponiendo el despliegue propagandístico del 8M a cualquier mínima consideración por la salud de los españoles, ahora pretende imponer “disciplina”, y “social” por si fuera poco. No hay mejor forma de caracterizar la falta de liderazgo que esa palabra. Faltaba decir jerarquía.

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El pánico del gobierno abre una nueva situación política. Con una mayoría como la que tiene, tan escueta y compuesta de elementos tan progresistas –vamos a decirlo así- como nacionalistas, separatistas, filoetarras y populistas de izquierda de todo pelaje, Sánchez no puede afrontar la crisis a la que se enfrenta nuestro país. El coronavirus ha hecho saltar por los aires todos los planes: desde los de la fundación de una España postnacional hasta los de la socialización de la economía, pasando por la Memoria histórica y la inflación ideológica del género y el feminismo. Sánchez intentó disimular la epidemia  como Rodríguez Zapatero trató de ignorar la depresión económica. La epidemia ha sido más rápida. De pronto, lo más excepcional e inesperado enfrenta al Gobierno del coronavirus a algo que es la raíz misma de la normalidad política e institucional: la necesidad de tener un respaldo sólido, que en la circunstancia española –previa a la epidemia- sólo podía venir de una colaboración con la oposición.

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Esta es la bofetada de realidad que ha recibido Sánchez. No sólo la de la realidad devastadora de una enfermedad que va a tener consecuencias terribles en la salud y la economía -la vida- de millones de españoles, sino la de cómo se gobierna una democracia liberal. No mediante una “disciplina social” impuesta junto con quienes aspiran a hacer la revolución o acabar con España, sino mediante la transacción y el diálogo. Diálogo, justamente, es la palabra que Sánchez va a tener que aprender a partir de ahora. En su sentido cabal: no para chantajear e intentar destruir a la oposición, sino para pactar con ella las medidas necesarias para afrontar la situación.

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Nadie dudará que Sánchez y su gobierno van a intentar colocar a la oposición contra las cuerdas. Sánchez es especialista en maniobras como esta, que en más de una ocasión le han salido bien. Ahora bien, a la oposición le corresponde, en vista de la nueva situación, tomar la iniciativa. La tiene, y no debería dejársela a un Pedro Sánchez en pánico. El ejemplo de la Comunidad de Madrid ha dejado bien clara cuál es la línea a seguir a partir de ahora. Alternativas, para lo que hace falta trabajar bastante más de lo que se ha hecho hasta ahora, y unidad, una unidad que vaya más allá de la partidista y que permita comprender a la ciudadanía española por qué vale la pena seguir juntos.

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La Razón, 14-03-20