El trágala que viene

Con las elecciones convocadas el 20 de diciembre, ya está lanzada la campaña electoral. Lo que se presenta no es una campaña sobre diferentes maneras de aprovechar las fortalezas de nuestro país (que son muchas) y superar sus problemas (que son menos). La oposición pretende plantear una campaña electoral enfocada en la reforma de la Constitución, una reforma que, por la envergadura o la confusión que rodea sus prolegómenos, tiene toda la apariencia de ir mucho más allá de una simple adaptación. Y como la Constitución es el texto fundacional de la nación política, la campaña electoral corre el riesgo de convertirse en el debate previo a la construcción de una España nueva. El único partido que se ha mostrado reticente a esta irresponsabilidad es el Partido Popular. Sólo por eso merece ser votado el 20 de diciembre.

 

No es que no haya, en la Constitución, elementos que deberían ser reformados. Ocurre sin embargo que el proceso de reforma constitucional no está hecho para ser objeto de debate en una campaña electoral. En campaña electoral no se debate un concepto de España. Se debaten otros asuntos, relevantes pero no radicales como este. Después de casi cuarenta años sin hablar en términos políticos de la nación española, convertida en el tabú nacional, por así decirlo, ahora nos encontramos con una campaña en la que el tema fundamental va a ser precisamente España, una España nueva diseñada según las ocurrencias de los comités de “expertos” del PSOE y de Ciudadanos.

Lo que se va a conseguir es dividir a la sociedad española, como se ha conseguido dividir a la catalana con la colaboración entusiasta del PSC-PSOE. Esa es la deriva a la que nos enfrentamos cuando se introduce el asunto constitucional –la refundación de España- en una campaña electoral. Y eso es, por lo visto, a lo que se aspira desde la oposición, el centro-izquierda que se esboza y la izquierda socialista: un nuevo trágala, como aquel que los liberales quisieron imponer a los que no pensaban como ellos, que dejará claro quiénes son los buenos españoles.

Por mi parte, adelanto que votaré NO a cualquier propuesta de reforma constitucional que no cuente con el respaldo unánime y explícito de los partidos nacionales. Incluso en ese caso, me reservo el derecho a seguir votando NO. El señoritismo, el adanismo y la frivolidad tienen límites, y si lo que se quiere es provocar una crisis nacional, se tendrá una crisis nacional. A estas alturas, supongo que a muchos nos da igual caer del lado de los malos españoles.

La Razón, 06-10-15