El desahogo

Las elecciones locales y autonómicas suelen ser consideradas un momento adecuado para el desahogo, un desahogo entre político y sentimental que le da al ciudadano enfadado la ocasión de castigar a un partido por su comportamiento. En este caso, al PP, que en estos casi cuatro años ha acumulado algunos motivos para ello: desde su autismo, tan enigmático, la inepta frivolidad con la que ha tratado algunos asuntos, por ejemplo el aborto, o su falta de reflejos ante varios de los casos más escandalosos de corrupción. Los desahogos políticos tienen, con este tipo de elecciones, menores riesgos. No dejarán de tenerlos, en ningún caso, y es muy probable que tampoco propicien aquello a lo que aspiran quienes se dejen llevar por el despecho. Nada cambia a mejor con los castigos, los desplantes y los fracasos. Al revés, todo sale más débil, dañado, peor.

 

En cuanto a los efectos que tengan en el conjunto de la sociedad y en la vida política, no hay que engañarse. Una representación más fragmentada no va a aumentar la agilidad en la toma de decisiones, ni la transparencia, ni la flexibilidad, ni la contención. Al contrario: las decisiones serán más opacas, más difíciles de entender, más largas de tomar y habrán de tener en cuenta intereses –intereses puramente políticos- más atomizados. Los nuevos –o casi nuevos- grupos (todavía no se puede hablar de partidos) aspiran, como es natural y legítimo, a influir en el poder. Lo quieren hacer, y esto resulta menos natural, de forma desproporcionada a su influencia en la sociedad y, como ha quedado demostrado en estas últimas semanas, al mismo tiempo que improvisan una organización y un programa inexistentes. Es un salto en el vacío, una apuesta que debería quedar reservada para quienes profesan una fe ilimitada, sin la menor grieta, en las bondades de la política.

Por otro lado, el gobierno del PP ha permitido la estabilidad y un crecimiento extraordinario, como era inimaginable hace menos de dos años. La estructura federal del Estado español permitirá poner muchos obstáculos a este crecimiento: véase Andalucía, que es el modelo que nos proponen los socialistas. Y la fragmentación indicará que los españoles preferimos los experimentos políticos a todo lo demás, incluido el crecimiento y la creación de empleo y de riqueza. Es una opción, y cada uno habrá de considerarla pensando lo que quiere para sí mismo, para su familia y sus amigos, para su empresa, para su municipio y para el país.

La Razón, 22-05-15