Pacto educativo

La obsesión propagandística de la oposición y la escasa fortuna comunicativa del Gobierno han consolidado la idea de que en nuestro país es necesario un pacto educativo que acabe con el enfrentamiento revanchista que lleva a cada gobierno a cambiar la educación de arriba abajo.

 

Esto es una pura fantasía, como otras muchas que corren como verdades inapelables acerca de la austeridad o el origen de las desigualdades. Ya las reformas educativas de los últimos tiempos de la dictadura de Franco empezaron a instaurar un modelo educativo progresista, que se creyó entonces el más adecuado para responder al cambio social que se estaba produciendo en todo el mundo civilizado: la educación a niveles superiores no podía seguir reservada ya al 30% -aproximadamente- de la población al que iba enfocado hasta entonces. El cambio era imprescindible, aunque no era necesario hacerlo como se hizo, aquí y en muchos otros países, según un nuevo modelo igualitarista, de inspiración socialista, que priorizaba el reparto de diplomas a cargo de la exigencia, la calidad y la transmisión de contenidos y valores.

En nuestro país, ese modelo no ha sido nunca puesto en cuestión con seriedad. En los raros casos en los que lo ha sido (en la Comunidad de Madrid con Esperanza Aguirre de Presidenta, y de forma apocada pero relevante, con la Ley Wert), ha recibido tales ataques, tan brutales, que el simple hecho de mantener la posición era de por sí heroico. Hemos seguido por tanto anclados en el pensamiento socialista de antes de la caída del Muro de Berlín, con un diseño de la educación que tuvo sus ventajas en su momento, pero que se ha convertido en una rémora obsoleta, generadora de una de las mayores tasas de paro juvenil de los países desarrollados (por no hablar de la ideología socialista, la única que transmite).

Todo en nombre de la igualdad de oportunidades, cuando lo que hace es favorecer una desigualdad cada vez más profunda y más implacable en un mundo definitivamente globalizado, donde los estudiantes españoles de hoy van a tener que competir con estudiantes de muchos otros países, educados en sistemas diferentes muchas veces poco socialistas.

Está bien preconizar un pacto educativo, pero estaría mejor que ese pacto no intentara salvar sólo los intereses y las fantasías ideológicas de los partidos y los sindicatos y que tuviera algo más en cuenta las necesidades de los estudiantes y de la sociedad.

La Razón, 20-05-16