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Mayorías absolutas

Desde hace por lo menos dos temporadas se lleva la crítica a las mayorías absolutas. La gente, como también se dice ahora, encuentra rabiosamente fashion repetir eso del rodillo, la falta de diálogo, la ausencia de la cultura de pactos, otro tópico que haría feliz a quien se pusiera a escribir un diccionario de lugares comunes contemporáneos.

 

Curiosamente, las mayorías absolutas constituyen de por sí la obra maestra de la democracia parlamentaria. En un sistema como el nuestro, son difíciles de conseguir. Hacerlo es demostrar que se ha logrado articular, por persuasión y coincidencia de intereses, una muy amplia mayoría social capaz de sostener una política al tiempo que refuerza el propio régimen. Un partido se puede evaluar por su capacidad para construir mayorías absolutas. Montar partiditos tiene glamour. Otra cosa es tener la ambición de hacer una política nacional. Que por el momento no haya ninguno con esa capacidad no es buena señal.

La tendencia es aún más paradójica cuando llevamos nueve meses sin gobierno a causa de la “nueva política”. Vivimos de la mayoría absoluta previa, la que permitió poner en marcha las reformas que nos han llevado a salir con brillantez de la crisis. Aun así, no se puede vivir siempre del pasado, por mucho que lo crean nuestros compatriotas progresistas. De vez en cuando hay que mirar al futuro y alguna que otra vez, incluso, intentar entender lo que está ocurriendo en el presente. Por ejemplo, por qué la izquierda se ha roto y por qué el PSOE no tiene ya la menor posibilidad de alcanzar una mayoría absoluta.

La paradoja linda con lo milagroso cuando se comprueba que la “nueva política”, la del pactismo y el gobierno del parlamento, ha puesto en manos del Presidente del Gobierno un poder extraordinario, que llega a la capacidad de decidir la suerte de la oposición. Los juegos de tronos, el catecismo del Maquiavelo para preadolescentes, la estrategia del No es No y el desprecio estólido hacia todo lo que no sea de la propia cuerda han tenido por efecto conducir a Mariano Rajoy a una situación casi inédita en la historia moderna de Europa, salvo tal vez el caso de De Gaulle en los primeros años de la Quinta República (francesa, para los nuevos políticos). Un esfuerzo más, compañeros, y acabaremos por reconstruir las bases de una sólida y duradera mayoría absoluta del Partido Popular.

La Razón, 07-10-16

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JOSÉ MARÍA MARCO

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