Lo cursi: metapolítica y realidad

Ha habido mucho pesimismo acerca de las elecciones norteamericanas. Entre los más sombríos han estado aquellos que piensan que los principios de unidad, honradez y sentido común que llevaban defendiendo toda la vida habían acabado por pasar a la historia. No es una sensación injustificada, porque el propio Trump –nixoniano sin, al menos hasta ahora, las atormentadas complejidades de Nixon- ni siquiera planteó el debate. O más bien, en vez de hacer de él una cuestión ideológica, lo planteó de una forma tal que no se le podía refutar sin caer en el ridículo. Es un poco, aunque de forma opuesta, es decir a lo norteamericano, a cómo plantea las cosas Mariano Rajoy. Como analizaba el domingo el editorial de LA RAZÓN, había que tomárselo en serio, pero no literalmente.

 

El resultado debería hacer reflexionar a todos los que nos dedicamos a esto de intentar comprender en voz alta la realidad política, también social y cultural. Han sobrado prédicas y han faltado análisis de la realidad. Y los que se han hecho, porque los ha habido, y muy buenos, no se han escuchado. La sustitución del análisis por la moralina parte de una paradoja. Damos por bueno todo aquello que no afecte al cumplimiento de la ley, siendo esta la traslación a la realidad de una perspectiva universal sobre nosotros mismos.

Siendo esto algo positivo, también tiene un lado oscuro. Y es que a falta de una reflexión sobre lo que constituye el bien común de nuestras sociedades concretas –no de una utopía abstracta-, todo queda anegado en algo que acaba siendo percibido como una imposición de tintes moralistas, mucho más cursi, empalagoso, falso y por tanto intolerable que aquello que viene a sustituir. Y si es percibido así es porque lo es.

Los libertarios se han convertido en sermoneadores satisfechos, y muchos informadores en predicadores, ambos sin el talento de los auténticos moralistas, siempre atormentados por la consistencia de su posición. Mientras, quienes creen en la existencia del bien común, plasmado en la propia nación porque no hay otra forma de hacerlo comprensible, se encuentran respaldando una opción cuya únicas expresiones posibles son el silencio o la payasada irónica. Trump la llevó a sus últimas consecuencias en el tramo final de la campaña. Allí apeló a un ejercicio intuitivo, bien entendido por sus votantes, de lo que se podría llamar, aunque de forma muy pedantesca, metapolítica. Habrá que volver a la realidad un día de estos.

 

La Razón, 14-11-16

Foto: Obama en el Rose Garden, Casa Blanca.