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Elites en rebeldía

La manifestación más sublime de antitrumpismo es la protagonizada por la revista Vogue, que en su edición norteamericana recuerda la sangre vertida en la lucha por los derechos civiles y promete que las y los fashion victims volverán a alzarse para seguir luchando por una ciudadanía plena… Los franceses, por su parte, andan ocupados en regular cuántos domingos van a poder trabajar y también cómo, a partir del año que viene, los empleados podrán desconectarse de la empresa, de tal modo que nadie les pueda exigir que asuman ni un microsegundo más de trabajo. Como es fácil imaginar, los franceses no parecen muy aficionados al futuro Presidente de los Estados Unidos, salvo en lo del proteccionismo, que es una antigua tradición inventada por ellos mismos. (Si Trump supiera que es una importación francesa, a lo mejor cambiaba de opinión…)

 

Ocurre sin embargo que en cuanto vamos un poco más allá de los motivos que copan el debate público, aparecen nuevas perspectivas. En el diario “Le Figaro”, consecuente y firmemente conservador, los lectores han podido votar acerca de su simpatía por Trump. Ayer, dos días después de la elección, de los casi 150.000 lectores que habían ejercido su derecho a voto –como ahora se dice- un 56% se habían manifestado su agrado.

Con esos mimbres, no resulta difícil entender lo que está ocurriendo. Tal vez Ortega volvería a hablar de la rebelión de las masas. Más ajustado a la realidad resulta otro el diagnóstico: el de la traición de las elites. Hace ya mucho tiempo que las elites de las democracias occidentales abandonaron su función de ilustración, transmisión de la cultura, reinvención del sentido de la belleza e intermediación entre la sociedad y la política. Es al revés. Las elites de las democracias desarrolladas se han empeñado en una empresa de destrucción de la continuidad, crítica de lo propio y demolición de cualquier noción de bien público. De la belleza no queda nada como no sea lo estrictamente decorativo, lo que se ha llamado la estetización del mundo.

Como es natural, aquí no cabe la diversidad ni la diferencia: en un mundo en el que los que dictan las reglas son los únicos iguales, nadie está llamado al diálogo. Las elites sólo toleran lo que ellas mismas (o las minorías, que es otro de sus apelativos) deciden… Y luego, un día, se presenta un Donald Trump.

La Razón, 11-11-16

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JOSÉ MARÍA MARCO

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