La nación europea

El Libro Blanco sobre el futuro de la Unión Europea que ha presentado recientemente Jean-Claude Juncker propone cinco vías para la evolución de la Unión a partir de ahora. La que parece suscitar más acuerdo es algo parecido a una combinación entre la tercera (una UE a varias velocidades) y la cuarta (“Hacer menos pero de forma más eficiente”). La de una Unión a varias velocidades permitiría sortear coyunturalmente la crisis, a la espera de tiempos mejores. Presenta el inconveniente de dificultar aún más la comprensión del proceso de decisión y emborronar, también aún más, la representatividad de algunas instituciones, en particular aquellas que ponen en escena una imitación de la democracia, como el Parlamento Europeo.

 

El documento de Juncker tiene el mérito de colocar las instituciones ante el futuro de la Unión y no negar, como ha ocurrido en tantas otras ocasiones, los problemas. Y es que los dirigentes de la Unión Europea se han empeñado en pensarla y construirla como una alternativa a los Estados nación que la componen, como si estos pudieran en algún momento disolverse en una unidad política mayor, pero idéntica, impulsadas por las ventajas que les ofrece el marco de vida en común.

No siempre fue así. Durante mucho tiempo la Unión no fue un proyecto tan ambicioso. Entonces los dirigentes eran lo bastante realistas como para comprender que la Unión era una construcción distinta, de naturaleza propia y no equivalente a un super Estado que a su vez daría lugar, en algún momento, a una super nación, la nación europea o, por rebajar un poco, los Estados Unidos de Europa.

Así que lo que está fallando ahora no es la idea misma de la Unión, sino la idea de un nuevo Estado nación que vendría a sustituir a los que la historia ha ido construyendo y sin los cuales la idea misma de Europa se viene abajo, como se está demostrando ahora. Los dirigentes de la UE se han atascado en el concepto de la nación Estado. Es una forma de homenaje, pero por lo esencial, destructivo. Suscita reacciones nacionalistas y pone en peligro la propia Unión, que no es ni va a serlo pronto, una nación. Falta imaginación y sobran prejuicios sobre los Estados nación existentes que siguen siendo el único marco político capaz de servir de fundamento a la democracia liberal.

 

La Razón, 07-03-17

Ilustración: Cumbre de Versalles, 06-03-17