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La base del consenso

Cuando pensamos en proyectos políticos para nuestro país, casi siempre lo hacemos en términos de futuro. Sería necesario hacer tal cosa, introducir esta reforma, mejorar aquel aspecto, acabar con algo que nos parece perjudicial. Pocas veces, en cambio, nos esforzamos por comprender la base de la que partimos, todo aquello sin lo cual los cambios que querríamos introducir tendrían poco sentido, o serían perjudiciales. Por lo tanto, ¿qué hay que preservar en la realidad española actual? El rey Felipe VI habló en su discurso de Nochebuena de “nuevos consensos cívicos y sociales”. ¿Cuáles son los elementos que deberían estar en la base de estos consensos en un momento de cambio tan profundo como el que estamos viviendo?

Unidad

Una nación es inconcebible sin territorio, y ese territorio viene determinado tanto por la historia como también por la geografía, en algunos casos. La voluntad de independencia de algunas zonas de una nación no tiene tanto que ver con la reivindicación de la propia autonomía, sino con la destrucción de la nación. No importa ser más libre. Importa acabar -en nuestro caso- con España. Caben, evidentemente, muy diversas opciones para organizar esa unidad. El Estado autonómico ha sido útil en muchas cosas y perjudicial en otras. Lo mismo pasaría con un Estado más centralizado que no es, de por sí, garantía de unidad, ni de mayor prosperidad, a menos que se conciba como una forma de imposición, algo inviable a todas luces. En cualquier caso, todo el edificio de la democracia liberal se sostiene sobre la unidad territorial de la nación.

 

Monarquía

El principio monárquico postula un jefe de Estado ajeno a las ideologías y a los intereses partidistas, escogido según reglas fijadas por la tradición y la historia. Los españoles hemos intentado cambiar ese principio en dos ocasiones y en las dos el experimento ha acabado en un desastre. Parece que los españoles no sabemos vivir con un jefe del Estado -la figura que nos representa a todos- que sea también una figura partidista. La Monarquía, además, demuestra que la nación española es una realidad histórica, hecha, cuajada. Es el mayor obstáculo para los nacionalismos periféricos, pero también para un posible nacionalismo español, que siempre, por mucho que invoque una supuesta identidad tradicional, querrá volver a fundar España.

 

Constitución

No se puede descartar, de buenas a primera, una reforma de la Constitución: una reforma que modernice algunos aspectos obsoletos, eleve a definitivo lo que en 1978 estaba por hacer y cierre el proyecto autonómico, probablemente en un sentido federal. Ahora bien, hoy en día no hay proyectos claros de reforma, ni, más importante aún, posibilidad alguna de alcanzar el consenso necesario para emprenderla. Más importante que la reforma constitucional es por tanto comprender que la Constitución ha sido la base de cuarenta años de democracia, de libertad y de un progreso económico extraordinario. Ha sido el instrumento fundamental para la convivencia y el pluralismo de estos años. Y los problemas que han surgido se deben más a que no ha sido aplicada como debería haberlo sido.

 

Patriotismo

Durante muchos años, hasta finales de 2017, el patriotismo ha sido una virtud olvidada, cuando no censurada, en la vida política y social española. Irrumpió con el levantamiento nacionalista en Cataluña y el discurso del Rey del 3 de octubre de 2017. Y se manifiesta como un hecho ajeno a los partidos y a las elites. Se entiende que los partidos y las elites no sepan muy qué hacer con él. Es, sin embargo, una de las novedades más valiosas del siglo XXI. El patriotismo es una virtud cívica basada en el afecto hacia el país real, no hacia uno soñado: la España que conocemos, pluralista, diversa, de logros extraordinarios y, también, problemas serios. No bastará la exhibición de las banderas para cultivarlo como se debe y, sobre todo, para convertirlo en un elemento básico de la forma en la que los españoles se perciben a sí mismos, sin los problemas, casi siempre artificiales y difíciles de entender, con que las elites se han empeñado en problematizar su nacionalidad.

 

Tradiciones

Es muy dudoso que los países tengan una identidad cultural, lo que antes se llamaba carácter o tradición. Lo que sí que tienen son formas de vida o expresiones vitales o estéticas que han sobrevivido al tiempo. No todos los nacionales -en nuestro caso españoles- se identifican con ellas, ni las practican. A muchos ni siquiera les gustan, pero forman parte de un horizonte que, en conjunto, se puede definir, sin grandes precisiones -ni exclusiones, claro está- como español. Todo eso, desde las manifestaciones religiosas, las fiestas populares, el arte del toreo o la caza constituye un patrimonio común. Nos distingue de otros países, crea una expectativa y, por su sola supervivencia, nos invita a reflexionar sobre lo que hemos sido y lo que somos. Y también forma parte de la economía de nuestro país. De hecho, explican en gran medida que España sea una gran potencia turística.

 

Proyección exterior

Su sola posición geográfica ha hecho de España un país clave en la escena internacional. Los españoles supieron sacarle ventaja a esta posición durante mucho tiempo, aunque a veces hemos vivido pasivamente sus consecuencias. La llegada de la Monarquía parlamentaria trajo aparejada una vuelta al panorama global. Hispanoamérica, la Unión Europea -que sigue concitando un consenso extraordinario-, el Atlántico y el Mediterráneo han sido las áreas de expansión lógicas de esta nueva situación. Queda el reto de África. Hay mucho por hacer, claro está, pero España es hoy un país respetado por todos. Que lo haya conseguido con algunos de los bandazos que ha dado la política exterior española, y a veces con ausencias clamorosas de estrategia nacional, indica lo mucho que se lograría con una política que comprendiera lo que España ha significado en el mundo.

Cultura

En nuestro pasado hay épocas de resistencia y de expansión, y otros de convivencia, entre diversas lenguas, religiones y culturas. De esta riqueza, los españoles hemos heredado de nuestros mayores una cultura de un valor extraordinario. Por la calidad de sus realizaciones en casi todos los órdenes y también por la complejidad, la capacidad de integración y la sofisticación de sus manifestaciones. Nunca como hoy el patrimonio cultural ha estado tan bien protegido, pero quedan cosas por hacer, algunas de ellas muy importantes, que terminen de una vez con los tópicos y los prejuicios obsoletos, pero aún hoy perceptibles, acerca del atraso de nuestra cultura. Manifestaciones como el deporte, tan enraizadas en la sociedad española y que tantos éxitos ha logrado, dan la medida de cómo se puede actuar.

Economía

El progreso realizado por la economía española en los últimos cuarenta años ha sido extraordinario. Y revela que los progresos se logran cuando los agentes económicos tienen la capacidad de actuar con autonomía en un marco legislativo e institucional estable y lo más transparente posible. La lección, en ese sentido, es indiscutible, en particular por la naturaleza dual del resultado: sectores punteros conviven con otros hipersubvencionados, un sector público inflado con un sector privado agobiado por los impuestos y las regulaciones; los trabajadores blindados, con otros precarizados, alta productividad con sectores de rendimiento bajo, prestaciones sociales muy generosas con una población trabajadora pequeña… Claro que se trata de reformar, pero también de aprender y preservar aquello que ha sido positivo. Entre otras cosas, el Estado del bienestar, una de las claves de la cohesión social española.

Lenguas

Una de las claves del patrimonio social, cultural y político español es la lengua. Con la extraordinaria paradoja de que, por un lado, no sea una lengua exclusivamente nacional -ya que la hablan más de 400 millones de personas en todo el mundo- y tampoco sea la única lengua nacional, dada la diversidad lingüística española. En realidad, no es fácil decidir qué es lo más valioso y los tres elementos deben ser objeto prioritario de reflexión y de acuerdo. La lengua española o castellana es la clave para entendernos a nosotros mismos y entre nosotros: la clave de la convivencia. También es el elemento propio de una cultura que, siendo como es nacional, va mucho más allá de nuestras fronteras y es objeto de identificación y de atracción para muchos millones de personas. Y en cuanto a la diversidad lingüística, nos devuelve la imagen de un país integrador y tolerante, abierto como pocos a los demás.

Foto: La Sagrada Familia (Barcelona) iluminada de noche

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JOSÉ MARÍA MARCO

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