Ingobernable

La nuestra no es una democracia “militante”. A diferencia de lo que ocurre en Alemania, aquí la Constitución no obliga a nadie a defenderla, ni censura a quienes atacan el orden constitucional. Todo está permitido mientras se respeten las reglas. La base de la democracia es el cumplimiento de los procedimientos con los que se alcanza la decisión política.

Es lo que se volvió a escenificar en el Congreso, durante la sesión inaugural de la nueva legislatura, con la variedad –hoy se dice diversidad- de fórmulas y expresiones a la hora de tomar posesión del escaño. Hay quien afirma que algunas, o muchas, de las fórmulas utilizadas no expresaban el acatamiento debido a la Constitución. En cambio, la nueva Presidenta del Congreso argumenta que, sea cual sea la fórmula, el acatamiento va implícito en ella, por lo que cualquier añadido, ya sea alusivo a la República, al planeta o a los presos políticos, resulta aceptable. Otro tanto piensa el Presidente del Senado. Hay incluso quien sugiere que esa “diversidad” es precisamente la garantía de la democracia, por lo que los partidarios de una fórmula clara y unificada son quienes la están poniendo en cuestión.

Todo esto refleja que en nuestra realidad política no está claro que exista un bien común que es necesario defender. En cambio, existen intereses contrapuestos, identidades e incluso preferencias, todos legítimos, que requieren del Estado el reconocimiento de su existencia –su “visibilidad”- y su dignidad.

Y por ahí se cuelan las fórmulas de acatamiento. Tienen un efecto corrosivo sobre la institución y la Constitución porque fuerzan los límites legales y demuestran la irrelevancia de estos. Lo más grave es que señalan una nueva situación: la ingobernabilidad. El Estado o el Gobierno necesitan para legitimarse de esa diversidad expresiva, pero al reconocerla y promoverla, el Estado deja de tener capacidad para gestionarla más allá de su representación, que es lo que se escenificó durante la sesión inaugural.

Resulta prematuro afirmar que esta sesión va a ser el preludio de una nueva legislatura inestable y precaria. De lo que no cabe duda, en cambio, es que en España, gracias a la interminable crisis de la idea nacional, somos la vanguardia, y a la vez la parodia, de un experimento político generalizado, no exclusivo de nuestro país. Hay quien lo llama federalismo.

La Razón, 24-05-19